Leonard Cohen entre siglos

Leonard Cohen descubrió muy joven su voz en la poética lorquina.
Leonard Cohen.
Leonard Cohen. (Especial)

Ciudad de México

I

Leonard Cohen descubrió muy joven su voz en la poética lorquina y ahí comenzó a sentirse vivo: enraizado en un mundo sediento de aromas y de risas, de ángeles negros que traen pañuelos de nieve, de multitudes que orinan sobre un gemido y de amores prohibidos al lado del río donde los muslos de la gitana huyen del amante como peces sorprendidos, “la mitad llenos de lumbre/ la mitad llenos de frío”.


II

Cohen llegó a la música con una carrera literaria consagrada. Tenía seis libros publicados antes de grabar su primer disco: cuatro poemarios —Comparemos mitologías (1956), La caja de especies de la tierra (1961), Flores para Hitler (1964), Parásitos del paraíso (1966) — y dos novelas —El juego favorito (1963) y Los hermosos vencidos (1966).

Era un famoso poeta y narrador en su natal Canadá (nació en Montreal el 21 de septiembre de 1934, en el seno de una familia de judíos ricos que vivía en el 599 de Belmont, en el exclusivo barrio de Westmount, a las faldas del Monte Royal). En las escuelas se estudiaba su obra y algunos críticos comparaban su estilo, por cierto carácter dionisiaco y radical, con el del poeta judío-rumano Irving Layton (1912-2006).

Layton y Cohen eran amigos. Le cantaban a lo mismo: muerte, pérdida, herencia, historia, holocausto, mito, rebelión y deseo. Como Cohen era más joven que Layton, se le asociaba con la contracultura estadunidense —a la que no podía pertenecer por su aristocrática ascendencia— que Gregory Corso, Lawrence Ferlinghetti, William Burroughs y Jack Kerouac protagonizaban reunidos en torno a Allen Ginsberg.

Cohen se recluyó en la isla griega Hydra (1959) con una Olivetti 22. Estudió el libro tibetano de los muertos y descubrió que Lorca (ese nombre le puso a su hija: Lorca Cohen) le había metido la mitología de la Guerra Civil española en el corazón: “Me volvía loco cualquier clase de violencia. Quería matar o que me mataran”. (Años después, en 1973, se presentó como voluntario en la cuarta guerra árabe-israelí y declaró sobre su experiencia: “La guerra es maravillosa… Es uno de los pocos momentos en que un hombre puede dar lo mejor de sí mismo”.)

Viajó a la Cuba del recién encumbrado Fidel Castro (1961). Un comunista le escupió en la cara y a media calle una prostituta le gritó “¡Guapo!”. Regresó a Hydra. Se mantuvo de agua y anfetaminas. Una australiana lo infectó de gonorrea y terminó sus Flores para Hitler, un libro que “debe operar contra el orden establecido, volviendo al hijo contra el padre, al amado contra la amante, al apóstol contra el gurú, al peatón contra el semáforo, al comensal contra la camarera, a la camarera contra el gerente, y todos se acostarán, inconexos, libres y amorosos, como flores apareadas”.

Así que cuando llegó a Nueva York en 1967, Bob Dylan, Joan Baez, Paul Simon, Phil Ochs, Tim Hardin y otros protagonistas de la escena folk lo habían leído (Lou Reed se declaró su más ávido lector) y respetaban. Cohen, que era el mayor de todos, les dijo: “Ahora quiero cantar mis poemas”. No hubo necesidad de decirlo: su música, como ninguna otra, se debía escuchar en reverencial silencio, como si estuviera leyéndose.

 

III

Es al lado del río donde Leonard duda sobre cómo decirle a Suzanne que no tiene amor para darle. Entonces imagina a Jesús como un marinero abandonado, casi humano, arriba de una torre de madera. Jesús descubre que la humanidad lo ignora y solo pueden verlo quienes han muerto ahogados. Entonces dice: “¡Todos los hombre serán marineros hasta que el mar los haya liberado!” Y Suzanne es tan delicada (come té y naranjas que vienen desde China), con su abrigo de cuero y su cuerpo perfecto (pero es la novia de su amigo y por el momento Leonard, que se habla a sí mismo en segunda persona, no se atreve a tocarla más que con el pensamiento). Están juntos en un velero, rodeados de vino e incienso, y el sol se derrama como si fuera miel sobre el agua. Leonard se apresta a decirle que no tiene amor para darle, pero Suzanne le dice “¡Mira!” y guía su mirada entre la basura y las flores: “hay héroes en las algas/ y niños en la mañana/ que se asoman buscando el amor/ y mientras Suzanne sostenga el espejo/ se asomarán hacia el amor por siempre”. Y Leonard ya no es capaz de decirle nada. Sabe ya que siempre la amará, que debe permanecer ciego a su lado, seguirla adonde sea que vaya.

