El tren del desierto

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(EFE)

Ciudad de México

Hace un montón de años emprendí un raro viaje. Me trepé en un tren que salió de la vieja estación de Buena Vista rumbo a Mexicali. Eterno el itinerario por la lentitud del chirriante transporte, permitía a los viajeros bajar a tierra y acompañar al tren a su cansino ritmo. Arriba y abajo todos habíamos perdido el sentido del tiempo. Solo llevaba el libro Las flores azules, de Raymond Queneau. Me metí por completo en sus páginas espléndidas, aburrido del paisaje de casuchas y llanos resecos. De pronto, un calor sofocante invadió el vetusto vagón. Miré por la ventanilla y me topé con un paisaje insólito: dunas y más dunas y nubes de arenisca revoloteando en el aire. Era el Desierto de Altar, en Sonora. Ardiente, señorial, áspero, el desierto no es de todos los días para quienes no lo habitan de tiempo completo. Sorprende y seduce, pero también se impone sobre el ánimo del viajero.

Me sentía como personaje de Viento negro, aquella película que filmó Servando González en 1965 con David Reynoso y Enrique Lizalde. Ahí, en medio del tragedión familiar que llenaba de angustias la vida de su capataz, un puñado de trabajadores luchaban contra las oleadas de calor y las tormentas de arena mientras tendían las vías por las que habría de correr el tren en el que yo viajaba.

Por supuesto, mientras contemplaba con fascinación las imágenes sorprendentes que ofrecía el desierto, nunca me pregunté en serio cómo diablos le habían hecho en su momento los ingenieros para montar rieles y durmientes sobre sus movedizas arenas, retando a las altísimas temperaturas del día y bajísimas de noche.

La misma pregunta que se están haciendo ahora en España un grupo de especialistas en redes ferroviarias, ingenieros y técnicos. Cegado por la ambición y con la ayuda del ex rey Juan Carlos, un consorcio integrado por empresas privadas y oficiales obtuvo un jugoso contrato para construir en pleno desierto en Arabia Saudita un tren de alta velocidad que habría de cubrir en dos horas y media los 450 kilómetros que median entre Medina y La Meca, transportando con salidas cada 4 minutos a unos 60 millones de viajeros cada año. Al menos así quedaba estipulado en el proyecto que los españoles presentaron al gobierno de Arabia Saudita a cambio de unos 7 mil millones de euros y que fue aprobado en 2011 para comenzar a operar el año próximo.

Pero resulta que no encuentran la manera de hacerlo posible. Se jalan los pelos, hacen muecas de desesperación y miran durante horas y horas en el candente horizonte el ir y venir de la arena, los movimientos impredecibles de las dunas que aparecen y desaparecen en un suelo de caprichosa conducta. Mientras tanto, los árabes se empiezan a enojar. Los regañan y los apuran. Pero de nada sirven sus amenazas. Los españoles están al borde del colapso en todos sentidos. Por lo pronto, habría que mandarlos al cine más cercano a ver Viento negro. Tal vez de algo les sirva.

 

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa