Una entrevista con Scherer

El Santo Oficio.
Julio Scherer.
Julio Scherer. (Cuartoscuro)

Ciudad de México

El cartujo no conoció personalmente a Julio Scherer, la mayor leyenda del periodismo mexicano contemporáneo. Pero leyó sus libros, los primeros con fascinación y los últimos con fatiga y cierto desencanto, sobre todo por su ambigua relación con el poder. Nadie duda de sus grandes, enormes virtudes periodísticas, menos aún de su honradez, aunque disfrutaba la cercanía y las atenciones de poderosos, a quienes no dudaba en poner en evidencia cuando era necesario. En Los periodistas, Vicente Leñero habla de un coctel para los colaboradores de Excélsior, el 27 de diciembre de 1975 en uno de los salones del restaurante Ambassadeurs, donde Scherer les contó a varios de ellos de la invitación del gobernador de Guanajuato, Luis H. Ducoing, para pasar las fiestas decembrinas en su finca. Allí estuvieron Scherer y su familia, “solos, tranquilos, atendidos por un ejército de sirvientes”, apunta Leñero.

“Fue una invitacionzaza —les dijo Scherer—. Estábamos como príncipes. Pero lo mejor fue que llegando, la primera noche, descubrimos en cada una de las camas una cobija así de gruesa, preciosa, en la que habían bordado, en todas las cobijas de todas las camas habían bordado con letras doradas una inscripción: Julio Scherer. Qué cosa, ¿verdad?”.

Episodios parecidos relata el propio Scherer en sus libros de memorias.

“Como todos los seres humanos fue un personaje contradictorio”, afirma Carlos Marín. Tiene razón y eso no le quita nada a la grandeza de Scherer. Como periodista, puso por encima de todo —incluso de la amistad— su trabajo. Sin embargo, apelando a la amistad de Gabriel García Márquez impidió la publicación de una entrevista concedida a Héctor de Mauleón en marzo de 2002 para la revista Cambio, dirigida por el Nobel colombiano. Platicaron por la tarde y en la noche, arrepentido, Scherer llamó a García Márquez y le rogó no publicarla. “Te lo pido como amigos, Gabriel”, le dijo.

La entrevista fue desechada, es una lástima y provoca una pregunta: ¿Cuál habría sido la respuesta de Scherer si García Márquez, en nombre de la amistad, le hubiera solicitado prescindir de un material tan relevante, digamos histórico?

Algo se ha salvado del naufragio y en su columna del pasado jueves en El Universal, De Mauleón relata pormenores de su encuentro con Scherer, con García Márquez como silencioso testigo. “Era un seductor —dice el autor de El tiempo repentino—, en unos cuantos minutos te hacía sentir su amigo, su cómplice, su hermano”.

Le habló de sus inicios en el periodismo, de sus relaciones con Echeverría y Díaz Ordaz, de sus convicciones, de sus ideas. Entre tantas otras cosas, le dijo: “La razón suprema del periodismo es el descubrimiento de la lógica interna de los hechos. Las ‘fuentes cercanas’ no existen. No existen los trascendidos. Solo existen los hechos. El trabajo de un periodista es encontrarlos”. Una lección para viejas y nuevas generaciones.

Queridos cinco lectores, con una lágrima cayendo al vacío, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.