Laureana Wright y el fantasma del feminismo

Tal vez, la pionera de la emancipación femenina y activista de la igualdad de género en México, estructuró sus preceptos filosóficos y morales a partir de las doctrinas de Allan Kardec, el más ...

Ciudad de México

"Sácame de aquí, sálvame...". Laureana lee el mensaje que su amiga de la infancia le ha enviado. Queda atónita. Son amigas desde los ocho años, eran vecinas, tomaban juntas lecciones de piano, asistían a las mismas tertulias, se contaban secretos, iban con las modistas de la calle Plateros. Era la amistad perfecta hasta que Antonia enfermó y murió. Dos meses después del entierro, frente a una mesa parlante, Laureana recibe el mensaje por escrito:

"Estoy viva, no estoy muerta... sácame de aquí, sálvame.. Soy Antonia".

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Laureana Wright de Kleinhans (Taxco, Guerrero, 1847–1896), era hija del empresario estadunidense Santiago Wright —dedicado a la minería— y de la mexicana Eulalia González. Considerada en México como “la más importante impulsora de los derechos de la mujer”, Laureana fue periodista, poeta y fundó la primera revista feminista, Las Violetas del Anáhuac, que se anunciaba como “un periódico literario redactado solo por señoras”.

Publicación revolucionaria, en Las Violetas del Anáhuac se propuso por vez primera el voto para la mujer y la igualdad de géneros. Pese a ser cercana a Delfina Ortega —esposa de Porfirio Díaz—, Laureana censuró públicamente la política laboral del entonces presidente y estuvo a punto de ser expulsada del país. Entre su obra destacó La enmancipación de las mujeres por medio del estudio, de 1891, y Educación errónea de la mujer y medio práctico para corregirla, de 1892.

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Cierto día de 1884, Laureana Wright asistió a una tertulia. Estaba ahí reunida la élite intelectual de la nación. La plática fue llevada hacia una corriente religioso–filosófica que comenzaba a cobrar fuerza: el espiritismo, específicamente el espiritismo kardeciano.

Las burlas no se hicieron esperar: para Laurena era cosa vulgar e ignorante la creencia en brujas, hechiceros y fantasmas. Solo una persona permaneció callada: un hombre que, con seriedad, escuchaba las mofas.

Dos días después, Laureana recibió una visita: era un "prominente senador" de quien nunca se nos ha revelado la identidad —ni Laureana, en sus testimonios, ni sus allegados, en ninguna forma, han confesado el nombre. Se trataba del mismo hombre que soportó en silencio las embestidas en contra de espiritismo. El senador le aseguró que en esta creencia había algo “muy digno de atención y estudio” y la invitó a una sesión que se realizaría en la casa de un militar. Desconcertada por la propuesta, sorprendida porque no daba crédito a que aquel hombre al que consideraba un erudito creyera en cosas del vulgo, Laurena —por curiosidad, por amabilidad o quizá alentada por una voz interior— aceptó ir, no sin antes leer El libro de los espíritus, de Allan Kardec, y Lumen, de Camille Flammarion. Laureana calificó las obras como textos plagados de fantasía. De sus autores afirmó que eran “dos locos: soñador, espiritual y elevado, uno [Kardec], práctico, prosaico y semi–místico, el otro [Flammarion]”. “Demente” y “fantasioso”, curiosos calificativos que Laureana aplicó a Flammarion, uno de los divulgadores de la ciencia más influyentes de su época.

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Adelantada incluso a la moda, la señora Wright llegó a la sesión espiritista con un corte de pelo “a lo garçon”: un estilo de corte masculino en cabellera femenina que se popularizó entre las mujeres que querían mostrar su autonomía hacia finales del siglo XIX y principios del XX. Quizá alentada por el dicho “de nada le sirve el genio a una mujer que no sabe peinarse”, Laureana cortó su cabellera.

Ya en la sesión espiritista, frente a una mujer dormida —al menos en apariencia—, Laureana participó en la invocación a su propio padre, quien nunca llegó. La médium se estremecía, daba la impresión de estar en un trance que le producía un intenso dolor físico y emocional. Cuando Laureana se reía para sus adentros, la sonámbula comenzó a escribir: era el efecto de lo que los anfitriones llamaban “el sueño magnético”. El remitente del escrito era una mujer llamada Antonia, fallecida poco tiempo atrás, quien —según testimonios— se negó a morir hasta el último aliento y que había llevado una íntima relación con la señora Wright. El mensaje decía claramente que no estaba muerta, que se encontraba atrapada en algún sitio y que la rescataran. Laureana se retiró de la sesión convencida de que se le había tendido una trampa, que todo había sido un truco, reafirmó que el espiritismo se trataba de charlatanería y olvidó el asunto; continuó con su defensa —a través de artículos en la prensa nacional— de la educación para las mujeres.

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La férrea defensora del feminismo se contradijo a sí misma: Años más tarde, en la década de 1890, su nombre era reconocido en los círculos espiritistas de México. A las sesiones que para convocar el espíritu de los muertos organizaba en su propia casa, acudían los personajes más importantes de la vida política y cultural de la nación: Manuel Gutiérrez Nájera, Porfirio Parra, Alfonso Herrera, Joaquín Casasús, Rafael Reyes Spíndola, Sóstenes Rocha, por citar algunos.

