Poesía para el escenario

La puerta estrecha.
John Hurt en "La última cinta de Krapp", marzo de 2013.
John Hurt en "La última cinta de Krapp", marzo de 2013. ( Gate Theatre de Dublín)

Ciudad de México

 “El arte es la expresión de una necesidad”, pensó hace más de tres horas. La idea le da vueltas y vueltas. Son los años cuarenta, casi los cincuenta, en una tarde lluviosa. Samuel se detiene. No importa que la lluvia le haga cosquillas en el rostro o que un resfriado se apodere de sus pulmones. Tan solo unos cuarenta y tantos encima. Más que demostrar los años —las arrugas son protuberantes—, su entrecejo está fruncido como el de la imagen de un viejo que vemos pensando en la banca del parque. Samuel pasea intranquilo —la lluvia arrecia, la noche cae— por un muelle en Dublín.

Saca una libreta de su faltriquera derecha. Una libreta donde las enseñanzas de Dante, Descartes, Jung, Hölderlin, Fontane y Joyce han sido resumidas, escritas, reescritas y transformadas en personajes. La libreta tiene manchas por doquier, y quizá no importe la lluvia, quizá no importa nada ya cuando ni una moneda le ha quedado, o quizá importe todo. “Tal vez mi mejor fuente de inspiración será la oscuridad a la que tanto temo”, piensa, mientras suena la radio de un local donde Samuel se detiene. Por el hueco sonido radiofónico resalta la voz de Patrick Magee, un afamado actor irlandés. Samuel espera a que la intervención termine; es el tono de voz perfecto para ese aparato.

Relee el último escrito: “El hombre es por definición una criatura desposeída, condenada a perseguir eternamente una meta en continua recesión. De esta necesidad de conocer de una vez por todas, y de la imposibilidad de hacerlo, surge la obra de arte que no es sino una oscilación angustiosa entre alternativas penosamente inadecuadas”. Y arriba, después de describir su paseo por el muelle de Dublín, anota en cuatro líneas: “The Magee Monologue”. Abajo: “Ahora el día termina,/ la noche desenvaina su alta noche,/ sombras […] del crepúsculo/ cruzan furtivamente por el cielo”.

El señor Barclay Beckett había tenido una especie de epifanía. The Magee Monologue había sido el primer nombre de lo que ahora conocemos como La última cinta de Krapp, obra en la que el momento del muelle, la oscuridad y su confrontación está plasmado en sus escasas páginas.

Fechada en 1956, La última cinta de Krapp es una pieza importante para el trabajo que después realizaría, ya que el recurso de la voz a través de un reproductor de sonido será frecuente. Además, con esta obra comienza un trabajo en el que “la poética de la luz y la oscuridad escénica” se vuelven más que un recurso: un motivo para sus personajes y una ambientación para sus historias. Imagine que el personaje principal es el que ve usted en escena pero 30 años antes. Aquel que escuchamos.

Krapp, redescubriéndose viejo, cansado, cambiado, goza de reproducir las cintas que grabó, las goza con un gesto de añoranza. Quizás es la única manera en que este personaje pueda sobrevivir.

La última cinta de Krapp es, sin lugar a dudas, una obra del absurdo en la cual Beckett imprime poesía para el escenario.

La puerta estrecha se ha cerrado.