La vida nocturna y sus apetencias

En su más reciente libro, el director de "Laberinto" recuerda la intensa actividad en los centros de diversión de la capital, que fue destruida por el terremoto de 1985, la inseguridad y las crisis.
La Princesa Lea en la copa de champaña.
La Princesa Lea en la copa de champaña. (Leopoldo Vázquez)

México

Sin advertirlo, por costumbre, regresé a la oficina. Subí al tercer piso del edificio de estilo neoclásico que varios años después, debido a irremediables daños estructurales ocasionados por el sismo, sería derrumbado. Al pasar junto a sus enormes ventanales, contemplé Reforma desolada. Cerré los ojos. Imaginé otra ciudad, otra noche”.

José Luis Martínez S. describe de esta forma el momento en que él, un reportero que trabajó la noche de manera ardua, contemplaba  la oscuridad que se cernía sobre la Ciudad de México.

“Ese día, el 19 de septiembre de 1985 —dice Martínez S.— las luces de las marquesinas, la música y el glamour comenzaron a languidecer y el cabaret quedó herido de muerte con el sismo de las 7:19, que destruyó una parte importante de la Ciudad de México y se llevó tantas vidas”.

Durante el día, Martínez S., como tantos miles de ciudadanos, fue descubriendo la dimensión de la tragedia. Por la noche, mientras caminaba por las calles destruidas, fumando, buscando infructuosamente un trago, “con los ojos húmedos y el pensamiento en otra parte”, volvió a la redacción de Su Otro Yo, la revista erótica donde trabajaba, en Paseo de la Reforma 27, para observar por la ventana el principio del fin.

El día que cambió la noche. Memorias de un noctámbulo en la Ciudad de México (Grijalbo, 2016) es el libro más reciente del director del suplemento cultural Laberinto, de MILENIO, una crónica prolija que estructuró como un coro, integrado por una variedad de voces que vivieron, como él, aquellos tiempos: Margo Su, Acerina, Fernando Fernández, Luis Alcoriza, Mara Maru, entre otros personajes.

“Mi intención —dice el periodista— es rescatar algunas viñetas, algunos recuerdos de una ciudad que viví, de una manera muy intensa, entre mis 25 y 30 años”. Una ciudad cuyas noches estaban pobladas de cabarets y de estrellas, vedettes como la Princesa Lea, que se bañaba en una copa de champaña; Mora Escudero, llamada Las piernas del millón; Rossy Mendoza, La cintura más breve de México, y la más famosa de todas: Olga Breeskin, Súper Olga, que protagonizó noches inolvidables en el Belvedere del hotel Continental.

La voz de Vicente Ortega Colunga, director de Su Otro Yo, guía esta crónica. Siempre está presente, aunque no aparezca. Fue —comenta Martínez S. — el primero de sus maestros y guía imprescindible en sus andanzas nocturnas, el que lo llevó a descubrir ese mundo hoy desaparecido, del que guarda fervorosas reminiscencias.

Martínez S. insiste que no es la nostalgia lo que motiva su nuevo libro, sino la voluntad de la memoria, de contribuir a la historia de la ciudad desde la perspectiva de un notario de la vida que se desarrollaba en lugares como el Capri, el Quid, el Catacumbas y tantos otros que desaparecieron abruptamente con el terremoto o que fueron apagándose poco a poco debido a la inseguridad y a las reiteradas crisis económicas.

Con El día que cambió la noche, el autor de La vieja guardia vuelve a recorrer los lugares de su juventud y nos invita a acompañarlo para admirar a esas “mujeres de cuerpos turgentes y sinuosos, famosas por el arte con que se despojaban poco a poco de su ropa llena de holanes, plumas, chaquira, lentejuelas”, aunque, advierte, no todas hacían striptease.

La noche perdió su encanto, se apagaron las marquesinas y se extravió el arte de la seducción. “Las vedettes eran glamorosas, un glamour que desapareció con el tiempo”, señala Martínez S., quien durante algunos años siguió frecuentando la noche, atestiguando su declive en lugares como el Montparnasse, en San Ángel, o El Clóset, en la colonia Condesa. “Pero ya nada era igual”, puntualiza al advertir la llegada impetuosa del table-dance.

Centros nocturnos como El Patio, donde vio triunfar a Juan Gabriel y José José; salones de baile donde actuaban leyendas como Consejo Valiente Roberts, Acerina, director de “la mejor danzonera de América”; bares en los que escuchó cantar a figuras como Lupita Palomera o Fernando Fernández; teatros como el Blanquita, el Iris y el Lírico aparecen en este recuento que tiene como punto de partida el sismo del 19 de septiembre de 1985, cuando el reloj de la H. Steele se detuvo a las 7:19 y la imagen del hotel Regis derrumbado y envuelto en polvo recorrió el mundo. Ese es el punto de arranque para una retrospectiva de “la noche y sus apetencias”, como dice en la contraportada del libro, donde también se lee: “Lejos de toda ilusión documental y escritas con la pasión del explorador, estas memorias abren puertas que creíamos cerradas y nos conducen allá donde el aplauso era un pasaje al éxito y a la celebridad”.

Martínez S. rememora aquella relación cercana entre las figuras del espectáculo, el público y los periodistas. “Éramos una familia de faranduleros”, dice. “No había internet ni redes sociales, ni sofisticadas campañas de marketing y las estrellas iban surgiendo por los comentarios que se propagaban de boca a boca. En los cabarets o en los teatros podías ver a tus ídolos con una cercanía inimaginable en estos tiempos de conciertos masivos. En El Patio, mientras cenabas, veías cantar, por ejemplo, a José José acompañado del incomparable trompetista Chilo Morán; podías, al final del show, tomarte una foto con él e intercambiar algún comentario. Había una cercanía que ya no existe”.

Se acabó aquella ciudad de los ochenta, pero permanece en la memoria y las crónicas como ésta que ha escrito José Luis Martínez S., testigo de aquellas noches.