Cuando conocí a Cortázar

Acepto que me acerqué a la lectura de aquel viejo Cortázar más por compromiso escolar, porque tenía un mes y una calificación que salvar.
Cortazar
(Cortesía)

Ciudad de México

I

Mucho tiempo después, cuando leí el cuento “Axolotl”, supe que también Julito, como decidí llamarlo, había experimentado esa incipiente sensación de arraigo, o familiaridad con aquellos anfibios, como yo con su obra.

II

Estaba en tercero de secundaria, cursaba una materia que tenía algo que ver con Lectura y Redacción, pero realmente no lo recuerdo bien porque a esa edad, catorce años, uno piensa en todas las cosas del mundo, quiere todas esas cosas, menos la clase de Lectura y Redacción. En mi salón, el 3º E, sumaban 36 alumnos, 36 mentes dispersas, diversas y emocionantes en el alba de sus pensamientos. Cuando alcanzamos el tema de “Novela latinoamericana” en el programa escolar, la imperturbable y siempre bien combinada Walda Cruz, nos recetó Rayuela. Recuerdo que dijo “Algo leve” mientras sonreía, de las pocas veces que le vi ese gesto. Nos dio un mes para leerla, nos pidió que apuntáramos lo que nos parecía más relevante o interesante del libro. Los 36 alumnos de mi clase compramos el libro, que en su edición de bolsillo contaba con 346 páginas. Ya sé que dije que recordaba pocas cosas de ese tiempo, pero cómo olvidar la clase de la maestra Walda y sus leves apuntes sobre la literatura fantástica, sobre el realismo mágico; cómo olvidar la lectura maratónica que hicimos de Julio Cortázar, los recreos en que, dispersos por la cafetería, las canchas de fut, los pasillos, se aparecía de pronto Ollín platicando con Christian sobre el capítulo 83 que no podían entender; o a Karen que hablaba con Lupe y repetían aquel famoso capítulo 7: “Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano”. Cuando conocí a Julio Cortázar comencé a querer recordar más cosas, puse más atención en las eventualidades del mundo, comprendí que la escuela era un lugar en él, que mi maestra de Lectura y Redacción tenía un lugar privilegiado en él y que había comenzado, hacía un tiempo, nuestra propia apuesta en un juego como aquel libro, como una rayuela.

Acepto que me acerqué a la lectura de aquel viejo Cortázar —el libro había salido en 1963— más por compromiso escolar, porque solo tenía un mes y una calificación que salvar, y un poco menos por la curiosidad del nombre de la novela; acepto también que, mientras saltaba del capítulo 122 al 112, luego al 154 y luego al 85, mi incomprensión y compromiso se iban convirtiendo en gusto, quizá con reminiscencias de incomprensión, pero de pronto con renovado buen humor.

Recuerdo cómo la vocación, o los distintos causes de nuestras vidas se fueron bifurcando desde esa etapa: Romeo, que jugaba basquetbol, se interesó quizá dos capítulos, luego decidió dejar el libro y pedir copia en el examen. Lore, que después estudiaría algo de “Nutrición”, dijo “Ash” y también dejó a Julito. Ollín, por otra parte, se intrigó tanto con la “forma” en que el texto se presentaba, que investigó más y, claro, siempre la niña del diez, terminó dándonos una exposición muy extensa y aburrida sobre el libro y su autor. Lupe, por su parte, con Alejandra, con Yetna y seguro con alguien más, terminaron sintiéndose la Maga, o queriendo llamarse así; y estábamos en la justa edad en que era admisible querer ser la Maga, añorar París y aventuras, bohemia y ser grandes ya pronto. Yo quería ser siempre alguien más, quizás el extraño Oliveira que deshace sombrillas y duerme bajo puentes.


III

La cosa es que a muy pocos nos interesó ese juego al que nos invitaba el loco Julito. Muy pocos tuvimos la paciencia de recorrer, luego de Rayuela, la “Carta a una señorita en París”, el Bestiario, las Historias de cronopios y de famas o las “Instrucciones”. Quizás era una toma de pulso, como tanto dicen por ahí, de nuestra capacidad para el asombro, de nuestra capacidad para volver a jugar mientras leíamos; porque luego comprendí que lo que Walda pretendía con aquella presentación de tal literatura, oh, Walda querida, era nuestra iniciación en el mundo de las letras. Pero pocos lo entendimos, pocos sentimos esa transmutación de axólotl a hombre.


IV

“No hay nada de extraño en esto, porque desde el primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos”. Ahora, que se cumple un centenar de sus graves otoños, seguimos sin entender a Julito, a Walda, seguimos buscando ser la Maga y, sin embargo, a veces hasta imitando la voz afrancesada de aquel gran cronopio.

Jessica Santiago (Oaxaca, 1991) estudia Humanidades en la UABJO. Es becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas de Jalapa.