La bohemia

La vida bohemia que imperaba a fines del siglo pasado era un fuerte imán para pintores y poetas que se hundían en el delirio. 
Bohemia
(Cortesía)

Ciudad de México

Varios fueron los artistas que encontraron en el París de fines de siglo un tema para su obra. La vida bohemia que imperaba a fines del siglo pasado era un fuerte imán para pintores y poetas que se hundían en el delirio. Kes van Dongen, Max Jacob, Pablo Picasso, Maurice de Vlaminck, Amedeo Modigliani, Jean Metzinger y Auguste Renoir, hablaron pictóricamente de Montmartre en un momento u otro de su obra. Sin embargo, el primero que hizo de este barrio un emblema de la Belle Époque fue el suizo Théophile Steilen. Habitante de la Colina, hizo del cabaret Chat Noir su segunda morada y de su dueño, Rodolphe Salis, uno de sus amigos. El afiche que realizó para el cabaret más popular de la época es hoy un clásico: Tournée du Chat Noir.

La vida bohemia de ese entonces tenía a Montmartre como epicentro. En este sentido, nadie dejó más estampas de jovial desenfreno que Henri de Toulouse–Lautrec, un joven aristócrata de provincia. Acuciado de una rara enfermedad —la picnodisostosis— por la cual no sobrepasó el 1.52 metro de estatura y que le dio una complexión deforme, Toulouse–Lautrec complementaba el ambiente decadente en el que se movía. En 1894 se instaló en la casa contigua a su taller, en la rue de Coulaincourt, al pie de la Colina de Montmartre, donde a lo largo de los bulevares de Clichy y de Rochechouart florecían los cabarets y los cafés.

Aristide Brouant, célebre cantante popular, abrió en 1895 el cabaret Le Mirliton justo donde se hallaba el primer Chat Noir. Los dependientes, los obreros, las mujeres de la vida alegre, los poetas y los pintores acudían a bailar al Moulin de la Galette, competencia del Moulin Rouge, que frecuentaban bailarinas, prostitutas y la crema y nata de la burguesía que fascinaba al proletariado con el que se codeaba para admirar a la cuadrilla de vedettes como Louise Weber —la reina de Montmartre— o Nini Pattes–en–l’Air, la inventora del can–can. Cabarets como el Jardin de Paris, el Divan Japonais o el Elysée Montmartre fueron los sitios que inspiraron a Toulouse–Lautrec.

De los ruidos, colores, humores desbordados y gozos populares de estos espectáculos, el joven Toulouse–Lautrec obtuvo la materia prima con la que inmortalizará una época. Dotado de una gran capacidad de observación, captó cada detalle de un mundo refractario a la realidad cotidiana. Varias de sus pinturas colgaban en los pasillos del Mirliton donde recibían títulos de las canciones de la época, como el retrato de Suzanne Valadon desnuda: Labebedora o La cruda.

Como otros de sus contemporáneos, Toulouse–Lautrec no fue ajeno al interés que suscitaron las maison closes, recintos destinados al libertinaje. Entre 1891 y 1895 ejecutó varias pinturas sobre el tema. Si bien la mayoría de los pintores mostraron a estos sitios como símbolos del placer y el vicio y representaron a las prostitutas con aire vulgar y concupiscente, Toulouse–Lautrec se desmarcó de esta tendencia para realizar cuadros sin juicios moralizantes. Minimizó el aspecto erótico de esta sociedad marginal, y se abocó a referir los momentos íntimos en la jornada de las mujeres plasmando la espera, la visita del médico, el descanso, la vida doméstica….

Toulouse–Lautrec era considerado el alma de Montmartre debido a que reflejó la vida del barrio. Una de sus modelos recurrentes fue la cantante Yvette Guilbert, estrella del Divan Japonais, a quién pinto en varias ocasiones y cuya silueta definida por sus largos guantes negros es un emblema de la pintura postimpresionista.

El tren disoluto de la bohemia sumió a Toulouse–Lautrec en el alcoholismo, al que se añadió la sífilis. El más connotado pintor de Montmartre murió a los 37 años y dejó una considerable producción.