Thomas Merton

Escolios.
Escolios
(Especial)

Ciudad de México

Son los años de resaca y contrición de la posguerra, en 1948 un monje publica una autobiografía donde narra su conversión. Paradójicamente, ese libro, La montaña de los siete círculos, se convierte en bestsellermundial y el aspirante a eremita deviene personaje abrumado por la fama. La trayectoria y la obra del centenario poeta y religioso Thomas Merton (31 de enero de 1915-10 de diciembre de 1968) constituyen un paradigma de las oscilaciones y avideces espirituales de un siglo. Nacido en Francia, de padres artistas, la vida de Merton está marcada por diversas pruebas: siendo niño pierde a su madre y, apenas entrando a la adolescencia, al padre. Trashumante entre familias y escuelas, el joven huérfano comienza la búsqueda de sí mismo, estudia en Cambridge y Columbia, conoce la ebriedad y la disipación, se entusiasma temporalmente por el comunismo y descubre, por diversas vías, su vocación religiosa: por la vía estética de Blake o Manley Hopkins, por la vía filosófica de la escolástica y, sobre todo, por las miserias y las revelaciones humildes de lo cotidiano. Tras un primer intento fallido de volverse sacerdote, entra al convento de Getsemaní y es ahí donde lo alcanza su inesperada celebridad. En sus conocidas memorias, Merton, con un logrado tono de autenticidad y espontaneidad, evoca sus andanzas y tribulaciones y sus pequeñas epifanías. Uno puede advertir en esas páginas que el autor, ansioso, enamoradizo y contradictorio, es un alma turbulenta que encuentra muchas de sus mayores revelaciones en sus tormentas interiores. 

Merton es un modelo de la apertura y el eclecticismo de los sesenta: combina la vida monacal con la vida activa, publica numerosos libros, es ecologista y un tanto anarquista, simpatiza con los hippies, sugiere la reforma católica, busca impulsar el diálogo interreligioso (con el budismo, el Islam, las religiones indígenas), establece audaces analogías entre la religión, la meditación y el arte, apoya el pacifismo, se entusiasma con Fromm y Marcuse y no duda en expresar posiciones políticas controvertidas o en hacer públicos sus dilemas más íntimos (en 1966, después de casi tres décadas de parcial reclusión, se enamora de una enfermera, pero decide seguir la voz de su misión). Su fama le brinda más flexibilidad, es un asceta viajero y sociable: el 10 de diciembre de 1968, Merton se encuentra en Tailandia, pronuncia una conferencia por la mañana y la  sesión de preguntas y respuestas se programa para la tarde. Bromea con sus interlocutores, “ahora desaparezco”, y los conmina a beber una Coca–Cola. Va a su habitación, toma una ducha, descalzo y mojado enciende el ventilador y muere electrocutado. No sé si la obra de Merton pudiera replicar el entusiasmo que generó en la llamada era de Acuario, pero atesora poemas extraordinarios y, sobre todo, muestra las tensas y ejemplares relaciones de un hombre acusadamente espiritual con el material inflamable de la carne y de la historia.