Cortázar y el comienzo de una nueva visión del mundo

En una entrevista realizada por Evelyn Picon Garfield, admitió que se dio cuenta muchos años después de que si no hubiera escrito 'El Perseguidor', habría sido incapaz de escribir Rayuela.
Julio Cortázar y el comienzo de una nueva visión del mundo.
Julio Cortázar y el comienzo de una nueva visión del mundo. (Milenio Digital)

Torreón, Coahuila

Johnny Carter nos hace sentir poca cosa, cuando se lee 'El Perseguidor', el arrastre de los ojos por las letras es como la mano de ese negro saxofonista palpando lo más burdo de nuestros rostros.

Él que es un hombre entre los ángeles, "una realidad entre las irrealidades que somos todos nosotros", nos convierte por una fracción de vida en hombres y nos hace admitir una realidad que hasta antes de abrir el texto era inadmisible.

Por otro lado, en 'Rayuela', Horacio Oliveira vaga París deshilvanando metafísicamente la urdimbre de fatalidades sociales, de irrealidades sistemáticas, en las que están hundidas la Maga y Berthe Trépat y Pola y qué va, todos nosotros y que se abre ante nuestros ojos como un cuadro de Klee o de Miró.

"Empecé a interesarme por problemas históricos que hasta ese momento me habían dejado totalmente indiferente”.

En ambos casos, los personajes de golpe descubren una vida que no escogieron porque, en suma, un infortunio biológico los forzó a nacer, aunque en lo que a esto refiere, Oliveira ve las cosas en un plano explicado, es decir intelectual y metafísico y Johnny en un plano más bien poético, donde las circunstancias se desenvuelven como un ergo constante de la misma manera en que una tras otra, se manifi estan las notas de un jazz de Parker o de Coltrane.

Julio Cortázar, en una entrevista realizada por Evelyn Picon Garfield, admitió que se dio cuenta muchos años después de que si no hubiera escrito 'El Perseguidor', habría sido incapaz de escribir Rayuela.

“El Perseguidor es la pequeña Rayuela”. Y es que lo mismo Oliveira que Carter se sobreviven contradiciendo los canones que todos tan cómodamente aceptan, su vida en los textos es una madeja de crisis, un juego donde viven y mueren, mueren y viven y donde ambos están atados a un trágico destino.

Además, con la creación de estos personajes, llegó a la vida de Julio Cortázar, su autor, una nueva visión del mundo: el descubrimiento de su prójimo y sus semejantes.

Durante esa misma entrevista, el narrador contó que “era la primera vez en mi trabajo de escritor y en mi vida personal en que eso se traduce una nueva visión del mundo.

Y luego eso explica por qué yo entré en una dimensión que podríamos llamar política (...), empecé a interesarme por problemas históricos que hasta ese momento me habían dejado totalmente indiferente”.

Esto, aunado un creciente interés por la revolución cubana, hizo que el escritor se adentrara más y más a la actividad política, contradiciendo la visión que él mismo había dado a sus personajes.

Tal vez porque ellos eran lo más humano que había conocido, o quizá porque vio en el espejo Carter y en el espejo Oliveira la terrible apatía en la que vivía, en todo caso el cambio fue más bien ecléctico.

Un día, de golpe, descubrió que tenía una responsabilidad extra-literaria, “porque eres escritor, y ahí empieza el drama (...) Entonces, mi responsabilidad como argentino y como latinoamericano frente a los problemas pavorosos que tienen nuestros países es aprovechar ese acceso a miles de lectores.

Yo sé que hay pérdidas, lo sé muy bien, sé que si me dedicara sólo a la literatura ese libro con el que estoy soñando quizá estuviera terminado ya. Pero como tengo la intención fi rme de escribirlo, no todo está perdido”.

Y hasta el día de su muerte, un domingo 12 de febrero de 1984, esa intención se mantuvo firme, lo mismo en lo literario que en lo político. Murió, digamos, luego de haber encontrado su Kibbutz del deseo.