La danza macabra /I

Este fin de semana los cinéfilos capitalinos tenemos un premio: la Cineteca Nacional proyecta en pantalla grande la primera obra maestra de Federico Fellini: 'La dolce vita'.
La ironía se deja sentir como avalancha.
La ironía se deja sentir como avalancha. (Especial)

Este fin de semana los cinéfilos capitalinos tenemos un premio: la Cineteca Nacional proyecta en pantalla grande la primera obra maestra de Federico Fellini: La dolce vita.

Roma, como cualquier ciudad, tiene la necesidad de ver entrar a Jesucristo volando con los brazos abiertos, con la idea de santificar a "buenos" y "malos", porque el comportamiento de la sociedad resulta una danza macabra que recuerda la fragilidad de la existencia y donde la posibilidad de la muerte repentina está latente.

Marcelo, un titán del periodismo que siempre anda detrás de la noticia y colabora con los paparazzi, trata de dar consejos a Madalena —una mujer que es conocida por ser la hija de un gran magnate—, quien tiene serios problemas existenciales: ya no quiere ver a nadie y, aunque tiene mucho dinero, no sabe en qué gastarlo, e incluso ya ha pensado en comprar una isla para intentar ocultarse. Pero sabe que después nunca iría, mientras Marcelo explica que la isla no es necesaria, pues "Roma, es una selva tibia y tranquila, donde uno puede esconderse".

Aquí está el planteamiento del conflicto, porque se vive en un mundo ostensiblemente frívolo, lo que da como resultado el miedo a la soledad. Es el vórtice del torbellino, y empieza la danza macabra.

La ironía de Fellini se deja sentir como avalancha: los protagonistas se encuentran a una prostituta que Madalena decide
llevar a su casa, pero no por compasión sino por hartazgo. Cuando llegan a los suburbios, Madalena pide que les invite un café, y la prostituta acepta; pero cuando descubren que su cuchitril está inundado y hay pedazos de madera para cruzar de la cocina a la habitación, Marcelo y Madalena se emocionan porque saben que eso es algo nuevo, distinto, y hacen el amor quedándose dormidos hasta el día siguiente.

Los acontecimientos están contados con realismo, pero en la narrativa están las representaciones de una fantasía: es decir, de un sueño que siempre tiende a la comedia o a la burla inusitada. Por eso, cuando llega Sylvia Rank, la famosa actriz estadunidense y sale del avión, los paparazzi la convencen para que vuelva a salir, sea más fotografiada y así repetir la emoción.

Fellini se regodea en la contemplación de una mujer hermosa que parece desbordarse de su atuendo para después mofarse de ella, pues cuando, con expectación, pide a Marcelo le diga dónde está el Campanario de Giotto, él contesta que no está en Roma, sino en Florencia.

Continuaremos la próxima semana con esta magistral danza macabra y un strip tease al ritmo de "Patricia".

La dolce vita (Italia, 1960), dirigida por Federico Fellini, con Marcello Mastroianni y Anita Ekberg.