José Emilio Pacheco en College Park

Curiosamente, los primeros siete años que viví en México no conocí a José Emilio, a pesar de que me dedicaba más que nada a frecuentar eventos literarios. 

Ciudad de México

Una tal Madame Flora se anuncia como vidente desde un local prefabricado que se encuentra en la carretera que pasa junto a la Universidad de Maryland en College Park. A lo largo de mis seis años inscrita en el programa de posgrado de Letras Latinoamericanas, José Emilio Pacheco no dejó de insistir, cada primavera, en que sus alumnos lo acompañáramos allí para averiguar cuál era su fortuna. Luego luego decía, riéndose, que mejor no: ¿para qué tentar a los dioses? A fin de cuentas, recurrir al oráculo siempre acaba mal.

Ese chiste macabro —más la certidumbre de que si existen dioses, son griegos y por lo tanto solo existen para entretenerse a nuestras costillas— se lo debo a José Emilio junto con neologismos como “teoría NesCafé”, “tabaratismo”, y “sabiduría de escalera” que mis compañeros, regados por todo el hemisferio, reconocerán y sin duda seguirán empleando, igual que yo.[1]

Curiosamente, los primeros siete años que viví en México no conocí a José Emilio, a pesar de que me dedicaba más que nada a frecuentar eventos literarios. Cuando las huelgas de la UNAM conspiraron con el error de diciembre para impulsarme a reiniciar la maestría fuera de México, su presencia cada primavera como profesor distinguido en el edificio que llevaba el nombre de su ilustre predecesor, Juan Ramón Jiménez, era un imán igual de poderoso como, por ejemplo, el hecho de que yo había crecido en Maryland y mi madre vivía allí. Todos los que estábamos inscritos en el programa sabíamos que, de toda la facultad, el profesor con más probabilidades de que un edificio portara su nombre algún día era José Emilio Pacheco.

Pero no le teníamos afecto por eso. Lo queríamos, en primer lugar, porque él también nos quería. Lejos de emular la renuencia de los profesores a fraternizar con nosotros, los estudiantes de posgrado, quienes ocupábamos dentro del mundo académico más o menos el mismo rango social que el intocable Gunga Din,[2] José Emilio parecía preferir nuestra compañía a la de sus multititulados colegas. Si bien la mayoría de las ciudades universitarias en los Estados Unidos se encuentran, ¡oh paradoja!, fuera de las ciudades, la nuestra evoca aun más el ambiente campestre de aquellas dedicadas originalmente a los estudios agrícolas. En otras palabras: está lejos de todo. Y José Emilio no sabía (o no quería) manejar. Sus alumnos teníamos, por lo tanto, la costumbre de canjear nuestro apoyo logístico por largas e inolvidables conversaciones acerca de diversos temas literarios.

Para colmo, Maryland carece totalmente de un encantador pueblo o college town dedicado a las necesidades de esa enorme población flotante que habita sus aulas; por lo que José Emilio rentaba departamentos deteriorados ubicados en los arrabales que rodeaban los edificios —preciosos, eso sí— donde se impartían las clases. Era, precisamente, el tipo de entorno repleto de mala fortuna económica donde las Madame Flora del mundo florecen. Tal vez mi máximo acto de rebeldía como estudiante fue, después de que se cometiera un homicidio estilo The Wire en el edificio de al lado, exigir a la cátedra del Departamento que intercediera para cancelar su contrato de arrendamiento y trasladarlo a un lugar si no más seguro, menos peligroso.

Si no hubiera metido mi cuchara, José Emilio probablemente se hubiera quedado allí, con todo y balazos, porque acostumbraba vivir sin lujos. Mejor dicho: su único lujo eran los libros. Cuando no estaba leyendo, pasaba su tiempo escribiendo (uno de sus poemas de esa época comparaba al estruendosamente violento vecino con Segismundo) o trabajando en su traducción anotada de los Cuatro cuartetosde T.S. Eliot, o investigando —porque gracias a los préstamos interbibliotecarios, hay poco que no se puede conseguir en una biblioteca gringa, incluso cuando es pública. Carecía en absoluto del divismo y dandismo que cultivaban otros profesores (de otros autores, ni hablar); también de la beligerante actitud anti–yanqui que era tan común entre los expatriados latinoamericanos. Insistía en que lo lleváramos a desayunar en cadenas de tan poca alcurnia como la International House of Pancakes, sin la menor pena. Consciente de que los estudiantes de posgrado, igual que Gunga Din, carecíamos de fondos, a menudo nos invitaba la cuenta.

