Entre Oaxaca y Acapulco

El Santo Oficio.
Santo Oficio
Santo Oficio (Especial)

Ciudad de México

Las horas pasan y el cartujo no puede cerrar los ojos. Debería dormir aunque fuera un poco, sobre todo cuando al amanecer le espera un largo viaje en camión de segunda a la ciudad de Oaxaca, donde los recuerdos dulces y tristes le llegan en cascada: amores frustrados, noches sin tregua, temerarias incursiones a los bajos fondos, inacabables tertulias, momentos extraordinarios como el de aquella mañana cuando José Emilio Pacheco interrumpió de pronto la plática para gritar emocionado: “¡Una Polaroid!”.

Estaban con él, desayunando en el Terranova, un restaurante en los portales, Francisco Hernández, Armando González Torres, Alicia Quiñones y el tímido monje, pero ninguno de ellos advirtió el maravilloso anacronismo de la fotógrafa humilde con su enorme cámara de instantáneas colgada del cuello, ofreciendo sus servicios a turistas armados de cámaras y teléfonos digitales. “Ha de ser la última de la historia”, bromeó José Emilio. “Yo quiero una”, agregó enseguida. La fotógrafa se alegró cuando la llamaron y se esmeró en su trabajo; se agachaba, se retorcía y a punto estuvo de tirarse pecho tierra para conseguir las mejores tomas. En ninguna salió José Emilio, se dieron cuenta cuando, al terminar de revelarse, las imágenes mostraron a Hernández y González Torres sonrientes y luego un gran espacio en negro; al buscarla, la autora se había esfumado.

El amanuense debería dormir, pero se lo impide la lectura de Ladydi, la nueva novela de Jennifer Clement. “Trágicamente hermosa”, la definió el canadiense Yann Martel, autor de La vida de Pi, llevada al cine en 2012 por el taiwanés Ang Lee.

Es una historia terrible y actual, humana y conmovedora. Es la historia de Ladydi García Martínez, una muchacha de un pueblo de la montaña guerrerense, muy cerca de Acapulco pero más aún del infierno del miedo, de la permanente zozobra.

Sin artificios, sin sensacionalismo, con un lenguaje directo, de frases cortas y contundentes, Clement construye un retrato de la violencia contra las mujeres en un país donde impera la ley de la selva y nadie, en ninguna parte, se encuentra a salvo.

Ladydi cuenta su vida en ese pueblo de mujeres abandonadas, con los hombres trabajando en Estados Unidos y el permanente acoso de tratantes de personas, siempre listos para robarse a las más bonitas. Por eso, cavaban hoyos donde las adolescentes se ocultaban ante el menor indicio de la llegada de extraños, por eso cuando una niña nacía sus familiares la anunciaban como niño, por eso les prohibían arreglarse, divertirse. Pero incluso así nadie estaba libre de la desdicha de perder a una hija. “Nunca nadie había vuelto. Ninguna de las muchachas robadas había regresado jamás ni había enviado siquiera una carta, decía mi madre; ni siquiera una carta” —recuerda Ladydi, quien aun en esa atmósfera de temor y desolación habla de solidaridad, de amistad, de amor, de los sueños de un futuro donde pueda arañarse la felicidad.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.