Los nopales de Raquel Tibol

Se fue pero dejó un legado imposible de borrar: sus libros que explican el muralismo de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco.
Raquel Tibol murió hace unos días en la Ciudad de México.
Raquel Tibol murió hace unos días en la Ciudad de México. (Especial)

Ciudad de México

Se fue pero deja huellas imposibles de borrar: sus libros para entender el muralismo alrededor de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco. No fue la biógrafa de ellos, no, pero sí la crítica de arte necesaria para que de ahí surgieran todas las memorias alrededor de ellos. Vivió una época única, cuando México era un volcán que hacía erupción en arte y literatura. Es la multicitada en las notas a pie de página de toda historia del arte mexicano.

Fui editor de varios de sus libros, quizá los fundamentales para leerla. De Diego Rivera hasta Frida Kahlo, solo los de la pintora fueron exitosos; el resto, un fracaso comercial. Lo digo para que no haya equívocos. Difícil de trato. Me tocó ver cómo hizo añicos un libro de Humberto Musacchio sobre la gráfica en México. O increpar el libro de Adriana Malvido sobre Nahui Olin. En el primer caso tuvo razón; en el segundo, no tanto: lo vemos ahora que la artista plástica tiene un lugar en la pintura mexicana, entre otras cosas, gracias al libro de Adriana Malvido y pese a Raquel Tibol.

Ni qué decir que desapareció prácticamente al resto de los críticos de arte de su época (que nadie dice que no existan, no, pero nadie como ella). Era su voz o ninguna, con o sin razón. En los últimos años, con quien más discrepó fue con Teresa del Conde. Tenían gusto por temas similares y eso complicaba las cosas. Lo bueno es que Teresa del Conde es la representante crítica de lo que se considera la Ruptura, pintores de los que se ocupó con enorme erudición, y encontró su espacio en el difícil arte de la crítica. No es poco frente a Raquel Tibol. Y si me preguntan: me quedo con las dos.

Difícil ocupar el lugar de Raquel Tibol hoy que se discrepa sobre el arte contemporáneo y la pintura como si fuera el pasado. Ni Cuauhtémoc Medina ni Avelina Lésper tienen al menos un libro notable para tenerlos en cuenta en la historia que se escribe en diarios y revistas, las polémicas de estar de un lado o del otro. El tiempo lo dirá. Pero una duda no cabe: Raquel Tibol es la crítica de arte de mayor trascendencia que hemos tenido en México, a pesar de toda diferencia estética o política. Porque Tibol era política. Presumía que iba más allá que los propios partidos de izquierda. Pero ese sería otro tema que aquí no cabe. Lo que les quiero contar es mi relación de editor con la señora Tibol: de aprendizaje.

Con Raquel Tibol había que actuar de una manera absolutamente racional si se quería evitar caer en estados emocionales alterados y convertirse en Hulk, pues el enojo no daba para pensar. Ella fue, desde que tengo noción de su obra en el campo de las artes plásticas, la danza y la cultura en general, un ser controversial, un cerebro necesario para el análisis de la historia del arte. Fue la maestra que renegaba al enseñar y que, en cada uno de sus escritos en diarios y revistas, en sus libros, terminaba dando cátedra.


Primera lección

Trabajé con ella cinco de sus libros. El aprendizaje se ha convertido en lecciones de vida profesional. De nuestra primera experiencia en la conformación de Ser y ver, mujeres en las artes visuales, debo decir que el dossier de imágenes plásticas no fueron autoría de la casa editorial. En un primer momento, Raquel Tibol nos acercó más de cien fotografías de las que se haría una selección rigurosa de los temas que el libro trataba. La selección —la primera—, la hizo un servidor y se la hice llegar a la maestra con cariño. Pero a la maestra no le gustó la propuesta. La obviedad con la que este aprendiz de editor había escogido a las creadoras, sea en autorretratos, desnudos, rostros, poses... “Es demasiado elemental, no hay un juego de ideas y aportaciones”, me dijo doña Raquel. Se cambió completamente. Se hizo la curaduría, y el resultado, sin duda, fue el mejor. La lección es muy simple: si antes aprendí a entender el arte a través de los escritos de Raquel Tibol, la enseñanza de la práctica para ver de otra manera una curaduría fue precisa y contundente. Los que hayan leído y visto el dossier lo comprenderán mejor que leyendo estas palabras.


Segunda lección

Nuevo realismo y posvanguardia en las Américas es sin duda el libro en el que Raquel Tibol nos lleva con el arte a un recorrido por, precisamente, las Américas, con la clara intención de mostrar 26 propuestas disímbolas de artistas que trabajaban en solitario pero que el propio concepto individual del arte los hacía afines en sus tendencias. Confesión a la segunda lección: fue un libro que contratamos sin pensar. El editor de ese libro, o sea yo, ni siquiera leyó el manuscrito hasta el momento en que fue publicado. Dirán que es cinismo, pero no: como estudiante primero y como periodista cultural después, a Raquel Tibol tengo más de treinta años de seguirle la pista. Por ella antes que nadie nos enteramos de las virtudes de una pintora que no era moda como hoy. Raquel Tibol escribió Frida Kahlo, una vida abierta —que reeditamos con una actualización en el título: Frida Kahlo en su luz más íntima, o Episodios fotográficos, sin duda el antecedente de Fuga mexicana, un recorrido por la fotografía en México, de Olivier Debroise.

