Jorge Pardo orquestó emotivo tributo musical a Paco de Lucía

Con dirección sutil, incluso caballeresca, puso de manifiesto que el mejor homenaje al guitarrista es dejar la puerta abierta a la creatividad.
Flauta en mano fungió con rigor su función.
Flauta en mano fungió con rigor su función. (Xavier Quirarte)

Cancún

Queremos tanto a Paco, podrían haber dicho —parodiando el título del libro de Cortázar, Queremos tanto a Glenda— los músicos que, orquestados por Jorge Pardo, armaron la noche del sábado un homenaje entrañable a Paco de Lucía. Músicos, bailaores, cantaores y público tendrían derecho a jurar que su espíritu se paseó por el escenario. Todo tiene una explicación: veamos.

Flautista y saxofonista, Pardo no es pardo. Aclaremos: si nos atenemos al diccionario que define el término como sinónimo de oscuro e incluso de una voz “poco vibrante y cuyo timbre no es claro”, Pardo es luminoso y su voz es resonante y clara, como exuberante es su desempeño en una flauta que parece emanar del cuerpo.

Al frente del llamado Quinteto del Homenaje, el músico catalán inició la tercera sesión del sábado con una anécdota de cuando tocó por primera vez con Paco de Lucía. Fue en Bruselas y Pardo tuvo la mala suerte de llegar tarde al teatro, cuando el concierto había comenzado. Apenas tomó su lugar en el escenario, De Lucía le dijo: “toca algo”. “¿Qué?”, preguntó el interpelado, nervioso por el debut y las carreras. “Toca algo”, insistió, y como en el escenario no hay tiempo para discusiones, Jorge se lanzó a improvisar una pieza a flauta sola.

En el cierre del festival volvió a hacer algo semejante: realizó un solo prodigioso, claro y evocador, inventivo, juguetón y, sobre todo, tributario a la imaginación que durante tantos años ejercitó en el grupo del guitarrista. Al concierto se sumaron los guitarristas Juan D’Anyélica y Antonio Sánchez, el bajista Alain Pérez y el percusionista Héctor Aguilar.

Pero la fiesta, de por sí animada, se volvió mayúscula cuando se subieron el bajista Carles Benavent y el guitarrista José María Bandera con sus respectivos grupos, los cantaores Piculabe y Esaú Quirós Ferreras y los bailaores María Auxiliadora Fernández —un portento de imaginación— e Isaac de los Reyes. En el escenario no cabía un alma… Bueno, sí, la de Paco de Lucía, que, seguramente, transmitió su júbilo, pues abajo del escenario la mirada nostálgica de su mujer, Gabriela Canseco, se iluminaba mientras trataba de captar con su cámara ese momento de magia.

La música, luminosa en un tema de Paco de Lucía, “Zyryab”, fue dirigida con miradas cálidas y órdenes precisas por Pardo. Su dirección sutil, incluso caballeresca, nos hizo recordar que, como escribió Federico García Lorca, “para buscar el duende no hay mapa ni ejercicio”, pues seguía el dictado de la imaginación colectiva.

En un concierto que bautizó Cortito y furioso, Alonso Arreola armó una pieza para bajo que fue un muestrario de técnica impresionante que, por momentos, amenazaba con desbordarse y se volvía redundante. Armó un discurso que lo mismo fue un compendio de velocidad que un saludo emotivo, cuando dejaba de lado el acelerador. Mientras, como fondo, la voz de Paco de Lucía con recuerdos de su infancia y su entrada en el alma del flamenco, se fundían con la música que lleva, en todo caso, un sello personal.

La técnica es la herramienta que permite que las cosas funcionen, pero una vez dominada se requiere encontrar la forma de que sea el espíritu el que salga a flote, que fue lo que sucedió al tomar el escenario José María Bandera y su grupo Enguarao. Su guitarra a palo limpio, luego en diálogo con el cajón de Guillermo McGill, fue como una conversación amigable, a la que luego fue invitado el guitarrista Antonio Alcedo Gil.

Al ver a Oscar D’León en el escenario, uno no podría pensar que el cantante venezolano nació con un problema en dos arterias del corazón. Dice que le practicaron “una operación para ampliarlas, para darles capacidad de aire y de flujo sanguíneo”. No sabemos si a los doctores se les pasó la mano, porque su desempeño en el escenario fue un derroche de un corazón cargado de salsa, un cierre jubiloso para un festival en evidente crecimiento.