Las víctimas mexicanas del Lusitania

Este relato documenta cómo en aquel trasatlántico hundido en mayo de 1915 por un submarino alemán, el azar reunió a dos connacionales, uno en primera y otro en tercera clase.
Las víctimas mexicanas del Lusitania
Las víctimas mexicanas del Lusitania

Liverpool

El embarcadero se ha quedado en tinieblas. En segundos, un viento despiadado que no ha dejado de correr a través del río Mersey instaló unas espesas nubes sobre la vieja terminal marítima, otrora terminal de uno de los barcos más lujosos y modernos del mundo: el R.M.S. Lusitania.

Hace 100 años, en este aciago lugar, que se ubica al norte del puerto inglés de Liverpool y que ahora sirve para trasladar desperdicios industriales y contenedores, el Lusitania tenía que haber completado su viaje 202 entre Europa y América. Sin embargo, un evento catastrófico, que tuvo lugar en tiempos en que la Primera Guerra Mundial se extendía cruentamente hasta el mar, impidió a aquel vapor y a sus ocupantes llegar a este embarcadero de nombre Cunard.

La tarde del 7 de mayo de 1915, entre las costas de Irlanda e Inglaterra, un torpedo disparado desde un submarino alemán U-20 alcanzó el costado del barco de pasajeros de la empresa inglesa Cunard Line, lo que causó su hundimiento en menos de 20 de minutos. En el ataque, calificado por la prensa como "un atentado llevado a cabo por los piratas alemanes", murieron mil 193 personas de las mil 960 que iban a bordo, entre ellas 124 estadunidenses. En semanas, el evento incendió el debate para que Estados Unidos le declarara la guerra a Alemania, cosa que ocurriría dos años más tarde, y que cambiaría el curso de la historia.

A pesar del elevado número de víctimas y de las pérdidas materiales, aquel incidente no tuvo el impacto mediático del hundimiento del famoso Titanic en 1912. Esto hizo que las cientos de historias de las víctimas se hundieran en el mar y en el olvido, entre ellas las de dos mexicanos que viajaban de manera fortuita a bordo del Lusi. De su historia, hasta ahora, muy poco se conocía.

La falta de información sobre las víctimas mexicanas del Lusitania me hizo viajar a Liverpool para olisquear entre viejos archivos y aisladas colecciones. Lo primero que encontré fue la lista original de pasajeros del buque, ubicada en el Museo Marítimo. En ella hallé el nombre de Federico G. Padilla, un hombre de 34 años, cuyo domicilio, al momento de su viaje, se encontraba en este puerto.

Según pude leer en la vieja relación, este hombre había comprado el boleto 46135 que lo acreditaba en la sección "Saloon", la primera clase del barco hermano del famoso R.M.S. Mauretania, y con él se había instalado en el camarote A3. En la relación a Padilla se le señalaba como "perdido" en el hundimiento; no obstante, de alguna manera que al inicio de mi recorrido desconocía, su cuerpo sin vida había sido recuperado y marcado con el número 175.

El otro pasajero mexicano de la lista era Diego Olivar, quien al momento de embarcar tenía 46 años. Además de su nacionalidad, lo único que pude saber en ese momento acerca de este hombre era que viajaba en la tercera clase del barco, que tenía su domicilio en la ciudad de Nueva York y que también fue considerado como "perdido" en el mar.

Antes de viajar a Liverpool, por varios días tecleé ambos nombres en varios buscadores de internet en los que hallé una ficha bibliográfica de un libro sobre la creación de agentes comerciales de México en el extranjero, escrito por un Federico G. Padilla y que fue publicado en Monterrey en 1908. Además, encontré una brevísima biografía publicada en el sitio de internet: rmslusitania.info, una especie de Wikipedia del barco, en la que leí que Padilla había sido nada menos que cónsul general de México en la Gran Bretaña, que reservó su pasaje desde San Antonio, Texas, donde tenía un hermano de nombre Fernando Padilla, quien ostentaba un cargo similar al de él. E, incluso, que su cuerpo sin vida había llegado a un lugar llamado Queenstown, en Irlanda, y que está enterrado en la tumba 587 del cementerio Old Church en ese país.

La historia de Padilla —personaje que erróneamente encontré en un primer momento más fascinante y de alguna manera más accesible de investigar que la figura de Diego Olivar— me pareció llena de zonas ciegas de las que no quedaban memorias ni registros, y que valía la pena indagar. Quería saber cuál había sido realmente el motivo del viaje de aquellos hombres a América en 1915; por qué el cuerpo de Padilla se había quedado en Irlanda y no repatriado a México, y por qué el gobierno mexicano no levantó la voz en contra de Alemania por el asesinato de un representante diplomático en un ataque claramente deliberado.

Antes de abordar el avión que me trajo a Liverpool, logré ponerme en contacto con Peter Kelly, un historiador irlandés que ha dedicado años a documentar las biografías de quienes viajaban en el Lusitania al momento de su hundimiento. Kelly respondió mi primer correo con la información que él mismo había podido recabar acerca del cónsul mexicano en periódicos de Irlanda y Estados Unidos, datos que daban un poco de claridad a la vida de Padilla y que serían dados a conocer en una exposición ya abierta en Liverpool en razón de los 100 años del hundimiento del barco inglés. Para mí, ese sería el punto de partida de mi recorrido por el puerto.

