Laberinto: Mi primera Navidad

Laberinto
Laberinto (Cortesía)

Ciudad de México

Mi padre era ateo, vanidoso y adicto a la apuesta. También al whisky y a los cigarros sin filtro, pero tales vicios en esta historia son irrelevantes.

Jugaba por igual en lujosos casinos, garitos de mala muerte o a la quiniela del futbol dominical, según las posibilidades económicas del momento. Ese año debieron de ser magras porque lo único que ganó, en la rifa de uno de los anónimos bares donde ahogaba sus pérdidas, en especial modo las del ánimo, fue un pavo.

Faltaban dos días para Navidad, evento que no recuerdo hubiésemos festejado antes, aunque puedo equivocarme, entonces tenía seis años y al hurgar en mi memoria solo hallo imágenes inconexas, de las que repasa uno con el psicoanalista para identificar los propios traumas. Nunca olvidaré ese momento, cuando al regreso de la escuela abrí la puerta del baño del departamento donde vivíamos y encontré al nuevo residente. Arrinconado entre la taza y el bidé, una cabecita cubierta de carnosidades rojas, que terminaban en una especie de moco colgado sobre el pico y que se movían bruscamente —como para darle oportunidad a uno de sus ojos que me divisara—, un guajolote de mi tamaño me veía bastante menos asustado que yo. Azoté la puerta y salí corriendo. Al preguntarle a mamá, me contestó un distraído “Es la cena de Navidad”, fiel a la creencia de que a los niños no hay que mentirles nunca. Fue así que me enteré que en lugar de un pavo acomodado en su cacerola desechable y listo para introducir al horno, al organizador de la rifa se le había ocurrido entregar uno vivo. Mi papá, asegún de lo que farfulló mi madre, no había hecho escándalo al respecto, porque estaba demasiado “alegre” —eso dijo— para poner peros. Se lo había llevado en la caja de cartón con hoyos donde lo habían metido, que acabó abriéndose cuando, ya en casa, mi progenitor se dispuso a desaguar el alcohol que había ingerido. Frente al encuentro con el ave, el alegre hombre no había hallado mejor solución que cerrar la puerta, con el rehén del otro lado, e irse a tirar a la cama.

A pesar de que la situación pudo haber degenerado en pleito, mi madre, que en esos tiempos aún soportaba las ocurrencias, y hasta las juergas de su marido, parecía en cambio estar animada frente a la perspectiva de convertirse en el verdugo del emplumado huésped. Puedo suponer ahora, años después de este memorable suceso y con un divorcio de por medio, que su entusiasmo se debía a unas veladas ganas de deshuesar a su pareja. Lo cierto es que aquello de romperle el cuello a un bicho no debió parecerle tan descabellado. En casa de sus padres, que vivían en el campo y practicaban a menudo los oficios sangrientos que le conciernen, era usual degollar un pollo a la semana para hacer caldo y a veces hasta un conejo, que la abuela marinaba con aceitunas negras y vino blanco. Una vez al año también abatían un cerdo, para hacer los embutidos que guardaban en el sótano, junto a las conservas y a las mermeladas. Esas faenas se realizaban fuera de casa y aunque algunas eran ruidosas, especialmente la del puerco, cuando los restos del animal llegaban a la mesa, poco quedaba de su semblanza y nada de nuestra compasión. Tan poco, que en mi corta edad y siendo más bien un niño citadino, aún no había realizado conscientemente qué era lo que comíamos.

Hasta ese día.

Gracias a la implacable determinación de la mujer que me dio vida, que incluso pidió mi ayuda con los preparativos de la cena navideña, me la pasé orinando en una bacinica, con tal de no tener que entrar al suelo ocupado. Durante toda la noche también pedí por la salvación de mi nuevo vecino a Santa Clos, cuya existencia le usurpé a mis compañeros de clase, ya que si bien mis padres la negaban rotundamente, un niño necesita de algún conducto que lo lleve a sus sueños.

Mis plegarias fueron escuchadas porque al día siguiente, fecha escogida para la matanza —o la revancha— nuestro guajolote había misteriosamente desaparecido, no sin antes cagotear de forma generosa el piso del baño. Lo que, por cierto, ocasionó el llanto de mi madre, cuyos verdaderos motivos de semejante alarde de tristeza nunca sabremos, aunque sospecho que nada tenían que ver ni con la cena perdida ni con las suciedades del fugado.

Por mi parte, desde entonces en Nochebuena no como pavo y le describo mis deseos a un simbólico Santa, con la esperanza de verlos cumplirse. No importa que hasta el momento el único Papá Noel que llegara a mi vida fuera un papá que, por regresar de madrugada en estado etílico y andar peinándose antes de visitar a su dormida esposa, dejó la puerta del baño, y de casa, abiertas.

Después de todo, y de algún modo, me concedió mi anhelo.