'La muerte de un viajante': el drama de Arthur Miller

La obra del dramaturgo estadunidense sigue siendo objeto de análisis.
Un autor fundamental del siglo XX que revolucionó el arte teatral.
Un autor fundamental del siglo XX que revolucionó el arte teatral. (Especial)

México

Quizás ningún dramaturgo captó la esencia y fracaso del sueño americano, como Arthur Miller. Su teatro fue y sigue siendo el mayor referente social —y en buena medida psicológico— de las grandes expectativas y promesas incumplidas de la sociedad de consumo.

El celebrado escritor, perseguido por el macartismo en los años cincuenta y esposo por algún tiempo de Marilyn Monroe, habría cumplido 100 años en 1915. Ese será, pues, un año en el que el mundo del teatro lo evocará como la gran figura que es; y en anticipo de ello, publicamos el siguiente comentario crítico que explora el drama e infelicidad de un personaje que soñó con vender todo a un precio que su soledad nunca pudo pagar.

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Vender es vender, no importa qué ni cómo. Al que tiene de oficio vendedor, le es lo mismo si vende tuercas, Biblias, viajes, casas, sueños, esperanzas, salud o ataúdes. La lógica de la venta iguala toda relación de necesidad. Si algo se necesita se puede vender; si no se necesita, se puede vender la necesidad. El drama de Arthur Miller La muerte de un viajante (Death of a Salesman) revela las relaciones íntimas de una familia de clase media estadunidense de los años cuarenta, posteriores a la guerra mundial.

En un montaje novedoso de técnicas dramáticas, el autor consigue entregar una obra dinámica y conmovedora donde lucha una descolorida hipocresía decadente con la cruda condición de un vendedor (es significativo que nunca se diga qué cosa se vende) que lo ha perdido todo menos el sentido de la "irrealidad". Will, padre de familia, vive en trenes y carreteras, mientras su esposa Linda y un par de hijos fracasados luchan por una vida impuesta por los ideales de la sociedad de consumo.

El drama trata de los últimos días en la vida de Will, en una delirante confusión de recuerdos, anhelos y fantasías que en su torbellino parecen arrastrar a toda la familia. El punto climático estalla cuando el hijo mayor, Biff, confiesa ante su familia que ha mentido, que estuvo en la cárcel y que no es más que un pobre diablo que no logró nada en la vida, al igual que su padre, a quien, además, habían corrido ese mismo día tras 35 años y millones de kilómetros de afanosos viajes. Este arrebato de autoconciencia cataliza el desenlace, Will se monta en su Studebaker y se pierde para siempre, tragado por la angustia y la noche. En el funeral, Linda reconoce que no puede llorar: me parece que sólo está en otro viaje, dice, asombrada de su propia falta de compasión.

El mito del progreso y el fetiche de la predestinación laten en las venas de toda esta familia, fundiendo en un todo mimético de contradicciones y deseos frustrados la quebrantada esperanza de un ido american way of life. Las tradicionales relaciones familiares, antes fundadas en una comunión de esperanzas espirituales y afectivas, se cargan ahora con el peso del comercio con su demoledora lógica de depredación y competencia: escondidamente todos son enemigos, todos son escándalo de su propia familia, pero, parafraseando a Octavio Paz, son hombres y duran poco, al final, la vida se impone, los años pasan y la gente muere, dejando tras de sí una estela de reproches. Linda se pregunta: No puedo comprenderlo. En estos momentos, especialmente. Por primera vez en treinta y cinco años, estábamos con todo pagado, sin obligaciones. Sólo necesitaba un modesto sueldo... No puedo comprenderlo. Este me parece el verdadero hueso del drama que, justamente, son incapaces de comprender por qué, si no hicieron más que seguir el fallido libro del sueño, no fueron felices. Un tío desvela la cruda verdad: Willy era un viajante. Y, para un viajante, no hay tierra firme en la vida... Es un hombre en el aire, cabalgando en una sonrisa y el brillo de sus zapatos. Y cuando no le devuelven la sonrisa, se produce un terremoto. Y cuando aparecen un par de manchas en el sombrero, está acabado...

En un mundo de fingimientos y falsificaciones, la atmósfera familiar que La muerte de un viajante nos retrata: no es más que el trasunto doméstico de la economía demoledora de una sociedad violenta y egoísta en la que sus miembros terminan por ser rebajados a la condición de mercaderías, que solo valen por su poder de circulación y atracción de riquezas.