Libertades insumisas

Semáforo.
Semáforo
(Especial)

Ciudad de México

La historia es la hazaña de la libertad, dijo Benedetto Croce. Pero resulta que la libertad no es cosa que se reciba como un objeto de propiedad; es decir, no existe mientras no se ejerza; y su ejercicio habla bien del ser humano, pero mal de las sociedades que fabrica, cuando la única manera de verificar un acto libre es porque se opone, o se niega a obedecer. Lo dijo San Anselmo: libertad solo hay para el mal. Siglos después, Milton convierte a Satán en el héroe libertario del Paraíso Perdido: non serviam.

Según Isaiah Berlin, Fidelio es la primera ópera política. Y uno —simple melómano aficionado— no puede sino estar de acuerdo —pero algo se quedaría en el tintero si se deja que la conversación termine ahí. Sobre todo porque Fidelio coincide punto por punto con el juicio más común acerca de la política: el poder sobre la gente común y simple —eso que se llama genéricamente “pueblo” en las pancartas, en los partidos, en los discursos. Berlin vivió casi toda su vida bajo dos enormidades históricas: la Segunda Guerra y la Guerra Fría. Es decir, gran geopolítica, Historia con mayúsculas, la supervivencia de la libertad frente a formidables tiranías. Evidentemente, esa narrativa bien puede iniciar con Florestán, preso por sus opiniones libertarias. Beethoven es un romántico y Berlin tiene una relación de amor-odio con el romanticismo, y aquella idea de la rebelión, el heroísmo, la libertad como un valor superior incluso a la vida.

Pero no solo la rebelión, también la insolencia puede cambiar la historia. Eso hizo Beaumarchais con su trilogía de Fígaro. Al principio, los nobles cortesanos franceses se reían con los groseros parlamentos de Fígaro, el joven conde Almaviva y Rossina; entre los tres logran burlar las señoriales y perversas intenciones del profesor Bartolo. En la segunda parte, el conde ya es un señor noble, aburrido ya de Rossina, su condesa, y de ojo alegre para con sus sirvientas; Fígaro y Susana, con la reacia aquiescencia de la condesa, echan por tierra las malas artes e intenciones del conde. Cuando las obras de Beaumarchais llegaron al público vulgar, la risa de los cortesanos se transformó en una mueca de repulsa y miedo: los sirvientes contestan con insolencia, hacen trampas, exhiben a los nobles y se burlan de ellos. Prohibido Beaumarchais. Y luego la ópera de Mozart, Las bodas de Fígaro (y el libreto de Lorenzo DaPonte), que en la música alcanza una insolencia genial y recuerda otras vertientes de la libertad: el ingenio, el juego de la inteligencia, el humor y, sobre todo, la capacidad humana de convertir la conversación en la primera y real hazaña de la libertad. Berlin piensa en fuerzas históricas, en el poder, en las insurgencias; Beaumarchais, Mozart, Da Ponte, en la picardía, las diferencias y la solidaridad: la danza del intelecto.

Esas tres cosas —la prisión, como en Fidelio, a la vez que el diálogo y la música de Beaumarchais y Mozart— están recreadas en una escena. Si quiere verla: “The Shawshank Redemption Opera Scene” (en YouTube). Un preso (Tim Robbins) se encierra en la oficina del carcelero y por el altavoz hace sonar el dueto “Che soave zeffiretto”. Otro preso (Morgan Freeman) dice: “Por única vez, todos los hombres en Shawshank se sintieron libres”.