Cuentos de Navidad: El regalo

Laberinto
Laberinto (Cortesía)

Ciudad de México

Me quedé sin trabajo dos semanas antes de Navidad. Era jefe de seguridad en una tienda de autoservicio. Ese día, Saucedo, el gerente, me sentó en su oficina. Habló en un tono mesurado. Usó palabras como “desempeño”, “objetivos” y “reestructura”. Me mostró unas gráficas con las estadísticas de robo de los últimos meses. Al final, como si citara de memoria un Manual para Despidos, me dijo:

—Nada de esto es personal.

Sentí un odio brutal, instantáneo. Me mostré tranquilo. Le dije que lo entendía. Mientras estrechaba su mano, pensé: “Me las vas a pagar hijo de puta”.

***

A Saucedo se le murió un hijo de cinco años. Tenía cáncer. Saucedo lo llevó un par de ocasiones a la tienda. Las cajeras se le acercaban. Lo saludaban con falsas sonrisas y le acariciaban la cabeza rapada, envuelta en un paliacate.

Cuando el niño murió, Saucedo se mostró estoico. Regresó al trabajo a los tres días. Con el tiempo, dejó de hablar del tema.

Una noche, con la tienda cerrada y los empleados —salvo las cajeras— saliendo por la puerta de atrás, me lo encontré en el departamento de “Ropa del Hogar”. Parecía conmovido por una playera de niño que ahí colgaba, pero cuando me vio, se pasó el dorso de la mano por las mejillas y me dijo: “Voy a despejar este lugar para que las cámaras tengan mejor visibilidad, ¿cómo ves?”. Alcé los hombros. “Estaría bien”, respondí. Seguí recorriendo los pasillos y él se quedó ahí, caminando en círculos alrededor de las prendas, como si estuviera hipnotizado.

***

Pasé las siguientes dos semanas buscando trabajo en los anuncios del periódico. Hablaba desde un teléfono de monedas. Me decían: preséntese mañana en tal dirección. Al otro día, me levantaba tarde y no salía de mi casa.

Por muy desesperado que estaba, por muy soleado que estuviera el día, por muy convencido que estaba de que había otro trabajo a la vuelta de la esquina, había algo en esa situación, en las palabras de Saucedo, en el sabor metálico de mi lengua al levantarme, qué sé yo, alguna cosa indefinida que me hacía sentir enfermo: enfermo de odio. Tenía que extirparlo como un tumor maligno. Y así lo hice.

***

Vivo en la ladera de un cerro en la que brotan casas de cemento como granos en la piel. Nadie depende de mí, salvo un perro callejero que prefiere los desperdicios a las croquetas. Y tengo un solo amigo: Julio, a quien conozco desde que éramos niños. Ahora él tiene un taller mecánico y una familia numerosa. Una vez al mes nos sentamos frente a una mesa repleta de alcohol y hablamos de cosas sin sentido hasta que uno de los dos mira el reloj, y dice: “Es tarde”. El 24 de diciembre fui a su taller y le pedí que me prestara un coche, cualquiera. Me pidió explicaciones: no se las di. Le prometí que si todo salía bien regresaría y brindaría con él. Se resignó: me aventó las llaves de un vocho color rojo, recién pintado, y salí echando humo.

***

Fui a la tienda. Entré arrastrando un carrito. Lo llené con artículos que seleccioné al azar. Me fui al departamento de “Ropa del Hogar”. Agarré una playera. Busqué uno de los puntos ciegos de la cámara, volteé de un lado a otro, y me metí la prenda por debajo del pantalón.

Al llegar a la caja, saqué casi todos los artículos y los dejé botados aquí y allá. Me quedé con una caja para regalos, un pliego de papel crepé, color rojo, y un moño. La cajera me reconoció. Nos saludamos. Pagué en efectivo. Caminé al ritmo de la gente que se dirigía a la salida. Por fortuna no me crucé con Saucedo. Salí de la tienda. Sonó la alarma. El vigilante detuvo a una familia y les pidió su ticket de compra.

***

Me quedé dos horas en el estacionamiento de la tienda, con el motor apagado. En mis piernas descansaba la caja para regalos, cruzada por un moño. En eso estaba cuando, de pronto, vi que Saucedo se dirigía a su auto. Metí la cabeza debajo de la guantera. Escuché un motor que arrancaba. Esperé unos minutos y empecé a seguirlo. En el camino estuve a punto de perderlo por una camioneta que se metió en mi carril. Después de zigzaguear por avenidas semivacías, Saucedo, al fin, dio vuelta en una calle que tenía un camellón con largas palmeras.

Estábamos una colonia clasemediera al norte de la ciudad. Saucedo estacionó su coche en una casa color verde olivo. Me detuve unos metros atrás. Me bajé del vocho y caminé hacía su casa: las luces navideñas caían como cascada de las ventanas y un gorro de Santa Claus adornaba la puerta.

Lo vi entrar. Lo vi reclinarse para abrazar a dos niñas pequeñas y, después, darle un beso en la mejilla a una anciana. Cerró la puerta. Apresuré el paso.

Toqué la puerta. A través del vidrio biselado vi cómo la silueta de Saucedo volvía sobre sus pasos. Abrió. Me miró sorprendido.

Soltó una risa nerviosa, y dijo:

––¡¿Qué pasó?! ¿Qué haces aquí?

Me llegó el olor de un pino cortado de tajo y de un pavo cocinado al horno. Las risas de las niñas y el tintineo de los vasos se mezclaban con los villancicos que brotaban de las bocinas de un estéreo.

––Solo pasaba a desearte una feliz navidad ––le dije mientras le extendía el regalo.

Pensé que me diría: “Pero… ¿Quién te dio mi dirección?” Y que cerraría la puerta en mis narices. Pero no lo hizo.

––Ábrelo, pues ––le dije, ansioso. Apreté los labios. Fruncí el ceño.

Saucedo abrió la caja, metió la mano y sacó una playera. Puso la caja entre sus piernas. El papel crepé ondeó en el aire como una bandera en llamas antes de caer al piso.

Saucedo desdobló una playera para un niño de 5 años, que tenía estampada una cara sonriente, y la miró como si fuera un objeto de otro mundo. Palideció: tenía una expresión de dolor en el rostro.

Una mujer se acercó a la puerta. Asomó la cara sobre el hombro de Saucedo. Miró la playera como si viera un molusco vivo, resbaloso, que se agitaba con violencia. Era la esposa de Saucedo.

A Saucedo le temblaban las manos. De pronto, su mirada se tornó vidriosa y me dijo, entre dientes:

––¿Por qué haces esto?

No le respondí. Lo miré fijamente: sentí que algo se inflamaba dentro de mí.

Luego sentí el primer puñetazo.