Lecciones de Palinuro

EL SANTO OFICIO
El libro es Palinuro de México, escrito durante siete años, de 1967 a 1974, por Fernando del Paso.
El libro es Palinuro de México, escrito durante siete años, de 1967 a 1974, por Fernando del Paso. (Nacho Reyes)

Ciudad de México

El cartujo se encierra a piedra y lodo; no quiere enterarse de nada, no desea escuchar voces histéricas ni saber de más crímenes y tragedias, tampoco encontrar estupideces racistas en las redes sociales, tantas veces guaridas de sembradores de insidias y perjurios alentados por merolicos de una izquierda mezquina y convenenciera.

Por eso decide guardarse en su celda, de paredes desnudas y piso de cemento; ahí, solo y su alma, sobre la pesada mesa de madera, pone uno de los libros prohibidos en el monasterio, un libro delirante, fantasioso y realista a la vez, protagonizado por un personaje nacido "bajo el signo de la desmesura: todo en él es hipérbole, exceso, colmo y demasía", de acuerdo con Francisco González Crussí.

El libro es Palinuro de México, escrito durante siete años, de 1967 a 1974, por Fernando del Paso; una novela genial sobre la medicina, el cuerpo, el amor, la política, la represión gubernamental, la memoria, los sueños. Si el mejor homenaje a un escritor es leerlo, el monje celebra los 80 años de Del Paso, quien nació el 1 de abril de 1935, con la relectura de esta obra inscrita en su corazón por las locuras de Palinuro y la presencia de su prima Estefanía, "bella como la eternidad bordada de nomeolvides".

De sus libros, Palinuro es el favorito de Del Paso: su protagonista es él, con su pasión por la medicina y su terror a la sangre, con su sentido del humor y la crítica certera al poder y los poderosos; pocos tan severos con las perfidias de la política mexicana como el también autor de José Trigo y Noticias del Imperio, aunque para algunos —no para el amanuense— pueda parecer exagerado.

De ese libro cargado de asombros, el humilde fraile ha elegido los siguientes fragmentos para compartirlos con sus cinco (inexistentes) lectores en estos días de guardar:

"¡Dios mío!, en cuanto se nace el tiempo se le echa encima a uno, y ya nunca lo deja en paz a ninguna hora del día".

"(El traje negro) no me lo he puesto nunca: lo estoy guardando para mi entierro, al que pienso asistir de incógnito para ver qué tanto me lloran mis amigos".

"Ese cuerpo (de Estefanía) que tanto amé y conocí, que hoy podría esculpirlo, de memoria y con la lengua, en un bloque de sal".

"La vida no me sonríe, sino que se ríe de mí a carcajadas".

"¡El médico es el actor por excelencia! Si tú no sabes fingir, nunca podrás ponerle cara alegre al paciente que se está muriendo de carcinoma gástrico y decirle 'naturalmente que se va usted a aliviar, hoy tiene muy buen color: ayer estaba usted amarillo y hoy está verde: ¡y el verde es el color de la esperanza!'".

"Nunca se casen por dinero —les decía a sus hijas (la tía Luisa)—. Pero enamórense de un hombre rico y serán más felices".

"Nada tiene remedio ya. Lo único que queda es empeorar las cosas. Tratar de mejorar algo, o creer que se puede mejorar, es seguirle el juego a esos cabrones" (los políticos).

Queridos cinco lectores, con sus pies descalzos sobre la arena de Acapulco, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.