A la caza de Yoko Ono

En torno de Central Park y la Calle 72, en la esquina donde hace 33 años fue asesinado John Lennon, existe un lucrativo microuniverso alimentado por los billetes de los turistas y la esperanza de ...

Nueva York

James le hace un gesto de asco a los billetes que hay en el estuche de su guitarra. “Eso que ves —y señala los billetes de uno, cinco y hasta 10 dólares— no es importante”. Pero es dinero, le digo. Otra vez hace una mueca de disgusto. Un turista español pasa, se toma una foto con él y le avienta un billete de 20. James los señala y grita: “Eso lo puede tener cualquiera”. Pero ahí debes tener ya unos 150 dólares, le insisto. Él toma su guitarra para dar por terminada la discusión con un argumento irrefutable: “Imagine there’s no heaven”.

Desde hace 15 años, James viene a Central Park todos los días excepto los miércoles. Llega a las 10 de la mañana a la pequeña elevación nombrada “Strawberry Fields” en honor a John Lennon. Se sienta en el respaldo de una de las bancas que rodean el mosaico “Imagine” (otro tributo al músico) y se pone a reinterpretar (a veces remezclar y hasta reinventar) canciones de Los Beatles y a esperar a que Yoko Ono pase por el parque.

El punto es parada obligada para fanáticos de los Fab Four, más aún para los lennonianos: cruzando la calle, en la esquina de la 72 y Central Park, está el edificio Dakota, en cuyo portón Mark Chapman asesinó por la espalda a John Lennon el 8 de diciembre de 1980. Como muchos, el comentarista musical Pepe Navar tuvo su encuentro con el portón del Dakota, aunque a él le gusta decir que no fue tanto por irse a retratar en el lugar donde asesinaron al Beatle (lo cual le parece escalofriante) sino donde se filmó en 1968 la película El bebé de Rosemary (Roman Polansky). “Me parece turbador —cuenta Navar— que un edificio tan especialmente trágico para el rock se haya convertido en un lugar turístico”.

Perturbador o no, alrededor de él hay una pequeña economía boyante. Además de James y su guitarra, en “Strawberry Fields” hay un puesto de pins y botones de Lennon. “El más vendido —cuenta el hombre que lo atiende— es el de “Imagine”. Cuestan tres dólares cada uno, pero si se llevan tres, hay descuento. Junto, un fotógrafo ofrece imágenes de Los Beatles trabajadas en poliéster, las fotos cuestan hasta 120 dólares, dependiendo del tamaño.

El edificio Dakota no es la única huella peculiar de la historia de Los Beatles que se ha convertido rápido en anécdota digna de ser turisteada y lucrada. San Pauli es otro ejemplo atípico. Iluminado con las luces del erotismo, cada local de este barrio alemán tiene focos rojos, azules o amarillos. La calle Repperbahn es de las más concurridas. Los ojos de quienes pasean por ahí miran más o menos esta secuencia: hermosa mujer en lencería roja, hermosa mujer en lencería negra, hermosa mujer en lencería púrpura, fotografía conmemorativa de Los Beatles.

Ubicado en Hamburgo, San Pauli es la atracción erótico turística por excelencia. Y tiene en Herberstrasse su expresión máxima: una calle cerrada con grandes portones de acero en cada una de sus esquinas y con letreros de “Prohibido el paso a mujeres”. Adentro funciona un prostíbulo con mujeres que ofrecen sus servicios desde las ventanas.

Entre el Kaiserkeller y el Club Indra, tugurios por donde John, Paul, George y Stuart Sutcliffe (aún no se unía Ringo Starr) hicieron su primera gira acompañando a Tony Sheridan y tocando su primer éxito: “My Bonnie”, además de placas conmemorativas hay una Plaza Beatles, en la que cada fin de semana se reúne a tocar The Buckles. No es un cuarteto, sino un trío integrado por Dieter, Richter y Steinhaur, que cantan versiones en alemán del grupo de Liverpool.

