La Belle Époque, señas mínimas de identidad

La Belle Époque cubre un espectro muy amplio de fenómenos que podemos enmarcar en el cambio de siglo XIX al XX, que van a definir la modernidad europea en sus diversas variantes.
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(Cortesía)

Ciudad de México

A diferencia de otras nociones que definen una corriente o vanguardia estética y que normalmente se le asocian, como Sezession (en Viena), Jugendstil (en Alemania), L’Art Nouveau (en París y Bruselas) y, en cierta medida, The Yellow Period (en Londres), el concepto de Belle Époque es, fundamentalmente, un concepto social. Siguiendo el lúcido examen que hizo el crítico literario y cultural praguense Willy Haas, podemos afirmar que la Belle Époque fue un periodo bastante corto, incluso más breve que el Barroco. Aunque no hay una datación unívoca ni consensada, las fechas fundacional y terminal de la BelleÉpoque han sido establecidas entre 1880 y 1914; vale decir, entre los atentados nihilistas a los zares y la muerte de Gustave Flaubert y el comienzo de la Primera Guerra Mundial y la aparición del jazz en los escenarios musicales y dancísticos de Estados Unidos.

La Belle Époque cubre, por tanto, un espectro muy amplio de fenómenos que podemos enmarcar en el cambio de siglo XIX al XX, que van a definir la modernidad europea en sus diversas variantes, incluidas las corrientes estéticas ya mencionadas en el párrafo anterior.

Además de ser un concepto que describe más una actitud social de apertura a lo novedoso, de hambre de modernidad y de innovación y ruptura, al decir Belle Époque también se designa una actitud de distanciamiento del pasado y de una permanente búsqueda por alcanzar ciertas fantasías de futuro. A la Belle Époque pertenecen lo mismo el ánimo emancipatorio de las feministas, movimiento que permite una ruptura con la sociedad patriarcal típicamente victoriana y la aparición de un nuevo erotismo, que el irracionalismo en sus diversas manifestaciones, incluido el dadaísmo y el expresionismo en las artes plásticas.

El simbolismo es una de las corrientes estéticas más identificadas con la Belle Époque y que, al menos en artes plásticas y literatura, llegará a México a través de la obra de artistas plásticos como Julio Ruelas, Germán Gedovius, Jesús F. Contreras, Alberto Fuster, Francisco Romano Guillemín y aun Saturnino Herrán; y de los escritos de los autores reunidos en torno a la célebre Revista Moderna, como Jesús Urueta, Jesús E. Valenzuela, Emilio Valenzuela y Amado Nervo. Gracias a estos grandes artistas e intelectuales, la Belle Époque obtuvo su carta de naturalización en México.

Resulta muy complicado, casi imposible, establecer una nómina de las figuras y los escenarios principales de la Belle Époque, pero no puedo dejar de apuntar a París y a Charles Baudelaire, Charles Péguy, Alfred Jarry, Stéphane Mallarmé, Robert de Montesquiou; Diaghilev y Nijinski; Sarah Bernhardt y Eleonora Duse; el Chat Noir y el así llamado teatro de boulevard; Claude Debussy y Maurice Maeterlinck; Jacques Offenbach y el cabaret; la Bella Otero y Cléo de Mérode, así como Toulouse–Lautrec, Auguste Renoir y Aubrey Beardsley.

Las figuras de la Belle Époque en el ámbito de lengua alemana son muy numerosas y su acción se extendió por muchos países, más allá de las fronteras de sus propias naciones. Me quedo con el gran pintor simbolista suizo Arnold Böcklin; con el círculo de poetas en torno a Stefan George; con los artistas plásticos que pertenecieron o pasaron por Der blaue Reiter, en especial con Franz Marc, Paul Klee y el último Kandinsky. Me quedo, pésele a quien le pese, con Gustav Klimt y la Sezession; con los escritores de La joven Viena, en especial con Arthur Schnitzler y Hugo von Hofmannsthal, aunque cada vez me gusta más Leopold von Andrian, el hoy casi olvidado autor de ese intenso poema en prosa titulado “El jardín del conocimiento”. Y me quedo con algunos de los expresionistas más singulares, más excéntricos y visionarios, como el escritor y pintor praguense de lengua alemana Alfred Kubin, autor de una novela inclasificable, El otro lado, quien avistó algunos de los abismos más estremecedores del alma humana.