Laberinto: El rey de Jerusalén

Laberinto
Laberinto (Cortesía)

Ciudad de México

Para Gabriela Damián y Óscar Luviano


Balduino era el menor de los tres hijos del conde Eustaquio II de Boloña y de su mujer, Ida. Por las venas de ella corría la sangre de Carlomagno y fue considerada santa debido a las obras guerreras y pías de su descendencia. Eustaquio era célebre por sus hazañas en Inglaterra. Cuando los barones brabanzones visitaban al conde y éste se emborrachaba con ellos en el salón, los hombres le pedían que repitiera cómo había socorrido a Guillermo el normando dándole su propio caballo y cómo había matado al rey Haroldo. En toda Europa se sabía que el primero en herir de muerte al rey vencido había sido Guillermo, quien le dio con la lanza en el pecho y que el segundo fue Eustaquio con la espada en el cuello; el tercero, Hugo de Ponthieu, quien lo hirió en el vientre; el cuarto, Roberto Gilfard, quien le atravesó la pierna. Sin el brazo firme de Eustaquio el lorenés, Guillermo no hubiera podido triunfar en Hastings.

Fue natural, por lo tanto, que el primogénito, Eustaquio III, se ausentara del castillo familiar en cuanto tuvo edad para ceñir la espada.

Los hijos menores, Godofredo y Balduino, se quedaron en Lorena y su niñez transcurrió en los bosques que rodeaban el castillo, escuchando hablar de las hazañas de su padre. Se acostumbraron a pensar en él como en un héroe lejano.

Balduino creció a la sombra devota y feroz de Godofredo, amándolo más que a sus indiferentes progenitores. El conde no prestaba más atención a sus hijos menores que a sus caballos favoritos. Lo que interesaba era hablar de la guerra con los barones mientras la madre se arruinaba las rodillas frente a la cruz colgada en la pared de su habitación.

Godofredo, en cambio, era risueño, valiente y cariñoso. Llevaba a Balduino sobre la misma silla cuando salía a montar, le quitaba los abrojos del pelo y le contaba historias de gigantes y santos. Una tarde lo rescató cuando Balduino cayó en la parte honda del río que corría cerca de la muralla. Cuando lo sacó del torrente, Balduino, con los labios azules y el negro pelo empapado y pegado a la cara, abrazó las rodillas de su hermano. Entre toses y llantos, le juró lealtad.

Godofredo lo envolvió con la capa y le frotó la piel hasta que dejó de temblar. Ese fue el día más hermoso de su vida. El recuerdo de su rescate lo acompañó siempre: el contraste entre el agua helada que le había arrebatado la respiración y la calidez de los brazos del hermano; la frente tersa y serena de Godofredo; la pelusa amarilla que ya le cubría las mejillas, el beso que le dio en los labios para que dejara de sollozar.

Lo tendieron en el lecho de sus padres y Godofredo se postró a su lado. Permaneció allí, rezando, mientras Balduino vomitaba agua. Siguió allí aunque la madre aseguró que Balduino no corría peligro. Para evitar que el frío le provocara fiebres, las sirvientas dieron a Balduino leche caliente con pimienta y le restregaron vino en las plantas de los pies. Cuando Balduino despertó a la mañana siguiente, descubrió a Godofredo dormido junto a la cama sobre un jergón de paja, semejante a un macizo y áureo cachorro de león.

En la tarde, armados con palos y tocados con cuencos de arcilla que figuraban yelmos, jugaron al torneo y Balduino coronó a Godofredo con una diadema hecha de ramas.

Al llegar a la edad de ir a la guerra, Godofredo quiso seguir el ejemplo de su padre y ganar fama. Fue a Alemania y mató a Rodolfo de Rhinefeld en el campo de batalla. Luego, siguió al rey Enrique hasta Roma, a pelear en las guerras de los dos papas. El saqueo de Roma fue tan cruel que lo enfermó de melancolía y tuvo miedo de estar condenado al Infierno por haber participado. Apenas se alegró cuando el rey, agradecido por sus servicios, le devolvió las tierras que Godofredo había heredado de su madre y que el rey le había confiscado, años antes de ir a Italia. Le dio por rezar todo el día e hizo votos de castidad a pesar de que ya había tomado esposa.

