Burton en la hoguera

(SEMÁFORO)
El célebre capitán y explorador inglés
El célebre capitán y explorador inglés (wikipedia)

De modo incompleto, Wikipedia caracteriza al capitán Richard Burton (1821-1890) como “explorador británico, geógrafo, traductor, escritor, soldado, orientalista, cartógrafo, etnólogo, espía, lingüista, poeta, espadachín y diplomático”. Faltan otras facetas. Fue un gran actor: podía pasar por francés, turco, gitano, gulla, bereber, saudí... siempre con el mismo recurso: ante los saudíes, se hacía pasar por camellero gulla; frente a los turcos, por francés o saudí; podía hablar 29 lenguas y dialectos, pero ninguno al grado de pasar por lugareño. Y así, fingiéndose mercader, médico o teólogo logró entrar a la ciudad prohibida de Harar, cruzar Somalia o internarse hasta las fuentes del Nilo.

También fue un erotómano, teórico y práctico. Por ejemplo, en sus exploraciones africanas decidió averiguar, de una buena vez, si era verdad que los negros tienen el pene más grande; al llegar a las aldeas, alineaba a los hombres de la tribu y sacaba su cinta de medir. No sabemos a qué conclusión llegó porque, tras su muerte, la viuda quemó gran parte de sus escritos personales y sus diarios: “Quemé todas las cosas sucias”, dijo. Quedaron las obras que ya había entregado a la imprenta; entre ellas, la primera traducción completa, sin censura, de Las mil y una noches y una magnífica colección de poesía árabe.

Hombre de su siglo y patria, despreciaba las conquistas de los franceses, belgas o alemanes. Se burla de la obsesión europea por la ingeniería militar y la capacidad de fuego, en vez de los recursos lingüísticos que ofrece el lugar conquistado. En cambio, dice, nosotros los británicos nos pasamos “diez años —y qué diez años— leyendo, no hablando; entendiendo, no dominando, unos cuantos libros en griego y en latín”. Es decir, no era un apologeta de la dominación sino del descubrimiento étnico y antropológico, y siempre consideró que el mayor tesoro eran las lenguas y las obras. Odiaba el esclavismo. Suponía que el remedio para la postración de los sojuzgados vendría con el comercio, nunca con la explotación, y se dedicó a sabotear rutas de esclavos, sus mercados, su clientela. No logró gran cosa. Tampoco era ningún santo y, para los asuntos políticos, siempre fue un poco simplón. Lo desesperaban los negros seminómadas que lo acompañaron a las fuentes del Nilo. Cada que intentaba aprender sus dialectos, se topaba con un imposible. “Escucha, hermano: en la lengua de la costa se dice uno, dos, tres, cuatro, cinco —y para darme a comprender mejor, contaba con los dedos”. Y el negro respondía: “No; nosotros decimos: dedos”. Insistía Burton: “No es eso lo que te pregunto: el hombre blanco quiere saber cómo dices uno, después dos...”. Y le respondía: “¿Un qué? ¿Dos qué? ¿Cabras, carneros, mujeres?...”. Y así hasta que se agotaba la paciencia. Burton no podía saber que el pensamiento por categorías y abstracciones se despierta, como descubrió Luria, como dice Walter Ong, como enreda Derrida, cuando la escritura reestructura la conciencia. Algo sospechó, porque su actitud cambia por completo entre sus primeros escritos y los últimos. Pero nunca sabremos por qué: se perdió con la lumbre de la pudibundez.