El último amor de Marguerite Duras [adelanto Laberinto]

Eso es todo, su último texto, lo publicó en 1995, meses antes de morir. Con estas palabras, la escritora francesa completó su obra.

México

La portada de la edición de este fin de semana de Laberinto está dedicada a José de la Colina, colaborador de Milenio, por su cumpleaños 80. Habrá una entrevista y textos de Javier Perucho, Armando González Torres, Julio Patán, Fernando Valls y Héctor Iván González, Armando Alanís, Iván Ríos Gascón y Roberto Pliego.

El suplemento cultural de Milenio regala un adelanto de lo que podrás leer mañana; por su centenario de nacimiento, un texto sobre Marguerite Duras.

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El último amor de Marguerite Duras

Yolanda Rinaldi

Esto es todo. La frase marca una con­versación sobre un destino. Dos años antes de su fallecimiento, la salud de Marguerite Duras se quebrantó. Condenada a un próximo fin ("por su edad", como dice la gente de un modo horri­ble en estos casos) sufrió desde entonces una larga enfermedad. Apagada, somnolienta, entre noviembre de 1994 y agosto de 1995, casi fuera del juego vital o, mejor dicho, en el umbral de la muerte, empezó a escribir un diario singular — incoherente, disperso, en el cual el tono del cine no deja de involucrarse—, que luego apareció como C'est tout (Éditions P.O.L., 1995).

Duras había nacido en Indochina el 4 de abril de 1914. Al morir iba a cumplir 82 años. Autora de Una presa contra el Pacífico, El arrebato de Lol V. Stein, Escribir, La vida material, Hiroshima mon amour (inolvidable película de Alain Resnais, quien falleció hace unos días), Moderato cantábile, Los caballitos de Tarquinia, El Vicecónsul, El amor, El hombre sentado en el pasillo, El amante, El amante de la China del Norte, entre otros títulos.

C'est tout. La frase parece expresar la determi­nación de un viaje y de que ya se ha preparado para la despedida. Decirlo es casi una orden contundente. Pero cuando se tiene escrito en el cuerpo el signo de la muerte, es el adiós, al que no seguirá ningún retorno. En esa circunstancia solo queda alimentar el recuerdo; quizá, para pro­tegerse del desamparo. En su larga agonía, Duras busca asir todo y entre un cansancio oscilante y una tos atormentadora, surge su voz narrativa, su prosa breve y fascinante, seductora, poética. Cuenta lo que le rodea, le duele o asusta. Brota la nostalgia (tan variada a lo largo de su existencia.), el pasado, en el que había conocido la plenitud en todos los mundos de su vida. Y en esas horas sin sueño —en espera de la mañana— está Yann, su joven pareja, la esperanza del amor, que la acompaña, la guía, que acude presto a esa mano agarrotada, deseosa de acercamiento.

Uno se pregunta, ¿la muerte fluye? ¿Un moribun­do conoce la dimensión de la despedida? ¿Sabe que la nave está preparada? ¿Por qué hurga en la memoria? ¿Quiere ganar tiempo a la fatalidad? La obra de Duras está cimentada en la memoria. Esa es la impronta. Ahora sobrecogida de debilidad explora su pensamiento. Al filo del doble abismo, cielo y tierra, brota el texto poema: desarticulado, crudo, lánguido, inquietante; sin una ordenación lógica del discurso; nace de la desesperación e impotencia de la artista porque en la otra orilla, más allá del lenguaje, está la nada, el vacío. Duras sabe que la vida solo puede ser aprehendida con la palabra y así construye estos apuntes que no tienen fin, porque su deterioro en los siguientes meses lo impedirá. Entre el monólogo interior y los diálogos con Yann, emerge el testimonio lacónico de la agonía, atroz, brutal:

"A veces, estoy vacía durante mucho tiempo. Existo sin identidad. Esto da miedo en un primer momento. Y después todo esto pasa... Es una cuestión de tiempo. Haré un libro. Querría hacerlo, pero no es seguro que escriba ese libro..." "Me preguntas espera de qué, respondo: no sé. Esperar. Es el devenir del viento. Quizá te escriba otra vez mañana..." "Ya no me queda aliento. Es necesario que deje de hablar..." "Estar juntos es el amor, la muerte, la palabra, dormir..." "He querido decirte que te amaba. Gritarlo. Esto es todo."

Así, Duras vive la desgarradura de la agonía: "Me siento perdida. Muerte es equivalente. Es terrorífico. Ya no me quedan ganas de esforzarme. No pienso en nadie. Se ha terminado lo que queda. Tú también. Estoy sola..." Se observa que Duras está en un punto de intentar un balance: "Yann: ¿Tienes miedo a la muerte? M.D.: No sé. No sé responder. Yann.: ¿Irías al paraíso? M.D. No sé. No creo en él en absoluto. Yann: ¿Quién eres? M.D.: Duras, esto es todo. Yann: ¿Qué hace Duras? M.D.: Hace literatura... Encontrar qué escribir todavía... Yann: Y después de la muerte, ¿qué queda? M.D.: Nada. Solo los vivos que se acuerdan. Yann: ¿Quién se va a acordar de ti? M.D.: Los jóvenes lectores."

Como Orfeo, Duras se dispone a descender a las sombras, oye la llamada, y sorprendente e incisiva clama: "Adiós a nadie. Ni siquiera a ti. Se ha terminado. No hay nada. Hay que pasar la página. Ven ahora. Hay que ir allí." "¿Escuchas este silencio? Yo escucho las frases que has dicho en lugar de las que has escrito... Cuando alguien dice la palabra escritor a Duras, esto causa un doble efecto. Soy la escritora salvaje e inesperada... Todo es vanidad de vanidades y persecución del viento. Esta frase da toda la literatura de la tierra... Yo soy la persecución del viento..."

En esa conversación se agranda el cuadro y el uno de agosto de 1995, entre la fiebre y la tos, declara: "Creo que mi vida se ha terminado. Que mi vida se ha acabado. Ya no soy nada. Me he convertido en algo completamente horroroso. Ya no tengo boca, tampoco cara." No vuelve a escribir. En adelante queda postrada en el no–espacio. En el silencio. Hasta que finalmente desaparece el 3 de marzo de 1996, en París, donde desarrolló su apasionante carrera. C'est tout