 

IV

“Suzanne” es la primera canción del álbum debut de Leonard Cohen (Songs of Leonard Cohen, 1967) y el erótico misterio religioso de su historia (Jesús resucitado y la amante se confunden en un mismo ser en un escenario apocalíptico) resume la esencia de todo su arte (novelas, canciones y poemas): el estilo bíblico (el poeta es una voz sagrada), la muerte como destrucción hermosa, y, lo más importante, la yuxtaposición entre sexo y espiritualidad.

Con un lenguaje pulcro y simple de tono confesional (él es el protagonista de su música) que avanza entre imágenes intensas, muchas veces de características surrealistas, Cohen combina el rezo con el orgasmo en el alma humana y ahí busca la belleza. Es un hombre que constantemente pide perdón a Dios (como en Un ballet de leprosos, su novela de adolescencia que nadie quiso publicar) por su más recurrente pecado: internarse en nombre del amor, una y otra vez, por caminos de crueldad y de fuego.

A veces, entregarse al amor lo deja en el abandono y quiere replegarse en una soledad meditativa (como en la canción “So long Marianne”, en la que dice: “sabes que me encantaría vivir contigo/ pero haces que me olvide de tantas cosas:/ olvido rezar por los ángeles/ y entonces los ángeles se olvidan de rezar por nosotros”), pero la realidad de su cuerpo es un tormento: lo tortura la idea de que Dios le haya dado a la piel la posibilidad de ser sagrada o demoniaca, que el pene (como en su canción “Lover, lover, lover”) sirva para humillar o para dar alegría, que pueda usarse “como un arma o para provocarle a una mujer su sonrisa”.

Cohen se sumerge en la naturaleza depredadora del amor con pasión violenta. En su inmersión, orgías conviven con ideas mesiánicas (“tenemos que redescubrir la Ley dentro de nuestra propia herencia, tenemos que redescubrir la crucifixión. Tiene que ser redescubierta porque ahí es donde está el hombre: está en la cruz”) y la adicción al sexo (“cuando veo a una mujer transformada por el orgasmo que hemos tenido juntos, sé que nos hemos encontrado”) es el vehículo más eficaz para acercar el alma humana a la divinidad, para que un hombre confundido viva por algo más noble que su propia codicia, para que una mujer triste encuentre las fuerzas (voluntad, energía, aplomo y valor) que le permitan enfrentar la desolación y el caos del mundo y construir un significado.

 

V

Algunas veces Cohen se ha comportado como un auténtico patán, como cuando en su canción “Chelsea Hotel No. 2” del álbum New Skin for the Old Ceremony, reveló su intimidad con Janis Joplin de manera indiscreta y grosera: “Me acuerdo muy bien de ti en el Chelsea Hotel/ hablabas con tanta dulzura y valentía/ mientras sobre una cama desordenada me la chupabas”.

 

VI

Cohen desechó su guitarra y cualquier otro instrumento tradicional en I’m Your Man (su octavo disco de estudio, de 1988) y así, en ese tenor mecánico, deshumanizado, a puro sintetizador, grabó el siguiente, The Future (1992), en el que predice el fin del mundo en el contexto de la caída del Muro de Berlín. “He visto el futuro, hermanos: ¡hay un asesinato!”, canta en el coro de la canción homónima acompañado de tres mujeres (“si necesito chicas para cantar conmigo es porque mi voz me deprime. Necesito sus voces para endulzar la mía”) y está completamente seguro de lo que dice: “El antiguo código occidental estallará en pedazos/ de pronto se destruirá tu vida privada/ fantasmas y fuego colmarán las carreteras/ Verás a tu mujer colgando boca abajo/ su vestido cubriéndole el rostro/ y todos los malos poetas/ intentarán sonar como Charlie Manson/ Devuélveme el Muro de Berlín/ Dame a Stalin y a San Pablo/ Dame a Cristo o dame Hiroshima/ Destruye otro feto/ que no nos gustan los niños”. Implora por crack y sexo anal; se queja de que ya no hay nadie a quién torturar. Asegura que es el pequeño judío que escribió la Biblia y que las ruedas del cielo se han detenido. Anuncia destrucciones y masacres. Cuando le llega la orden divina, “¡Arrepiéntete!”, no sabe qué quieren decirle con eso y grita, cada vez más convencido, a sus hermanos: “Prepárense, que he visto el futuro: ¡es un asesinato!”