A la hora de enseñar, José Emilio se las arreglaba para ser el más erudito y a la vez, el más travieso del salón. Lo de la erudición no es hipérbole: poseía una memoria fotográfica formidable, solamente equiparable tal vez con la de su contemporáneo, Carlos Monsiváis.[3] Durante la clase, si alguien llegase a mencionar una obra menor de un autor cuyo nombre hubiera salido a colación —está bien, lo confieso, a veces lo hacíamos para ponerlo a prueba— cerraba los ojos y, después de concentrarse un momento, comenzaba a recitar la obra susodicha de memoria. Aun más importante en términos pedagógicos: fue siempre capaz de contagiarnos su desbordante entusiasmo. Yo, que desde la adolescencia había rehuido del modernismo por culpa de esa princesa con boca de fresa, terminé por contarlo entre mis corrientes literarias predilectas.

Acabo de hojear el cuaderno de apuntes que llevaba a su seminario de prosa modernista. Solía mantener libre una ancha columna a mano derecha, donde apuntaba las sabrosas divagaciones que acompañaban todas las materias que José Emilio impartía. El primer día de clases, no solo aprendimos con lujo de detalles sobre las trayectorias respectivas de Manuel Gutiérrez Nájera, José Martí, Manuel Díaz Rodríguez, José Asunción Silva y Federico Gamboa; tengo anotados los siguientes apartes:

+Trotsky salió de cacería y se enfermó—no pudo asistir a la Asamblea cuando Stalin se apoderó de ella.

+Sobre 9/11: fue verdadero, mas no verosímil.

También las siguientes observaciones sobre la escritura en general:

+La novela ordena al mundo, que se nos presenta como un caos.

+La novela detectivesca de antes sugería que la brutalidad puede controlarse con la ciencia. (Lo terrible siempre es que tantos sospechosos hayan querido asesinar al víctima.)

+Según Ricoeur, la experiencia humana solo puede ser llevada a la realidad a través del relato. Según Barthes, el relato está presente en todos los lugares, en todas las sociedades; luego, es inmortal.

+Conocemos mejor a los personajes que leemos que a nuestros prójimos, o a nosotros mismos.

Todo lo anterior lo decía José Emilio no solo porque venía al caso en un seminario sobre la literatura. Esas citas y reflexiones formaban parte de la vida examinada de un autor que era, sobre todo, un lector, un autor que insistía siempre en seguir parado en los hombros de gigantes.

Al retratar a los grupos con una cámara desechable al final de cada semestre, José Emilio decía que era porque nunca volveríamos a ser los mismos, reunidos en el mismo lugar. Al  regresar a México con el doctorado bajo el brazo, tomé la decisión de no buscar a José Emilio más. Tenía aversión a comulgar con la creencia de que todos merecemos un café, un prólogo, una presentación u otra reliquia de los que han sido nuestros maestros. Pensaba (y sigo pensando) que agobiarlo solo hubiera logrado estropear aquel tiempo pasado que, como bien sabemos todos los nostálgicos, siempre fue mejor.



[1]Teoría NesCafé: cualquier teoría instantánea, soluble, que se le ocurre a uno en el instante.  Tabaratismo: Ideología prevaleciente de los Tabaratos, es decir, los latinoamericanos que viajan a Estados Unidos con tal de proclamar a cada oportunidad, “¡’Ta barato, ‘ta barato!” Sabiduría de escalera: Formular la réplica perfecta al némesis que va ganando el debate, pero solo tiempo después, mientras uno va bajando por las escaleras.

[2] El encargado de llevar agua, o Bhishti, que se sacrifica en el poema homónimo de Rudyard Kipling.

[3] ¿Qué les habrán dado de desayunar a esos chicos, me pregunto?