"Soy un socialdemócrata del alcohol": Julio Patán

El escritor y colaborador de MILENIO habla en entrevista sobre su biblio-filmografía etílica: 'Cocteles con historia. Guía definitiva para el borracho ilustrado'.
El escritor y periodista Julio Patán.
El escritor y periodista Julio Patán. (Especial)

México

“Las bebidas cuentan historias”, dice Julio Patán. Y eso es precisamente lo que hace el escritor y colaborador de MILENIO en su “biblio-filmografía etílica”: Cocteles con historia. Guía definitiva para el borracho ilustrado (Planeta, 2014).

En el proceso de su realización, Patán se convirtió en un “cazador de tragos”. Volvió a sus viejos libros, películas y series para descubrir qué bebían los personajes y sus autores, y contarlo por escrito en un libro donde se mezclan el alcohol y la cultura. Y que se lee como se disfruta una buena conversación con un trago.

¿Los cócteles son para personas que no saben beber?

Los cócteles son de buenos y malos bebedores. Ese prejuicio hay que borrarlo. Hay cócteles repugnantes, eso sí, pero hay bebidas que exigen la mezcla. Un ron Abuelo te lo tomas casi como si fuera un coñac, pero el ron en general nació para ser mezclado, como la ginebra.

¿Con qué borrachos ilustrados de la historia querrías tomarte algo?

Me hubiera encantado tomarme unos tragos con Frank Sinatra, que era un borracho ilustrado, divertido y sobre todo contenido. Imagínate las historias que te podría contar. Del ámbito literario quizá Raymond Chandler, porque creo que es de esos grandes escritores a los que se les toma menos en serio como figuras literarias, y que por lo mismo son más divertidos que los escritores del mainstream.

¿Con qué borracho ilustrado preferirías no sentarte?

Con varios. Por ejemplo, el famoso Hemingway, que es como el emblema de la embriaguez literaria. Yo creo que era insoportable como compañero de copa: bravucón, impredecible, macho, probablemente eructaba (eso ya es una suposición). Otro es Norman Mailer, a quien también le daba por golpearse con la gente y ese tipo de cosas.

¿Existe una relación entre la escritura y la bebida?

Hay una relación muy cercana. La escritura es una cosa íntima que haces en tu casa, pero también es algo que tiene que ver con la conversación, las experiencias, la vida social. Y en el mundo literario todo eso pasa por el mundo del trago. También el alcohol mismo es un tema importante de la literatura. Bajo el volcán (Malcom Lowry), por ejemplo. En lo que no hay una relación es en el hecho de escribir y alcoholizarte: no se puede hacer al mismo tiempo. O sí, pero con un resultado patético. Ni siquiera los más grandes profesionales del trago escribían en estado de ebriedad. Ni Hemingway.  

¿Hay algún tipo de libro que prefieras leer con una bebida?

Una novela policíaca en la playa combina bien con una chela, eso es indiscutible. Si eres un bebedor con moderación –yo a veces la tengo– servirte un whisky y leer un libro en una tarde lluviosa como estas, es muy placentero y muy natural. Ahora, llegar con seis o siete whiskies y ponerse a leer, no es una buena idea. Para eso se inventó el porno.  

¿Cómo fue tu primera borrachera?

Fui a una fiesta de paga por calzada de Tlalpan, de esas que solía haber a finales de los años 80. Tenía 14 años, pero se vendía el alcohol de manera abierta; nadie te pedía licencia de conducir. Y nos matamos con cubas. Acabamos prácticamente inconscientes, aunque no hubo vómito de mi parte. Entre brumas alcohólicas recuerdo que nos regresamos hacia la casa en un trolebús, que ya no estaba en circulación pero nos acercó. Luego caminamos más. Una de esas cosas épicas.

¿Cuál es tu receta para el día después de la fiesta?

Tienes que tener la disciplina mental y física de llegar a tu casa –arrastrándote, como suele ser en esos casos– y tomar mucha agua y mucho analgésico. A mí la combinación Advil y Alka-Seltzer siempre me ha funcionado. Al día siguiente también hay que tomar agua como desesperado.

¿En qué se asemeja el México actual a una cruda?

En que parece que no va a terminar la tortura. En lo que se diferencian es que las crudas sí terminan, aunque con la edad tome más tiempo.

¿Qué trago le invitarías a la primera dama?

Definitivamente le suplicaría que por una vez, si no tiene la costumbre, tome bebidas en estado puro. Yo creo que la pureza a veces es conveniente. Le diría: ‘Oiga, pruébese por favor este pura malta sólo con un cubito de hielo’. Un sabor, directo, claro, sencillo y que no falla nunca.

¿Qué actividad de la vida cotidiana prefieres hacer borracho?

Bailar, cantar a voz en cuello. No tuitear: eso está contraindicado.

¿Cuál es la bebida más sobrevalorada?

El mezcal: no porque sea una mala bebida, sino porque sus precios ya no tienen relación con su naturaleza artesanal, por mucho que algunos productores se empeñen en decirnos que sí.

¿Y la menos?

Regresaría al whisky: el de alto nivel, el pura malta. Nunca es barato, pero el gran whisky puede costar cantidades que en comparación con el coñac, el tequila o el mezcal son relativamente moderadas.

¿Juzgas a la gente por su bebida?

No, de ninguna manera. Soy un socialdemócrata del alcohol. Creo que en este mundo hay cabida para todo.

¿Cómo es la personalidad de alguien que toma micheladas?

Es alguien que normalmente tomó bebidas fuertes en la noche previa, porque la michelada tiene esa función. Eso significa que es una persona con cierta personalidad adictiva.

¿Y el que toma cuba libre?

Es retro.

¿Calimocho?

Tal vez sea una bebida infravalorada. Esa persona puede ser o maravillosamente popular o extraordinariamente elitista. La crítica de alcohol de The New York Times (Rosie Schaap) dice que el calimocho es la combinación perfecta.

¿Gin tonic?

Alguien chispeante, moderadamente dulce pero con un toque amargo. Y en términos generales transparente. El gin tonic no tiene escondrijos, no es como tomarte un carajillo, que es una bebida infecta.

¿Martini seco?

Es un clásico. Esa persona tiene la sobriedad y la clase de los clásicos Es la bebida del diseño perfecto.