El Fondo a debate

El Santo Oficio.

Ciudad de México

En su columna del 28 de agosto en el periódico Excelsior, Leo Zuckermann aventuró, desde el título, una serie de preguntas: ¿Se justifica la existencia del Fondo de Cultura Económica? ¿Debe el Estado subsidiar la edición, producción, distribución y venta de libros que solo lee una pequeña minoría que pertenece sobre todo a la clase media? ¿Por qué el Estado tiene que competir con las editoriales privadas en la puja de derechos de autor? ¿Por qué el Estado debe tener sus propios establecimientos vendiendo libros a precios subsidiados?

Encarrerado, tal vez orgulloso de sus brillantes cuestionamientos, Leo remató implacable: “Y no nos hagamos bolas. Aquí (en el FCE) los contribuyentes no estamos subsidiando a los más pobres de México, sino a una élite académica, cultural e intelectual que, por desgracia, es la que lee en el país. ¿Necesitan ellos este subsidio?”.

No fue lejos por las respuestas a sus profundas dubitaciones. Como pocas veces, la mayoría de sus lectores pusieron en evidencia la fragilidad de sus argumentos, la precariedad de sus ideas —de alguna manera debe llamárseles para cuidar el decoro en este espacio—. Ellos fueron los primeros en reaccionar ante el temerario columnista, paradigma de los líderes de opinión tan simpáticos como vacuos, así hablen varios idiomas y tengan posgrados en el extranjero —requisito indispensable para internacionalizar su ignorancia.

Unos días antes de la aparición de ese artículo, Joaquín Díez Canedo, ex director del FCE, le había dicho al humilde monje: “El Fondo es un patrimonio del Estado mexicano. Su función es normativa y compensatoria, arreglar las cosas que están mal. Por ejemplo, la colección La Ciencia desde México. Todo el mundo publica a Stephen Hawking o a los grandes divulgadores norteamericanos, pero quién publica autores nacionales. Nada más el Fondo, y la UNAM, de pronto.

“Cuando nadie traduce a un autor, el Fondo lo hace y luego se descubre que es un autor básico. Cuando de repente sale un Nobel desconocido, resulta que el Fondo tiene una traducción de él desde hace 20 años. Esto se debe a los profesionales de la edición, al consejo editorial que funciona en el Fondo”.

La opinión de Díez Canedo podría servir para despejar las dudas de Zuckermann, la de sus lectores debería alentarlo a pensar antes de escribir barbaridades (como las de su texto del 3 de septiembre: “No te metas con mi subsidio, liberal bárbaro”). Entre sus críticos está Hayde Lachino, quien comenta: “Leo Zuckermann omite decir que esa ‘élite’ son científicos, humanistas, artistas, estudiantes y todos aquellos que con su trabajo contribuyen a transformar el país. Los libros son la manera en que esa ‘élite’ está al tanto del conocimiento que se produce a nivel mundial. Imaginen lo que sería de un país cuya posibilidad de acceder al conocimiento estuviera exclusivamente en manos de empresas editoriales privadas”.

Por ahí se siguen los demás, en una conmovedora demostración de lealtad hacia una de las instituciones más respetadas en México.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.