The Buckles prepara su primera gira internacional y si aceptan el dinero de los turistas es porque necesitan renovar la batería, ahora remendada con cartón. Para ellos, como para James en el Central Park de Nueva York, el dinero que les arrojan los turistas es un medio, no un fin. O como cantaban Los Beatles en “Money”: The best things in life are free.

Esta filosofía la ofrecen los tres vendedores de Central Park a sus clientes. Y la remarcan con una historia que James suele contar cada vez que le hace gesto de asco a los billetes que le arrojan los turistas: “¿Sabías que Yoko Ono todavía vive en el edificio Dakota? Y todos los martes sale de su departamento, cruza la avenida y pasea por el parque. Lo hace justo a las 11 de la mañana. Se para aquí, junto al mosaico. Luego se vuelve a verme. Se quita los anteojos y me saluda”, presume James, quien cuenta la anécdota a intervalos, ya que se interrumpe a veces para cantar “Help!” o para recitar frases de Lennon.

Entre los turistas, los japoneses son generosos a la hora de depositar billetes en el estuche de la guitarra, dinero que James menosprecia. Él no está aquí por eso, dice. Vive en Nueva Jersey y ahí trabaja como garrotero en un restaurante chino. Sale de trabajar a las tres de la madrugada, duerme unas cuantas horas y luego viaja en metro hasta “Strawberry Fields”.

“¿Sabes lo que significa una mirada de Yoko? Nunca me ha dicho nada, pero me ha visto a los ojos. Eso es importante, no los billetes”, dice James.

Hoy, por cierto, es martes. Así que los turistas que han escuchado esta historia de alguno de los tres vendedores se sientan alrededor del mosaico bicolor de “Imagine” a esperar a que la viuda salga de su departamento en el edificio donde asesinaron a Lennon, cruce la avenida Park Avenue y los mire a los ojos. Mientras, escuchan a James cantar: You may say I’m a dreamer/ but I’m not the only one.

 

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Estos versos, con el edificio Dakota al fondo y el recuerdo de Chapman asesinando a Lennon por considerarlo un millonario acomodaticio, provocan una catarsis en los fans conocedores de la obra de John, pacifista cuya única actividad física que disfrutaba era el sexo y que en marzo de 1964 declaró al Evening Standard: “Famoso y adinerado; eso soy ahora”.

Cuando James le hace gestos a los dólares que le arrojan los turistas, le hace también un homenaje al Lennon que intentaba redimir a la clase obrera al cantar: “Keep you doped with religion and sex and tv/ A working class hero is something to be” (Te mantienen drogado con religión, sexo y televisión / Un héroe de la clase obrera tienes que ser). Pero cuando James recoge el dinero y lo guarda en su billetera, es inevitable recordar al Lennon incendiario que declaraba: “Quiero dinero para poder ser rico. El dinero es tener poder sin tener poder”.

En una entrevista para The Rolling Stone en 1971, justo después de la separación de Los Beatles, John confesó que no sabía cuánto dinero tenía en el banco: “Pero es mucho más de lo que había tenido en toda mi vida”. Y ahí mismo, con todos esos millones en su cuenta, renglones más abajo se definía como un “trabajador de la clase obrera”: “Los que somos de la clase obrera, tenemos la esperanza de que llegue la revolución”.

En diferentes grados, esta frase de Lennon impulsa a quienes hoy, ya sea en Hamburgo o en Manhattan, han hecho de su memoria una forma de vida. No es casualidad que The Buckles trabajen en la Plaza Beatles con la esperanza de juntar el dinero para que su gira los lleve a cruzar Europa y el Océano Pacífico, y llegar a tocar sus versiones alemanas en los jardínes de “Strawberry Fields” de Central Park, en Nueva York.

Quieren ir, obvio, porque han escuchado que por ahí se pasea los martes Yoko y saluda a quienes, de una u otra forma, continúan la revolución lennoniana. La espera, sin embargo, puede ser larga e infructífera, como la de este martes en que Yoko no está en Nueva York, sino en Australia, inaugurando una exposición con su obra antibélica. “No importa; la esperaremos”, dice James, y se pone a cantar, otra vez, “Imagine”.