En cambio, Balduino, destinado a la Iglesia por su condición de hermano menor, se alegraba de no tener que ir a luchar, aunque tampoco gustaba de los rezos. Buscaba la humedad prohibida de las mujeres y éstas lo encontraban hermoso. Era más alto que Godofredo, pero si la rubia belleza de éste era solar, la de Balduino era saturnina. Pálido, de pelo negrísimo y boca delgada, tenía una apariencia severa que su talante desmentía, pues gozaba de los placeres del cuerpo y los hábitos talares le parecían ásperos.

Una noche de octubre al volver de un burdel, le dijo a Godofredo:

—Hermano, estuve con una muchacha hermosísima. Su rostro era tan bello como el de un ángel, como el de la madre de Dios.

No quiso blasfemar, sino confiarse y hablar de mujeres, pero Godofredo lo abofeteó con fuerza y sin cólera. Balduino se quedó tendido en las baldosas mojadas por la lluvia hasta que el frío lo obligó a levantarse. El corazón de su hermano era un misterio que ni el amor ni la complicidad perfecta alcanzaban a develar. Parecía que sólo le preocupaban dos cosas: Dios y la guerra, la guerra y Dios.

Cuando le pidió que lo acompañara a la Cruzada, Balduino aceptó de inmediato. No tenía heredades a las que regresar y ya había abandonado la Iglesia. Tal vez en Oriente encontraría tierras, mujeres o la salvación de su alma. Godofredo vendió todo para ir: Stenay al obispo de Verdún y el ducado de Bouillon al obispo de Lieja. Quedó, también, sin tierras a las cuales volver. Iban en igualdad de condiciones: ante ellos se abrían los caminos de Oriente. Atrás ya no quedaba nada.

Godehilda, esposa de Balduino, se unió a la expedición. Los dos obedecieron a Godofredo cuando los entregó como rehenes al rey Colomán de Hungría a cambio del derecho de paso para el ejército cruzado. Pedro el Ermitaño había atravesado Hungría con su hueste de desharrapados y habían matado y robado. Así, Balduino se sometió a la voluntad de Godofredo y sintió alivio al saber que éste lo precedía, purgando los caminos de peligro.

Godehilda murió en Maras, pero Balduino no lloró, pues no la amaba. Siguió en el camino que lo llevaba sobre los pasos del hermano, el guerrero perfecto a quien nadie podía imitar.

Cuando el rey Teodoro de Edesa, quien profesaba la variedad armenia del cristianismo, supo que la fuerza franca estaba cerca, invitó a Balduino y lo llamó hijo adoptivo. Balduino, ofuscado por la ambición, permitió que el anciano rey lo desnudara frente a todos. Luego, los cortesanos los cubrieron con una manta, según el antiguo rito de adopción de los armenios. El anciano rey frotó su pecho esquelético con el pecho marmóreo del lorenés y lo besó en los labios. Balduino salió de debajo de la manta y la corte lo aclamó como hijo verdadero del rey. Había dejado de ser el benjamín opaco de la familia de Boloña para convertirse en un heredero real.

Hasta Edesa llegaban las noticias de las hazañas cruentas de Godofredo, nimbadas con un hálito sagrado que Balduino envidiaba.

Un día pensó que, aunque Godofredo avanzaba hacia Jerusalén con la inexorabilidad de las langostas, no era rey de nadie. Balduino traicionó a Teodoro para apresurar la sucesión y su padre adoptivo fue destrozado por la turba a la que los conjurados enardecieron.

No experimentó la alegría que había esperado al sentir la corona sobre las sienes. Era rey, pero la palabra estaba vacía, a pesar de que sus vestiduras eran más finas que las que usó en vida su padre, el conde de Boloña, allá en las tierras brabanzonas de su infancia. Godofredo envió un emisario con sus felicitaciones y Balduino se sintió solo y abandonado. Había logrado la corona, pero gracias a la traición. Le resultó insípida. Era como si Godofredo supiera que Teodoro fue acuchillado por los mismos cortesanos que antes lo besaban, gracias a las pérfidas maniobras de Balduino. Cuando el emisario regresó donde estaba el ejército cruzado, Balduino lloró, quizás por el viejo rey al que había traicionado o quizás porque se presentía indigno de seguir al león rubio que arrasaba las ciudades que se le oponían.

Le dio por levantarse al alba y hacerse vestir como si tuviera una cita pendiente con las noticias que llegaban del ejército cruzado. Ni siquiera su nueva esposa, Arda de Edesa, lograba distraerlo, a pesar de que era más hermosa e impúdica que Godehilda. Balduino tenía mujeres y era rey, pero tenía malos sueños y poco apetito. El vacío en el pecho iba creciéndole y amenazaba con extenderse y devorarlo. Pero lo tranquilizaba pensar que podría encontrar la salvación al lado de su hermano.

