Música para tristeza y rabia

¿Qué tipo de sonidos hay en la literatura de José Revueltas?
José Revueltas.
José Revueltas. (INBA)

Ciudad de México

¿Qué tipo de sonidos hay en la literatura de José Revueltas, cuya vena es aún más cruda que la de su hermano Silvestre? Desde el primer párrafo de El luto humano surgen músicas de siniestra belleza.

Música de la niña muerta. La muerte está en la silla y “el aire de campanas con fiebre” se mueve con los golpes de la respiración última de Chonita (mediecitas rosas, vestido amarillo) que se oye “como un péndulo” oscilando fuera del tiempo.

Música de un río de tierra. Masas negras se mueven espesamente en un cielo sin luces, “nubes o piedras gigantescas, o nubes de piedra”. Úrsulo busca el río. Debe avisarle al cura que “A Cecilia se le murió la niña”, como si aquella niña no fuera también suya. También debe comprar mezcal. Está perdido. Llega a la casa del asesino de cristeros Adán (“descendiente de las iguanas tristísimas y pétreas”), quien le presta su barca (“La Cautivadora”). Los dos hombres se odian pero reman juntos. Y los remos se escuchan con claridad en mitad de la tormenta, “como si el río fuera de tierra y los remos paletadas sobre el vacío de otra tierra, mortuoria y sin consuelo”. Y más campanas (“notas trémulas y angustiosas”, “un lamento de auxilio en mitad de la noche turbia”): las del pueblo que ya se divisa desde el agua que parece tierra. “Un río de tierra. Mañana Chonita (flor de raíces podridas) estaría bajo la tierra”.

Música de dos ángeles sin luz. Adán y Úrsulo. El cura (que alguna vez apretó loco de deseo el seno de una moribunda hasta hacerlo sangrar) los ve y piensa en dos “ángeles indios, torvos ángeles con las camisas raídas y una nostalgia infinita y un pavor”. Los ve como “un ruido con forma humana, lleno de tristeza y de rencor”. Un ruido, “un simple entrechocar de cosas sin luz”.

Música de la mañana. “Tiene su sangre luminosa que desparrama dulcemente por atmosférica, angélica escala, y valles y colinas y barrancas llénanse de su acontecer sonoro, de su múltiple fuego”.

Música del velorio. Ruido con sueño. “Ruido como de mariposa a causa del viento”. Ojos pesados; las mismas palabras: “Ruega por nosotros los pecadores, ruega, ruega”. Gente flaca, gente fea. Nadie llevó flores. Hablan, y sus voces son “un modo de silencio”. Cantan “Perdón, oh dios mío” y su canto es “pavoroso y sin solemnidad, lleno de terror ante Dios”. Jerónimo balbucea borracho “Cecilia, lo sentimos mucho”, y repite mucho, mucho “en tres tonos diferentes de voz”.

Música del cura cristero que recuerda su pasado con el agua al cuello tras haber asesinado a Adán. Oaxaca, el templo de Santo Domingo. Un canto extraño, “en falsete, roto por continuas desarmonías, bárbaro. Extendíanse las notas a ras de tierra, cual si la voz partiese de una inconcebible garganta vegetal, con espinas y agrio zumo”. Voz desafinada y monorrítmica, “triste como el silbar de una flauta de barro. Pero no era un canto”. Un hombre que reza “en su lengua zapoteca lágrimas viejísimas”. Dice: “Yo estoy llorando para que tú me veas”. “Y súplicas, lágrimas, tristeza, desesperación, soledad absoluta, sentido de lo miserable, todo eso reunía como si tuviese a la vez algo de animal que llorara”.

Música para cuatro náufragos heridos a un mismo tiempo por el rencor y la esperanza. Úrsulo, Cecilia, Marcela, Calixto —subteniente villista— y el cadáver chiquito de la niña. Zopilotes sobrevolándolos con sus atentos ojos de serpiente. Y una canción “escéptica, humilde paráfrasis bárbara de aquel polvo eres y en polvo te convertirás”:

 

Hacíamos de cuenta

que fuimos basura

y que un remolino

nos alevantó,

y el mismo viento,

allá en la alturas,

allá en las alturas

nos aseparó

 

Música nocturna de extraños huelguistas que vieron pasar a Adán urdiendo muerte (matar a traición al líder sindical Natividad). “Cantaban una quejumbrosa melodía, y sin advertir el viraje súbito de Adán, apenas a unos cuantos metros, continuaron con el arrastrar nostálgico de las notas que el dulce viento de la tarde hacía más largas y tristes”.

 Música de soldados aterrados que combaten a un ejército de fantasmas. “Por la noche hubo corridos de guerra, de amor, de inundaciones, de aparecidos, de crímenes, de prisioneros”. Alrededor de quien cantaba se formó un corro silencioso y atento “que parecía ensimismarse en recuerdos muy simples pero a la vez llenos de profundidad y emoción”.

¿Por qué el mexicano canta? “Tiene un sentido muy devoto, muy hondo y respetuoso de su origen. Hay en esto algo de oscuro atavismo inconsciente. Como ignora su referencia primera y tan solo de ella guarda un presentimiento confuso, padece siempre de incurable y pertinaz nostalgia. Entonces bebe, o bebe y canta, en medio de los más contradictorios sentimientos, rabiosos en ocasiones o tristísimos”.