Laberinto: La Soledad

laberinto
laberinto (Cortesía)

Ciudad de México

Giró el tambor del revólver. Lo peor le sucedía cerca de Navidad. Santísima con su empedrada calle solitaria, apenas las cinco de la mañana. Nadie. El frío le acompañaba. Se sintió extravagante, el traje de mariachi roto, la camisa llena de sangre, la cruda. Había perdido su sombrero. Trató de recordar pero solo quedaba esa laguna negra después de botella y media de mezcal barato. “El dinero”, buscó en los bolsillos, nada, solo dos pesos “ni para el boleto del metro”. Caminó, tenía que regresar a Garibaldi. A lo lejos las luces de Navidad resplandecían hiriéndolo. Las esquinas del barrio de La Merced no parecían estar en el mismo país que la esquina de Madero, adoquinada, limpia y de vitrinas. Capullos humanos envueltos en plástico para soportar el frío impedían su paso. ¿Cómo llegó aquí? Era niño, su madre lo regaló con su tío para que no muriera de hambre en Morelia, catorce hermanos, ninguna posibilidad. Dos días antes de Navidad hizo la maleta: una caja de cartón, un lazo de tendedero, un par de huaraches. Al principio todo era un juego, robar la comida de la cacerola de la tía, jugar en el parque cerca de Jesús María, acompañar al tío a la cantina, guardar las canicas en la bolsa. El tío era mariachi, le enseñó a tocar el violín junto con el viejo Arnulfo, un mariachi originario de Angangueo, no tenía una pierna, la había perdido en la mina, una noche helada el viejo murió mientras bebía en una de las piqueras de Garibaldi, ahí mismo lo velaron, por la tarde lo llevaron a la plaza y ahí muchos mariachis lo despidieron cantando “El palomino”. Pasó la infancia en una vecindad de la Primera Calle de La Soledad, el barrio siempre le pareció el mismo, el tiempo no pasaba por La Merced. Creció entre putas paradas en las esquinas, putas viejas y niñas sentadas en las loncherías, bares, tiendas de bicicletas, la puerta de la iglesia o dentro: en las bancas, amparadas por la mirada de Nuestra Señora de la Soledad, creció hurgando en los improvisados cuartos con cortina de tela de los estacionamientos del eje, fue ahí donde vio las primeras piernas de una mujer, desnudas, con moretones y rasguños, jamás lo olvidó. Las peleas de lenones y corredores de droga no eran extrañas, apostaba con sus amigos sobre quién ganaría, “El Diablo” o “El Guapo”. Cuando tenía seis años vendía dulces en el Salón Topacio, jamás volvió, un señor mayor lo quiso jalar al baño, la tía se lo había advertido “Cuidado con los viejos cochinos” pero nunca le advirtió sobre las viejas cochinas, así que el día que dos madrotas con la promesa de una bicicleta lo llevaron al hotel Nevada no pudo defenderse. Lo entregaron a un tipo viejo e inmundo, en ese hotel había muchos niños de su edad y otros más pequeños que aspiraban latas de metal. Con una navaja caliente marcaron su espalda, los castigos eran variados, desde dejarlo sin comer hasta quemarlo con cigarros. Lo que sucedió jamás lo olvidó, no se lo contó a nadie, estuvo ahí casi tres días, en un descuido de uno de esos viejos asiduos cuidados por militares que lo lastimaban: escapó, corrió tan fuerte como podían sus pequeñas piernas, jamás se detuvo. Cuando llegó a casa, recibió una golpiza, se negó a decir en dónde había estado esos días. No salió en una semana, tenía fiebre, los médicos informaron a la familia de su lamentable estado físico, lo negó todo. Entonces decidió regresar para ver a sus padres e iniciar una nueva vida con los cuatro mil pesos que llevaba en el bolsillo, regresó a los dos meses porque en Angangueo solo había hambre, los cuatro mil pesos no alcanzaron para cubrir la diálisis de su madre que murió de una infección en su propia cama. Encontró un pueblo destruido por la lluvia, nada quedaba de aquel paisaje hermoso que guardaba en su memoria. Sepultó a su madre, y a su padre también, cuando este le suplicó con una botella de aguardiente a la mitad “No te vayas, no seas ingrato, ¡ay dios mío!”, le dejó el dinero que le quedaba, no lo miró, tomó un camión a Zitácuaro. Ahí la conoció, era esbelta, bien formada, con ojos de cierva. Era limpia o eso creyó: por eso se enamoró de ella. La llevó a la casa de la tía, los corrieron a las dos semanas, alquilaron un cuarto cerca de Talavera, para pagarlo él tuvo que trabajar repartiendo droga en las piqueras, tocando en cuatro mariachis, ella tuvo que irse al “Carru” a venderse, un día llegaron los federales, la violaron, cerraron el callejón. “El nene”, su lenón, quiso llevársela a Sullivan, se negó, un día que salió a la tienda se la llevaron. El día que emborrachó a “El nene” por primera vez prometiéndole una morra más joven y dócil, se sintió más cerca de ella. Se recargó en una pared, no podía respirar, Correo Mayor estaba desierta, sacó el revólver, le parecía irreal. Avanzó hasta cruzar el Zócalo, caminó por el Eje Central a Garibaldi, entró en la piquera de Doña Anita, en la mesa todavía había sangre, no se resistió, dejó el revólver en la mesa, nadie le disparó. Aquellos matones, los perros de “El nene” entendían el amor, lo llevaron hasta una bodega le entregaron un ojo y los dedos de “Nieves”, uno todavía tenía el anillo que le había dado la primera noche que pasaron en aquel cuarto de la calle de Talavera.