Godofredo marchaba bajo el mismo sol que había agostado la piel de Moisés y detrás iba el ejército franco, cada día más sanguinario y arrebatado.


Jerusalén cayó el 15 de julio, a las tres de la tarde, un viernes de Semana Santa. Godofredo fue el primero en saltar la muralla. Sus hombres afirmaban que había trepado por una escala hecha con lanzas que habían clavado en la piedra y que habían formado peldaños por los cuales ascendió como un ángel. La verdad es que los cruzados habían logrado acercar la torre de asalto de los loreneses y que después de horas de lucha tenaz bajaron el puente. Godofredo, seguido por sus hombres, entró en la ciudad y mató a todos aquellos que se cruzaron en su camino.

“¡Dios lo quiere! ¡Dios lo quiere!” fue lo último que escucharon los niños y mujeres musulmanes que se habían refugiado en la mezquita de Omar; el grito que resonó en los oídos de las familias judías al ser quemadas vivas en el techo del Templo; en las casas de los cristianos jerosolimitanos, despedazados como los demás habitantes de la ciudad santa por guerreros enloquecidos que profesaban su misma fe.

Súbitamente y en medio de las matanzas y el pillaje, la cara de Godofredo se apaciguó, como si despertara de un sueño. Se despojó de la túnica empapada de sangre y pidió agua. Se lavó, se quitó el yelmo, las botas. Descalzo y acompañado de tres criados, se dirigió a la iglesia de la Resurrección.

Su gesto calmó la degollina, pero solo durante unas horas. El ejército cruzado se reunió a cantar himnos, pero en cuanto terminaron, reanudaron la carnicería. Todo ello duró una semana. Godofredo no participó y vagaba por las calles como un sonámbulo armado hasta los dientes, siempre con un humilde crucifijo apretado en el puño.


Las noticias llegaron a Edesa y Balduino decidió hacer la peregrinación a Jerusalén. Llegó con palmas compradas en Jericó, pero el hedor a tumba de la ciudad salió a recibirlo antes que su hermano. Balduino no podía creer lo que tenía enfrente: aunque nunca ha temido a la sangre, se horrorizó ante los montones de despojos que obstruían las calles. Todavía había cadáveres insepultos por todas partes, reducidos a huesos cubiertos de jirones de piel.

Godofredo lo recibió amorosamente y lo llamó “rey de Edesa”. No lo dijo en son de burla, pero tampoco había en sus palabras la menor admiración. Balduino sintió consuelo al darse cuenta de que su hermano parecía indiferente a la traición con la que se había hecho de la corona.

Algo había cambiado en Godofredo. En lugar de sonreír, tenía una expresión pesarosa. La frente, antes serena, estaba marchita y las arrugas parecían cicatrices blancas en el rostro renegrido. En la amarilla melena Balduino vio mechones blancos y vio calvas en la barba de su hermano, como si alguna enfermedad le tirara los pelos. Pero los ojos le brillaban y estaban límpidos.


Godofredo se había convertido en un hombre cerrado sobre sí mismo. Se negó a ceñir la corona a pesar del consentimiento del ejército cruzado. Se rehusó a discutir su negativa con el hermano. No quiso ser rey de Jerusalén. Se llamaba a sí mismo AdvocatusSancti Sepulchri, el defensor del Santo Sepulcro. Recibía las embajadas sentado en el suelo y les decía: “Si del polvo venimos y al polvo regresaremos, el polvo bien puede servirnos de trono o lecho”. Rezaba a todas horas. Sus allegados se quejaban porque la comida se les enfriaba mientras el defensor del Sepulcro oraba en la mesa con la cara oculta tras las manos.

Varias veces Balduino creyó adivinar que Godofredo necesitaba desahogarse y le extrañó, pues se confesaba con el capellán todas las tardes. Sin embargo, Godofredo se le acercó varias veces con el gesto de quien necesita hablar. Le ponía la mano en el hombro o decía su nombre. Parecía, siempre, el inicio de una revelación. Balduino esperó, pero Godofredo, finalmente, no le dijo nada.

Una noche entró sin lámpara ni criado, en la habitación de Balduino mientras éste dormía. Sobresaltado, Balduino lo reconoció, soltó el cuchillo que había cogido y lo miró en silencio. Godofredo se dejó caer en el lecho y le puso una mano pesada, y áspera, sobre la mejilla:

—¿Recuerdas la corona que me impusiste cuando te saqué del río?

