Laberinto: Los perros

Laberinto
Laberinto (Cortesía)

Ciudad de México

El camión tosió por última vez y se detuvo a mitad del camino. Después de la gran tos, una humareda negra le salió del motor y subió entre la lluvia hasta que se disolvió. O quizá fue disuelta por el agua que caía sin misericordia. En todo caso yo tuve la impresión de que en esa humareda negra se iba el alma del camión. Nos había dejado tirados en medio de la selva, entre Galatea y El naranjal, a una hora en que ya no era probable que pasara nadie. Oscurecía y el camino estaba desierto. Llovía de una forma despiadada.

Voy a bajar a revisar el motor, me dijo el caporal, agarrado con decisión al volante.

Vamos a esperar a que escampe —le dije— no podrás ver nada con este aguacero.

El caporal soltó el volante, puso las manos sobre sus muslos y en cuanto pensé que iba a decir algo de sustancia, o que iba a entregarse al arrebato de bajarse del camión y desafiar a la lluvia para llevarnos hasta El naranjal, dijo, sí, tiene usted razón, es mejor esperar a que escampe.

La vaca que llevábamos a El naranjal se movía inquieta, iba a la intemperie y probablemente le molestaba toda el agua que le caía encima. Yo la veía desde el otro lado del cristal, el agua le caía en la cara y le chorreaba por un lado del hocico, miraba hacia el frente con sus ojos enormes y vacíos, hacia la nada.

El pobre animal se está mojando, dijo el caporal al ver que yo miraba a la vaca y después se talló con fuerza el pantalón, a la altura de los muslos, con la palma de las manos.

¿Cuándo has visto que una vaca o un caballo se echen a correr, buscando resguardarse, cuando empieza a llover?, iba a decirle, pero no le dije nada, seguí viendo ese grueso chorro de agua que le escurría a la vaca por un lado del hocico. Estaba oscureciendo pero algo podía verse todavía, un tramo del camino y al final una curva que se perdía en la selva espesa. Pensé que si seguía lloviendo así el camino se pondría impracticable y que quizá si convenía echarle un ojo al motor, con todo y la lluvia, e intentar ponerlo en marcha para llegar a El naranjal a tiempo y poder regresar a la cena de Nochebuena que habría en la plantación. Con la lluvia haciendo un escándalo feroz contra la lámina del camión, mirando el final de la curva que se perdía en la espesura de la selva, le dije al caporal que aquello no pintaba nada bien y que quizá tendríamos que pasar a la acción, y no confiar en que la lluvia terminara porque está visto, dije, que aquí la lluvia puede no terminar nunca. Mientras le decía esto al caporal, pensaba que quizá tendríamos que pasar ahí la noche, no podíamos regresar andando a Galatea, ni seguir a pie hasta El naranjal tirando de la vaca. Estábamos más o menos a mitad del trayecto y hacía dos o tres años que a don Cándido, en ese mismo camino, los perros le habían comido un animal.

Como si me estuviera leyendo los pensamientos, el caporal me dijo, este camino es el de los perros, y volvió a frotarse las palmas contra el pantalón.

Ya lo sé, le dije, mirando todavía la curva donde desaparecía el camino, bajo la luz cada vez más débil del atardecer, una luz declinante y menguada por la lluvia torrencial que nos caía encima. No hacía falta decir que bajarse a tratar de echar a andar el motor empezaba a ser urgente, porque la vaca inmovilizada, atada a las redilas del camión, no podía pasar ahí la noche. No sin exponerla al peligro de los perros.

Voy a ver el motor antes de que sea noche cerrada, dijo el caporal y, después de subirse el cuello de la chamarra y sin esperar mi respuesta, abrió la puerta y brincó al camino que ya era un río de lodo que bajaba rumbo a la curva que se perdía en la maleza, un río que no había visto, ni calculado, hasta que vi hundirse en él las botas del caporal. Voltee otra vez hacia atrás para ver a la vaca, que seguía con la mirada fija y vacía, pero ahora del morro, que parecía una gamuza deslavada, le escurrían dos gruesos chorros de agua. Cogí la linterna, abrí la puerta y brinqué al arroyo lodoso que corría por el camino. Ya me había empapado completamente antes de llegar con el caporal, que tenía medio cuerpo metido en el motor del camión.

No tendría que haber bajado, señor, me dijo mientras miraba con agradecimiento el haz de la linterna que iluminaba los fierros del motor. Las manos del capataz palpaban las piezas con destreza, se notaba que era un hombre acostumbrado a batallar con máquinas, que estaba habituado a imponer su voluntad sobre los mecanismos, como hacía periódicamente con el molino de café que teníamos en la plantación, o con el tractor que reparaba cíclicamente con piezas que le quitaba a otros aparatos.

¿Ves algo?, le pregunté a gritos porque el escándalo que hacía la lluvia contra la lámina del camión era ensordecedor. Nada, gritó con la cabeza metida en el motor, en lo que batallaba con el cierre metálico de las bujías. La lluvia cesó, casi de golpe, en cuanto la noche cayó completamente. Ida el agua se nos vinieron encima los ruidos de la selva, el grito de los insectos, los aleteos y los desplazamientos de un animal mayor, quizá de toda una jauría. Me palpé la cintura para asegurarme de que traía el revólver y, sin perder de vista ni al caporal ni a la vaca, me puse a escudriñar la oscuridad.