"Federico G. Padilla nació en 1881 —leí en el correo de Kelly. Fue un diplomático profesional y en 1915 obtuvo el nombramiento de cónsul general de México en Liverpool, en el consulado situado en el número 51 de la calle South John Street. Su domicilio particular estaba en Campo número 8 en Monterrey, México". Pensé que durante mi paso por Liverpool forzosamente tenía que visitar esa dirección del consulado. Para mi sorpresa, durante el recorrido por aquel lugar pude comprobar que la calle donde se localizó aún existía; sin embargo, del viejo consulado no quedaba nada, los antiguos edificios de aquella calle habían sido sustituidos por un moderno centro comercial.

En la misma comunicación, el historiador irlandés me aseguró que Padilla seguramente había viajado a México de vacaciones o bajo una asignación consular. Además, con base en una colección de llegadas de la aduana de Ellis Island, Nueva York, pude saber que el mexicano efectivamente había viajado desde Veracruz a La Habana para después tomar un barco que lo llevó a la Gran Manzana, el 28 de abril de 1915, y que se alojó en el hotel Imperial. Además, en el viejo registro se apuntaba al pasajero mexicano como soltero, de cabello y ojos negros y de 1.70 metros de estatura; que su última estancia en Estados Unidos había sido en 1911 y que tenía como ocupación el "servicio consular".

Lo que no me pudo informar Kelly, y que pude saber gracias a los documentos que guarda sobre Federico Padilla el Archivo Histórico Genaro Estrada de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), en la Ciudad de México, era que, en efecto, su entonces titular, Manuel Calero y Sierra, había nombrado a Padilla el 28 de febrero de 1912 cónsul general, dato que pude cotejar en la biblioteca central de Liverpool, donde se hallaba una copia de The London Gazette en la que se daba a conocer que el rey Jorge V había aceptado las cartas credenciales de Padilla a inicios de abril del mismo año.

Gracias a otro grupo de cartas que van de 1903 a 1910 y que guarda la colección José Y. Limantour en México, supe que el joven Federico G. Padilla había iniciado gestiones para instalar agentes comerciales en el extranjero con la intención de facilitar el comercio entre el exterior y nuestro país. Con aquellas comunicaciones queda claro el interés que el empresario tenía por facilitar el comercio, pues él mismo poseía negocios de importación a México de maquinaria alemana y muebles finos provenientes de Austria y Francia.

En una de las cartas fechada en 1910, Padilla le escribe a José Yves Limantour, entonces secretario de Hacienda, las bondades de la instalación de una agencia comercial mexicana en París o Londres, e incluso le habla sobre el número de empleados que la oficina necesitaría para operar y el presupuesto requerido, al tiempo que coquetea con que él mismo pueda convertirse en agente comercial.

No se sabe de qué manera Federico G. Padilla logró hacerse en dos años del cargo de cónsul general en Liverpool. Sin embargo, gracias su expediente, conocí que esa función la mantuvo hasta pasada la muerte de Francisco I. Madero, en febrero de 1913. Dos meses más tarde, en abril de ese año, el mismo Padilla informó a través de un telegrama al subsecretario de Relaciones Exteriores que había decidido dejar su cargo. En su lugar, se lee en otra misiva, Diego Olivar Pinelo, el otro mexicano fallecido en el trágico ataque al Lusitania y que ostentaba el cargo de vicecónsul, es quien se quedó en su lugar hasta que él mismo volvió a Nueva York.

En el bien preservado archivo de Padilla en la SRE, se incluye, además, un cuestionario que él mismo respondió de puño y letra. En donde aclara que nació en Linares, Nuevo León, el 9 de septiembre de 1880, y no en 1881 como me aseguró Peter Kelly. Que en efecto había sido comerciante, pero además industrial y minero. Y que había ostentado el cargo de regidor del Ayuntamiento de Monterrey en 1901 y 1902.

El Lusitania estaba programado para partir del muelle 54 del embarcadero Cunard a las 10:00 horas del 1 de mayo de 1915. Sin embargo, su partida se retrasó hasta pasado el medio día. Al momento de su salida, Padilla ya estaba instalado en su elegante camarote de primera clase y Olivar varios pisos por debajo de la cubierta. En su equipaje, Federico G. Padilla llevaba un documento fechado en la Ciudad de México el 2 de octubre de 1914 y firmado nada menos que por Isidro Fabela, entonces oficial mayor encargado del despacho de la SRE. Se trataba del oficio en el que lo nombraba por segunda ocasión "cónsul general de México en Inglaterra en Liverpool".

Seis días más tarde, pasadas las dos de la tarde del 7 de mayo de 1915 y casi a punto de llegar a su destino, un potente impacto se sintió a un costado del Lusi que cruzaba ya el mar de Irlanda. Los sorprendidos pasajeros apenas tuvieron unos minutos para correr a cubierta. Algunos lograron subirse en los botes salvavidas, otros se tiraron directamente por la borda con chalecos salvavidas atados a la cintura, y otros más, como Diego Olivar, fueron devorados por el mar.

Días más tarde, seis cuerpos fueron hallados flotando bajo un bote salvavidas que vagaba a la deriva y de cabeza cerca del puerto de Glandore, Irlanda. En las ropas de uno de ellos se encontraron, entre otras cosas, varias joyas, monedas de oro y plata, un hermoso reloj cazador de bolsillo Keyston bañado en oro y una funda rusa de piel con un pasaporte mexicano cuyo dueño era Federico G. Padilla, el cónsul mexicano que nunca volvió a este gris embarcadero de Liverpool.