Barbarie y civilización

Semáforo.
Barbarie y civilidad.
(Reuters)

Ciudad de México

El ser humano, en estado agreste, es fiera; requiere de símbolos y de reglas para alzarse sobre su condición animal. Esta idea es uno de los pilares de las instituciones de Occidente. A lo largo de la historia, en toda América Latina se comete el mismo error en el planteamiento del problema: se supone que hay una barbarie, pegada a la naturaleza, y que la civilización surge de la domesticación de las cosas naturales y la generación de vida socializada y civil. Se civiliza la barbarie. De lo silvestre e inculto hay que hacer cultura y ciudad. Hasta aquí, la idea es igual desde Hesíodo y Homero (los cíclopes son salvajes porque no se reúnen en “asambleas que deliberan”, y eso permite que Ulises y sus compañeros puedan vencer a Polifemo, actuando por acuerdo, en equipo).

Pese a lo dicho y mostrado por Malinowski, Lévi-Strauss, por todo el impulso ecologista de las últimas cuatro décadas, seguimos aceptando aquella diferencia entre civilización y barbarie. Y con eso se construyó la estructura de las instituciones de nuestros países latinoamericanos. Son admirables Sarmiento, Altamirano, Rodó, Vasconcelos y cientos más. Y admirable su insistencia en la educación (que sintomáticamente solía llamarse “instrucción” durante el siglo XIX). Más de 200 años de insistente esfuerzo por civilizar bárbaros y, por fin, hemos llegado a Tlatlaya y al asesinato de los muchachos normalistas, por ejemplo.

Desde luego, no sabemos qué hacer, qué decir: el Estado era el único recurso del siglo XIX para elevar a los brutos y civilizarlos. Santo y bueno: que el indio peligroso se transforme en buen sirviente. Durante el siglo XX, cundieron los ministerios y secretarías de educación. Pero resulta que el mismo Estado que civiliza, también es agente del asesinato de los profesores normalistas y de la población civil (que sean niveles locales y federales importa nada: son el Estado, la misma entidad que administra el presupuesto de la educación y el gasto en balas).

Nuestra herencia intelectual tiene una idea supersticiosa. La resume perfectamente Hegel: “El Estado es lo racional en sí y para sí”. De las asambleas deliberativas de Homero hasta nuestros días, hemos desarrollado la intuición lineal de que de la barbarie y la civilización son los polos de un mismo concepto. Ernest Renan, que tanto influyera en la concepción misma de Latinoamérica como civilización, dijo que el mundo se salvará volviendo a la Acrópolis y rechazando sus ataduras bárbaras. Quizá de ahí sacó Baudelaire su “teoría de la verdadera civilización: No reside en el gas ni en el vapor, ni en las mesas giratorias; está en la disminución de las huellas del pecado original”.

Queda un problema. Lo dijo Edmund Burke, en pleno parlamento inglés, tras una feroz matanza en la India, donde muchos salvajes murieron bajo el fuego del ejército británico: la barbarie es aterradora; pero no podemos ignorar que los bárbaros somos nosotros, no ellos. Exactamente. Y pareciera que en México el Estado —los policías y los soldados son Estado— actúa como si la desobediencia y el disenso fueran barbarie. De nuevo estamos ante el Ogro filantrópico, un posmoderno Polifemo.