Libertades de papel

Que haya llegado a la presidencia con un discurso en contra de las élites y a favor de los marginados es una ironía tan cruel que raya con lo cómico.
La fortuna de Slim equivale a la de 17 millones de personas de bajos recursos.
La fortuna de Slim equivale a la de 17 millones de personas de bajos recursos. (Octavio Hoyos)

Uno de los vislumbres tempranos clave de Marx fue darse cuenta de que las revoluciones burguesas, como la francesa, si bien instauraban un orden basado en la libertad e igualdad políticas (abolición de los estamentos y privilegios de clase formales), al mismo tiempo continuaban legitimando, incluso fomentando, las desigualdades económicas. De ese modo, la modernidad instauraba una ecuación sociopolítica un tanto asimétrica, donde a cambio del privilegio de convertirnos en ciudadanos debíamos aceptar un orden económico que en los hechos vuelve irrelevantes algunos de los derechos políticos que poseemos en abstracto. Por ejemplo la justicia. Aunque en teoría todos somos iguales ante la ley, está ampliamente demostrado que quienes cuentan con los recursos para costear un abogado de alto perfil tendrán mucho mayores probabilidades de evitar ser castigados. Lo mismo con el color de piel o la procedencia étnica: a menos que consideráramos que los negros en Estados Unidos o las personas de ascendencia indígena en México son ontológicamente más malvadas que los blancos, el hecho de que las cárceles estén pobladas en su mayoría por negros y gente de piel morena, respectivamente, es un claro indicio de que la ceguera de la justicia aun así realiza distinciones de tipo racial. Podríamos encontrar ejemplos equivalentes prácticamente en todos los ámbitos de la vida en sociedad: particularmente en una época como la nuestra en que las desigualdades económicas están llegando a un punto límite (en México la fortuna de Carlos Slim equivale aproximadamente a la de los 17 millones de personas de más bajos recursos 1 = 17 millones), las libertades políticas tienden hacia la nulidad, y el voto se convierte simplemente en un ritual periódico en el que la gente acude en masa a votar por alguna opción encargada de perpetuar el juego donde, con algunas diferencias, ganan y pierden más o menos siempre los mismos.

Es quizá esta conciencia de la creciente irrelevancia de buena parte de la sociedad lo que explica en alguna medida el ascenso de figuras fascistoides como Donald Trump, Nigel Farage, Marine Le Pen y demás. Lo paradójico, principalmente en el caso de Trump, es que él mismo
es un ejemplo inmejorable de lo torcido de un sistema que permite que a través de la avaricia, la fama, el afán de poder y la falta de escrúpulos, individuos como él acumulen fortunas que, lógicamente, implican la precariedad de millones de personas. Que encima haya llegado a la presidencia con un discurso en contra de las élites y a favor de los marginados es una ironía tan cruel que raya con lo cómico.

Así como el Estado de bienestar europeo fue una respuesta a los cataclismos, la destrucción y la devastación originadas por las dos guerras mundiales, quizá el único efecto positivo de nuestras catástrofes políticas contemporáneas sea el de obligarnos a pensar en nuevos modelos o formas de convivencia donde puedan volver a ser incluidos los millones que hoy –pese a que cuentan con representación política y una retahíla de derechos formales que en la práctica les sirven de poco– son simplemente carne de cañón retórica para individuos trastornados, que satisfacen su propia ansia de poder y megalomanía invocando la miseria de aquellos con los que en la práctica no guardan el más remoto parecido ni tienen absolutamente nada en común.