 

VII

Cohen se retiró a un monasterio budista en Los Ángeles tras grabar The Future. Ahí quería recibir el fin del mundo. Vivió encerrado seis años y fue nombrado monje. Sus días de monasterio están registrados en el poemario The Book of Longing (2006). El trabajo que desempeñaba estaba en la cocina; hacía el mercado y cortaba las verduras. Debía vestirse con un hábito inspirado en un traje de arquero del siglo XII: “en total nueve kilos de ropa que me pongo rápidamente a las 2:30 de la mañana sobre mi enorme erección”.

 

VIII

“Cuando puedo meter toda la cara ahí/ haciendo lo posible por respirar/ mientras ella baja sus ávidos dedos para abrirse más/ y ayudarme a usar toda la boca contra su voracidad/ su hambre más privada…/ ¿por qué iba yo a querer iluminarme?/ ¿por qué iba yo a querer temblar en el altar de la iluminación?/ ¿por qué iba yo a querer sonreír para siempre?” (fragmento de “El colapso zen” del poemario The Book of Longing).


IX

El Leonard Cohen del siglo XXI es un viejo que se asume viejo. Se asume con toda la voz y con todo el cuerpo. Acepta que lo ha vencido el tiempo. El espejo no miente y todos los días le muestra, clara y vulnerable, su piel en un enjuto y pálido reflejo.

Por eso sus últimas canciones (contenidas en los álbumes Ten New Songs, Dear Heather y Old Ideas de 2001, 2004 y 2012, respectivamente) le salen tan tristes: son las confesiones de un mujeriego al que la vida le ha quitado la sangre suficiente para poder seguir haciendo el amor.

En la pieza “Because of” dice: “por unas cuantas canciones/ en las que hablaba de su misterio/ las mujeres han sido/ excepcionalmente amables/ con mi vejez/ Hacen un lugar secreto/ en sus ajetreadas vidas/ y me llevan hasta él/ Se desnudan/ Cada una a su manera/ y me dicen:/ Mírame, Leonard/ mírame por última vez/ Después se inclinan sobre la cama/ y me tapan/ como a un bebé muerto de frío”.

Como un bebé muerto de frío al que una hermosa mujer cobija, Leonard Cohen se dirige hacia la muerte. (A su eterno aspecto de impecable dandy, traje, gabardina y sombrero, hay que añadirle un bastón.)

Mañana cumple 80 años y aún sigue cantando. Su voz (como puede escucharse en “Almost like the blues”, el sencillo de su nuevo disco Popular Problems) no busca engañar a nadie y por eso, por la hermosa valentía de asumir su inminente muerte, se han intensificado sus dones: la cavernosa profundidad, el tierno bamboleo, su desafinación y su mítico poder hipnótico.

“Vi a la gente morir de hambre/ había masacres/ había violaciones/ Sus pueblos ardían/ ellos intentaban escapar/ No pude encontrarme con sus miradas/ porque estaba viendo mis zapatos/ Escurría ácido/ era trágico/ casi como la melancolía”. Es imposible no atender a su sonido. Se queda resonando en el aire con una densidad oscura que luego se expande, como si un huracán entrara por la boquilla de una tuba o se golpeara una enorme campana con un martillo de piedra volcánica: “No hay un dios en el cielo/ no hay un infierno abajo/ Así lo dice el gran profesor/ de todo lo que hay que saber/ Pero yo tengo esa invitación/ que un pecador no puede rechazar/ que es casi como la salvación/ que es casi como la melancolía”.