Conocedora de la historia y de los avances del movimiento emancipador de la mujer en Norteamérica, Laureana publicaba sus reflexiones en Las Violetas del Anáhuac, reflexiones que pronto se trasladaron a La Ilustración Espírita junto con artículos de líderes del librepensamiento femenino español como Rosario de Acuña y Amanda Domingo Soler (mujeres a las que llamaba “rebeldes en ideas”).

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El primer grupo espiritista en México había sido fundado en Guadalajara, en 1863, por un general retirado —retirado gracias al triunfo de la República—, Refugio Ignacio González, quien también fue fundador e impresor de La Ilustración Espírita, publicación con la que después Laureana colaboraría fiel y largamente.

Hay un vacío en la historia, no se sabe cómo es que Laureana Wright se convirtió al espiritismo. ¿Qué fue lo que hizo que la ferviente luchadora por los derechos de su género se convirtiera a una doctrina filosófico–religiosa a la que había calificado de pueril? ¿Cómo fue que la otrora defensora del materialismo llegó a ser la primera y única mujer vicepresidenta de la Sociedad Espírita Central de la República Mexicana?

En algún momento, Laureana tuvo acceso a misteriosas imágenes que estudiaba, seria y cuidadosamente, uno de los escritores que más admiraba: Sir Arthur Conan Doyle.

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Las extrañas imágenes que terminaron de convencer a Laureana Wright de convertirse al espiritismo fueron las mismas que obsesionaban a Conan Doyle: aquéllas fotografías que, a lo largo de su vida, el escritor reunió, analizó y publicó en diversos medios especializados.

En 1895, el doctor Wilhelm Roentgen, de origen alemán, descubrió unos misteriosos rayos: ondas electromagnéticas capaces de traspasar cuerpos opacos o sólidos y, además, podían ser captados en imágenes fotográficas —hoy los conocemos como radiografías. Los llamó “Rayos X”. Los afectos al espiritismo encontraron aquí argumentos científicos para su causa, ya que estos rayos, en su opinión, no podían distar mucho de las energías anímicas y kármicas, de modo que las almas serían también capaces de afectar las placas fotográficas. Hubo, entonces, un auge de fantasmas retratados. Fantasmas que, curiosamente, aparecían siempre vestidos a la última moda sin importar el siglo en el que hubieran muerto.

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Puede ser que la señora Wright, harta de la religión católica en la que fue criada, encontrara una alternativa a su fe en el espiritismo kardeciano, pero su conversión le sirvió para mucho más que para satisfacer sus necesidades espirituales: encontró una tribuna política para confrontar a materialistas, positivistas y a todo aquel que promoviera ideas sobre la incapacidad femenina para el ejercicio intelectual.

El espiritismo de Allan Kardec surgió a mediados del siglo XIX en Europa, y se perfiló rápidamente como la vertiente más importante de esa doctrina. Lo creó el médico holandés Hyppolyte Rivail bajo seudónimo. En el kardecianismo se conjugaban elementos de antiguas tradiciones y se hacía una síntesis de diversas corrientes del pensamiento —aunque contradictorias, Kardec las reconciliaba—: positivismo, espiritualismo, catolicismo, materialismo, protestantismo, ciencismo. Solo una corriente capaz de unir a los contrarios podría ser un “verdadero medio de enseñanza de Dios”. Para el kardecianismo no habría de llegar jamás el día del Juicio Final, porque promovía la confianza en un Dios justo que no condena a las almas, por el contrario, ofrece desarrollo espiritual y bienestar a toda persona.

Para Kardec, la comunicación espiritual o con “seres del mundo invisible” tenía lógica y un carácter científico, con ello se comprobaba la existencia de un “alma intelectual”, separada e independiente de la materia, del cuerpo, de la vida fisiológica, una inteligencia que se conservaba después de la muerte.

Sospecho que lo más atractivo para Laureana Wright eran los preceptos morales desarrollados por Kardec. Toda la doctrina del espiritismo kardeciano se resumía en doce postulados o leyes que definían un código de comportamiento para la vida pública y privada. En el noveno de esos postulados está el meollo de la conversión de Laurena —y de muchas otras mujeres: “hombres y mujeres son iguales en inteligencia”. El “Principio Inteligente” o “Alma Intelectual” que el espiritismo atribuye a todo ser viviente, sin importar las características del cuerpo que habita durante su vida orgánica, no puede tener sexo ni está disminuida o afectada por la materia que en suerte le ha tocado. Con estos argumentos Kardec sostenía que “la inferioridad de las mujer en algunas comarcas era producto del imperio injusto y cruel que el hombre ha tomado sobre ella”.

Así que Laureana se convirtió en médium: a través de sus artículos, de su trabajo periodístico y sus nuevas creencias trajo para nosotros a un fantasma que ahora encarna: el fantasma del feminismo.