Como editor, uno de mis retos era obtener libros de la historiadora de arte más puntillosa que hemos tenido en estas tierras, del movimiento muralístico mexicano a la fecha. Cuando la maestra anunció en las páginas de Proceso que abandonaba el periodismo para dedicarse a concretar sus ideas y aportaciones en libros e investigaciones futuras, la busqué y logramos la edición de sus mejores libros. Cómo iba a dudar en firmar un contrato con doña Raquel Tibol cuando sus lectores conocemos de sobra que ella no escatima su conocimiento del arte y su capacidad en el uso de sus cualidades escriturales. Es la historiadora de arte que no se atrinchera en el rigor del género que le compete —el ensayo y la crítica—, que lo trasciende a la crónica, a la anécdota, a la epístola, a la entrevista… El oficio de escribir en Raquel Tibol es reverdecimiento constante. Una autora que indaga y examina, confronta y corrobora, escarda lo manifiesto y lo callado, lo expresado y lo efectuado en y en torno a la pintura de quienes se ocupa.

La anécdota que revela la relación entre Oliverio Martínez y David Alfaro Siqueiros orilla a los lectores a encontrar las razones estéticas del escultor que mezcló el arte precolombino y el cubismo en los trabajos realizados para el Monumento a la Revolución, y que lo hizo un adelantado de su época.

Las entrevistas con José Luis Cuevas y Fernando Botero: en el primer caso, las preguntas son las de una crítica que ha observado los procesos del creador y la reafirmación del pintor en esos conceptos. En el segundo, se nota sin duda el estilete de una crítica que en las conversaciones reclamaba el derecho a disentir y decir con toda la tranquilidad a Fernando Botero “Usted abusa del decorativismo”, que derivó en toda una plática sobre el arte abstracto y el figurativismo.

La crónica sobre la vida y obra de Remedios Varo es un repaso al surrealismo, a las ideas de Artaud y Breton, a las confusiones en torno a los elementos surrealistas en las obras de ciertos artistas, como el caso singular de María Izquierdo. Y una certeza de Varo: “No pertenezco a ningún grupo; pinto lo que se me ocurre y se acabó”.

El brevísimo y extraordinario ensayo en el que Siqueiros y Pollock, tan disidentes en lo ideológico pero unidos sin saberlo, primero en el amor por los cowboys y luego en una exposición en Alemania en 1995, en la que Raquel Tibol estuvo para contarlo.

Subrayo en Nuevo realismo y posvanguardia en las Américas la vocación plural y el asombro de Raquel Tibol por las tendencias de las vanguardias y transvanguardias que han dado artistas y propuestas tan disímiles como el hiperrealismo de Víctor Rodríguez, el action painting o el expresionismo abstracto de Rico Lebrun, o el de Jacobo Borges, de quien Raquel Tibol dice que ante el espectador se convierte en “un discurso convulso, contradictorio, metafóricamente provocador”. Un libro, hay que decirlo, con ausencias claras; por ejemplo, las de Francisco Toledo y Julio Galán.


Tercera lección

La edición de Escrituras, de Frida Kahlo, con prólogo y proemio de Raquel Tibol, y como novedad una presentación de Antonio Alatorre, porque la maestra, hacedora de la realización de este proyecto, me dijo: “No es posible no darle a Frida un lugar en la literatura testimonial. Es necesario que lo diga un erudito de la lingüística. Frida, en sus cartas y testimonios, demuestra un desparpajo poco usual en la literatura”.

Y este novato, aprendiz eterno, se quedó callado ante algo que nunca hubiera visto por sí mismo, aun cuando mi admiración por Frida Kahlo hizo que alguna vez discutiera, a gritos, con Raquel Tibol.


Maestra a regañadientes

Recuerdo muy bien que Armando Ponce, colega de Proceso, que se percató de la discusión pública sobre si era o no un buen montaje el de Johann Kresnik a una versión teatral de la vida de Frida Kahlo, me comentó que yo había actuado de manera muy severa e injusta con doña Raquel. Cuando la impertérrita crítica de arte me dio Escrituras para su publicación, la enseñanza de la profesora ya era muy clara: las diferencias —y mis ignorancias— no son enemistades. Las confrontaciones pertenecen al terreno de lo racional, no de las emociones. El arte, si bien intenso y pasional, es discernimiento. Punto.


Epílogo

No me duele la partida de Raquel Tibol porque he leído casi todos sus libros y me acompañarán siempre. No olvido las visitas a su departamento de la colonia Anzures. No me asombraron las paredes casi desnudas, sin pinturas, a pesar de tener una colección personal que sin duda preservarán sus hijos. Lo que sí me llamó la atención fue el interés de Raquel Tibol por mostrarme la terraza de su departamento, donde tenía sembrados unos nopales. Me dijo: “No es cualquier nopal. Mírelos bien. Están llenos de diminutas espinas que, con descuido, cualquiera se puede picar. No producen tunas ni flores ni nada. Son para cercar territorios. Hay que tener cuidado. Yo los tengo porque así preservo la entrada de los ladrones. Y bueno, porque dicen que no soy nada amable”.

La sonrisa pícara de Tibol lo decía todo. Ella, que ya quedó con una frase necesaria para escribir su biografía: cultivo un enemigo cada día. Seguramente esos enemigos estarán felices de que ya se fue. Pero no es verdad: quedan sus libros.