Joyce a la mexicana

Se trataba, en efecto, de un libro escrito a la manera del Ulises de James Joyce, que podía caminarse… aunque en ese tiempo ya nada quedaba de los campos ferrocarrileros
"José Trigo". Fernando del Paso. Fondo de Cultura Económica. México, 2015.
"José Trigo". Fernando del Paso. Fondo de Cultura Económica. México, 2015. (Especial)

México

La contraportada de la nueva edición de José Trigo (1966), de Fernando del Paso (1935), a cargo del Fondo de Cultura Económica, ofrece un enigma. En ella se dice que al incorporar dicho título al catálogo de esta casa editorial “se cumple el destino de esta novela de aparecer con el sello que debió acompañarla desde su primera hora”, lo que acaso exige la definición de un contexto, pues tiene que ver con la salida obligada de Arnaldo Orfila Reynal del FCE por publicar textos críticos de la sociedad mexicana, y la fundación de la editorial Siglo XXI.

En efecto, con ella se inició la serie La Creación Literaria. El editor conocía avances por Juan Rulfo, entonces tutor del Centro Mexicano de Escritores y quien acompañó la novela en su fase final. Del Paso prácticamente la terminó en los talleres de la editorial, donde se capturó, de última hora, la parte intermedia, “El puente”, que hacía referencia al puente de Nonoalco y que es el centro (el omphalos, dicen algunos), de José Trigo, con una estructura piramidal: nueve capítulos en ascenso, una pausa, y nueve capítulos en descenso. Cada parte de un lado se correspondía con la otra.

Se trataba, en efecto, de un libro escrito a la manera del Ulises de James Joyce, que podía caminarse… aunque en ese tiempo ya nada quedaba de los campos ferrocarrileros. La modernidad convirtió muy pronto ese paisaje en ejercicio de nostalgia. La variedad técnica, el uso del monólogo interior, resaltaban el modelo joyceano, pero José Trigo era otras cosas más. Había una clara influencia de William Faulkner, y en cuanto al lenguaje, con énfasis en el caló mexicano y también inspirado en las traducciones del náhuatl de Ángel María Garibay y Miguel León-Portilla, hacían que destacara el experimento verbal. Rulfo también se asomaba a esas páginas, y el “José” y el “Trigo” podían ser ecos del “Pedro” bíblico y el “Páramo” como paisaje, sólo que trasplantado lo rulfiano a la urbe.

Este coctel excesivo creó en los críticos profesionales, en especial en Emmanuel Carballo (cuyas apuestas mayores eran entonces Gustavo Sáinz, José Agustín y Carlos Fuentes), la idea de una propuesta imposible, que iba más allá de lo usual en las letras mexicanas, por lo que fue extrañamente rechazado. Ganó el Premio Villaurrutia, es verdad, pero Carballo se resistió a presentarla como propuesta al Premio Rómulo Gallegos.

Casi medio siglo más tarde, las virtudes son indudables, y José Trigo inicia una trilogía de gran peso, que se complementa con otros dos tabiques maravillosos: Palinuro de México y Noticias del Imperio, ya en el catálogo del Fondo de Cultura Económica.