El fabulador de Praga

De culto.
Leo Perutz
Leo Perutz (Especial)

Ciudad de México

Como en Gogol, como en Beckett, en la biografía de Leo Perutz escasean los momentos extraordinarios. Tenemos el registro de algunas escaramuzas juveniles con arma blanca, unos cuantos viajes de exploración por las callejuelas interiores de Praga —cerradas a la curiosidad de los ciudadanos comunes— y, antes de tomar la decisión de seguir la carrera de actuaría o entregarse a la literatura, una estancia virtuosa en el regimiento de infantería real-imperial y una herida en combate. Ya era un matemático que había ganado buena reputación por sus modelos aplicados al cálculo de riesgos para las compañías de seguros cuando publicó su primera novela, en 1915, La tercera bala, una fantasía histórica que transcurre entre 1547 y 1519, entre la Alemania de Carlos V y una hipotética Tenochtitlan bajo el asedio de las tropas de Hernán Cortés.

En Perutz reconocemos al hijo de una familia de textileros, al descendiente de judíos sefarditas que abandonó Viena —su segunda patria— en 1933 para asentarse en Tel Aviv, al hombre silencioso que ocupaba su mesa reservada en el Café Central, a un ave rara a quien Borges llamó —después de que en 1946 publicara El maestro del Juicio Final en la colección El séptimo círculo— un “Kafka aventurero”. Y, sobre todo, en Perutz reconocemos al escritor que desoyó el llamado de las vanguardias y cultivó un género en desuso, no menos melancólico que la Europa que presenció el fin de la Belle Époque: la novela histórica que linda con el sueño o la más pura fantasmagoría.

El marqués de Bolibar, publicada en 1920, se inclina frente a la marcha de la Historia vivida como delirio. Un regimiento alemán a las órdenes del emperador Napoleón se precipita hacia su ruina luego de que un oscuro personaje parece resucitar de entre los muertos para encabezar la rebelión de una villa asturiana. Perutz se muestra más que escrupuloso con los detalles —las ropas, los utensilios, la sensibilidad de la época— y no por ello resiste la tentación de llamar a cuentas al Judío Errante mientras la trama finge transcurrir con incuestionable realismo. Las bodas del rigor documental y la leyenda son aún más visibles en El Judas de Leonardo, cuyo manuscrito Perutz dejó a punto el 4 de julio de 1957, unas semanas antes de morir. La novela cifra su argumento en el hombre —justamente desgraciado— que sirvió a Leonardo da Vinci como modelo de Judas para La última cena. De entre todas las maravillas que contiene, se impone la del papel protagónico que Perutz le concede al azar en la concepción y maduración de la obra artística. No hay sino azar en De noche bajo el puente de piedra, El caballero sueco y ¿Adónde vas, manzanita?

Alfred Polgar dijo alguna vez que “en sus libros no hay ni rastro de las mentiras, pringosidades, afectaciones y trampas del oficio”. Egon Erwin Kisch celebró la precisión casi matemática con la cual desarrollaba las tramas de sus novelas. Sobre sí mismo, bajo el cielo gris del exilio, Perutz escribió: “El mundo escuchará y leerá después de la guerra cosas muy distintas de las que elaboro aquí tan arduamente detrás de un alambre de espino espiritual, privado de experiencias y acontecimientos significativos”.