Balduino, aturdido por el sueño y la alarma, creyó que su hermano se había vuelto loco.

—¿Qué río, mi señor? ¿De qué corona me hablas?

—De la corona de juguete. De la corona que un niño colocó sobre la frente de otro. La única que he merecido.

—No lo recuerdo. No sé, señor mío, cuál es esa corona.

Godofredo sonrió tristemente y se incorporó. Balduino trató de retenerlo:

—¿No deseas, señor, que hablemos? ¿Que oremos juntos?

Godofredo no respondió. Se inclinó, tomó la cara blanca de su hermano entre las manos, le besó la frente y salió de la habitación.

Balduino, contrito, regresó a Edesa sin entender las razones de Godofredo para rechazar la gloria que habían ido a buscar, la más alta de la cristiandad. Su propia corona le parecía, ora pesada, ora ridícula. Rey de Edesa. Tres palabras que seguían a su nombre como tábanos a un animal herido.

Dios seguía lejos, y ahora ni siquiera ir tras Godofredo parecía acercarlo un poco más a Él.


Al año justo de haber sido nombrado defensor del Sepulcro, Godofredo de Bouillon, conquistador de Jerusalén, murió. No en batalla. Murió después de comerse un limón en Cesárea. Enfermo, cayéndose de la silla, apenas alcanzó a llegar a la ciudad santa, que había ayudado a bañar con sangre.

Su cadáver fue velado en una capilla ardiente durante cinco días. Todos los soldados, desde el más alto capitán hasta el menor de los criados desfilaron ante él, llorando y besándole los pies. Luego fue enterrado junto al Sepulcro que había ido a arrebatar al Islam.


Lo cruzados llegaron a Edesa y se postraron ante Balduino. Le ofrecieron la corona que Godofredo había rehusado y éste la aceptó. Sentía un profundo desasosiego por la muerte de Godofredo pues de ahí en adelante tendría que luchar él solo por la salvación de su alma y ni las armas ni la oración le habían servido nunca para estar cerca de Dios. El vacío que sentía dentro del pecho se hizo más grande.

El arzobispo Dagoberto de Pisa era el único que tuvo objeciones a que Balduino fuera coronado, pero los soldados lo despreciaban porque era ambicioso y se rumoraba que había escondido tres candelabros de oro en su tienda cuando los cruzados entraron en la ciudad, en lugar de ir a dar los Santos Óleos a los soldados destripados. Pocos le hicieron caso.

Balduino fue diplomático: permitió que Dagoberto pospusiera la fecha de la coronación y que la ceremonia tuviera lugar en Belén, no en Jerusalén.

Llegó el día: la iglesia de Belén resplandecía como una joya. Dagoberto esperaba cerca del altar con la corona en las manos, rodeado de cruzados. Balduino avanzó. La iglesia estaba repleta de soldados, clérigos y pobres. Había muchos pobres, aquellos que habían huido con lo puesto de Jerusalén y que no habían querido regresar.


Con el Te Deum se escucha el llanto de un niño. Balduino vuelve el rostro y distingue en la multitud a una mujer con su hijo en brazos. Es morena y pobre. Quizás judía o musulmana: el pelo negro cae sobre el rostro cobrizo y Balduino distingue una nariz afilada y un pómulo redondo sobre la mejilla hundida. La mano del niño es un puñito rojo, semejante a un capullo. La madre besa la pequeña mano de su hijo. No presta atención a la ceremonia, absorta en la cara del niño y lo mece hasta que éste deja de llorar.

Dagoberto sostiene la corona frente a los ojos de Balduino, pero éste mira de reojo a la mujer.

Ha comprendido a Godofredo. El verdadero rey de Jerusalén dejó su viva efigie en todo el mundo. Es ese niño frágil y pobre, envuelto en un harapo. El Sepulcro está vacío, es un montón de piedras.  Este que mira, el niño que tiembla de frío en los brazos de su madre, ese es el verdadero rey de Jerusalén.

Balduino ha visto al niño, la imagen de Cristo en todas partes: afuera de la iglesia en Reims, en los caminos de la Cruzada, en el desierto. Y lo ha visto muerto, semejante a un gorrión, en las pilas de cadáveres que los cruzados han amontonado bajo las murallas de las ciudades vencidas. El vértigo lo sacude.

Dagoberto, arzobispo de Pisa, le coloca la corona sobre la frente.


Belén, 25 de diciembre de 1100