El peso de la literatura

Toscanadas.
Toscanadas
(Especial)

Ciudad de México

La semana anterior escribí sobre un pasado en el que se podía vivir en los hoteles, antes de que su precio explotara más allá de la inflación. Hoy pienso en otro de los personajes que habitaron hoteles casi de manera permanente: Leó Szilárd. El mundo recuerda a este físico húngaro como el padre del reactor nuclear y por haber redactado la famosa carta a Roosevelt que Einstein firmó, pues nadie mejor que Szilárd se dio cuenta de que con uranio se podía construir lo que, años después, Sting llama en su canción “el juguete mortal de Oppenheimer”. Yo ahora lo invoco por algo mucho más terrenal: su austero modo de vida. Cuentan los que lo conocieron que todas sus pertenencias cabían en tres maletas.

Y así quisiera ahora que me pasara a mí, pues me estoy mudando de Varsovia a Cracovia.

Dice la vieja consigna que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Yo creo que nadie sabe lo que tiene hasta que se muda.

Apenas ahora que estuve metiendo libro por libro en las cajas me enteré de algunas joyas que hay en casa. Hay libros en ruso, latín, griego, italiano, árabe, turco, francés, inglés, portugués y, por supuesto, en polaco y español. Estos últimos son los míos. Junto a la cocina tenemos otra biblioteca con libros de cocina. Son los que más placer me dan.

Los libros no se empacan a granel. Hay que ir acomodando uno por uno, con el canto hacia la pared de la caja. Si hay dos filas, los libros no deben tocarse canto con canto, sino lomo con lomo. La teoría funciona bien con enciclopedias o ejemplares de una misma colección. Pero lo cierto es que los editores suelen publicar en una enorme variedad de formatos. Así, empacar libros de manera compacta para que puedan apilarse hasta cinco cajas, ya resulta un trabajo artesanal. Mal llenada, la caja de abajo se vence ante los cien kilos que lleva encima y toda la pila se cae.

Los mudanceros prefieren atender gente iletrada, pues las cajas con frivolidades suelen pesar menos que las de libros. El libro suele ser lo más pesado que se tiene en casa. Los mudanceros aman el libro electrónico.

No tengo ediciones de gran formato, pero el par de las Haciendas de México pesa cinco y medio kilos. Eso mismo pesa por sí solo un libro sobre la Edad Media en Francia, dos sobre la civilización otomana y otro más sobre cultura oriental. Los libros de arte tienen mayor volumen y peso atómico que los de literatura. Hay poemarios de apenas veinte gramos. Así, debo mezclar géneros para que cada caja ronde los veinticinco kilos.

En las parejas armónicas, la biblioteca es un continuum de libros. Pero a la hora de un rompimiento puede darse una reacción violenta como la que proyectó Leó Szilárd. En cuestión de dineros, los bienes mancomunados pasan a ser mita y mita. No es tan sencillo dividir libros.

Tengo un amigo que perdió toda su biblioteca en un divorcio. Luego sus libros aparecieron en varias librerías de viejo. Con gran esfuerzo económico alcanzó a recomprarse un treinta por ciento.

Mañana vendrá el mudancero. Cuando arreglamos el precio solo me pidió que le hiciera una lista de muebles con sus dimensiones. “También tengo libros”, le dije, pero a él le dio lo mismo, pensando que tendría la colección de Harry Potter y tres libros de vampiros. “Métalos en una caja”, me dijo. Sé que acabará cobrándome el doble. Y yo le pagaré contento de que no haya sido el triple.