Un mal trago

La puerta estrecha.
Tennessee Williams.
Tennessee Williams. (Especial)

Ciudad de México

“El precio de la fama es demasiado alto”, confesaba Tennessee Williams mientras la crítica estadunidense escribía su obituario. El precio de la vida, del teatro, de la literatura, del desamor y de las ilusiones derrumbadas es aún más alto, pensaba tras conseguir un título de escuela a la edad de 27 años y tras perder a su primer gran amor a los 28 en tanto que su proyecto literario sufrió el rechazo por carecer de contenido social. Con el dolor a cuestas por el continuo fracaso, y su vida rodeada de los oscuros personajes de Nueva Orleans, Williams sostenía su orgullo a base de una esperanza: poder explicar, dar cuenta de su mundo.

Corrían los años treinta y una vecina de la casa de huéspedes en que habitaba le echaba agua hirviendo por las grietas de la pared con la idea de matarlo. Tennessee se había ganado el odio del barrio francés de Nueva Orleans.

Escapó escondido en un entramado de sábanas para toparse en la carretera con un músico itinerante, que resultó ser dueño de una gran hacienda al sur de California. Esa hacienda era un rancho miserable.

Un compañero de trabajo en el rancho le dijo a Tennessee: “Si te quedas, en una esquina de esta bahía, las palomas volarán sobre la mierda y sobre ti una recompensa”. Ahí recibió sus primeros cien dólares por American Blues, con ellos viajó a México donde fue asaltado y violado en una cantina. Fue en 1939 cuando la beca Rockefeller llegó a sus manos. “Los ricos tienen una conmovedora fe en la eficacia de las pequeñas sumas de dinero”, decía con una sonrisa en la boca y dolor en el estómago. La década de los cuarenta dio a conocer al escritor corrosivo, elocuente, que confrontó sus fantasías con los horrores de su vida: la homosexualidad, la promiscuidad, la frustración sexual, el alcoholismo, la impotencia, el fetichismo, la pedofilia, el canibalismo. Estos años despertaba el gran dramaturgo norteamericano. La década de los cuarenta vio nacer al autor de Un tranvía llamado deseo. La década de los cuarenta vio nacer también al cuentista, género por el que también vomitaba la maldad, la nostalgia y sus ilusiones. En 1959 se publicó el volumen de cuentos Hard Candy, nueve historias cuya envoltura de dulce nos lleva a la amargura, escritos entre 1941 y 1953, cuando Williams cargaba ya en su espalda el Premio Pulitzer.

Hard Candy habla de un escritor frustrado y alcohólico que se la vive tomando whiskies dobles; consagrado, más por necesidad que por gusto, a una vida sibarítica. Nos cuenta también sobre Kamrowski y Amada, una mexicana a su medida que tuvo la suerte de encontrar, y que apoya al escritor de aparente impotencia mental.

Sarcásticos, duros, biográficos, con una narrativa vertiginosa, los cuentos y la dramaturgia de Tennessee tienen un ligamento a su infancia, a su homosexualidad y a la nostalgia.

La vida de Williams (1911–1983) tuvo recompensas, pero también fue un mal trago.

La puerta estrecha se ha cerrado.