Ler

Hace un par de años, a mi hijo mayor, con 11 años, le dio un frenesí de lectura similar al frenesí alimenticio de los tiburones. Día y noche, en el coche, en el baño, en el recreo escolar, se ...
¿Qué país podemos esperar si el secretario de Educación le hace un 25% de reducción a la palabra “leer”?
¿Qué país podemos esperar si el secretario de Educación le hace un 25% de reducción a la palabra “leer”? (Nekke Salas)

México

Quisiera compartir con quienes le(e)n esta columna, no sin resultar presumido, que mis dos hijos varones son grandes lectores desde edades muy tempranas. En realidad nunca les impusimos le(e)r. Desde los 3 y 4 años comenzamos a le(e)rles libros y poco después a inventar historias por las noches. El rito era muy lindo: meterse a la cama después de la merienda y la lavada de dientes, apagar la luz y, abrazados como muégano, preguntarnos qué personajes habitarían la historia de esa noche. De pronto, surgían caballeros medievales deprimidos, brujas rockeras, vampiros veganos o dragones optimistas. También, algunas noches, había canciones de Cri-cri, de poemas de Rafael Pombo u otros (incluido “El niño caníbal” del humorista cubano Alejandro García Virulo). Conforme crecieron fuimos acercando libros a las cabeceras de sus camas. Así, “acercando” solamente. De hecho, cada vez que muestro entusiasmo por algún libro de Stevenson, Poe o Twain, me arrepiento de inmediato porque provoco lo contrario de lo que deseo: no lo van a le(e)r. De hecho, es una bronca que lean las obras de teatro que escribe su papá. A veces, de manera condescendiente, acceden a escucharlas en mi boca. Cuando escribo teatro para joven público ellos son mi primer público (bastante despiadado, por cierto), pero no les gusta que les imponga la tarea de le(e)r. Lo hacen solos y de hecho desde hace tres años son ellos los que me llevan a librerías y no yo a ellos.

Hace un par de años, a mi hijo mayor, con 11 años, le dio un frenesí de lectura similar al frenesí alimenticio de los tiburones. Día y noche, en el coche, en el baño, en el recreo escolar, se ponía a le(e)r. En 10 semanas devoró poco más de 4,500 páginas de narrativa entre los hermanos Malpica, Villoro, Riordan, Sandoval, Brozon, Padilla y demás. ¡26 libros en 10 semanas! Los apilamos, sacamos una foto y, tomándome desprevenido, mi hijo me espeta: “¿Te das cuenta, papá? En tres meses [solo eran 10 semanas] he leído más que Peña Nieto en toda su vida”.

En los próximos meses y años, muy pronto, veremos desaparecer muchos proyectos artísticos provenientes de iniciativas civiles que dan cobertura a los derechos culturales de los mexicanos que las instituciones de cultura no pueden cubrir con su oxidada estructura. ¿Qué país podemos esperar si el secretario de Educación le hace un 25% de reducción a la palabra “leer”? ¿Qué señal lanza el presidente de México al recortar 20.7% a la cultura (un acumulado de más de 40% en lo que va del sexenio)? ¿De verdad no se entiende el papel prioritario de la cultura ante la violencia generalizada y el triunfo de Trump en Estados Unidos?