Ladydi [fragmento]

*Fragmento de la novela Ladydi publicada por Penguin Random House
Portada del libro.
Portada del libro. (Cortesía)

Ciudad de México

Corre y escóndete en el hoyo.

¿Qué dijiste, mamá?

Corre y escóndete en el hoyo. Ahora mismo. Calla.

¿Qué?

Calla. Calla.

Mi madre estaba afuera cuando vio una camioneta color marrón a lo lejos. Más que verla propiamente, la oyó. Hubo un silencio en la selva conforme los insectos y los pájaros se acallaron.

Rápido, dijo, corre. Corre.

Salí corriendo por la puerta hacia el pequeño claro a un lado de la casa y bajo una pequeña palmera.

El hoyo estaba cubierto con hojas de palmera secas. Hice a un lado las hojas con forma de abanico y me metí arrastrando. Desde dentro, alcancé las hojas y las coloqué otra vez sobre la apertura.

El hoyo era demasiado pequeño. Mi padre lo había cavado cuando yo tenía seis años. Tuve que ponerme de costado con las rodillas pegadas al pecho, como los esqueletos hallados en tumbas antiguas que había visto por televisión. Podía ver huecos de luz que asomaba entre el techo de hojas.

Oí el ruido de un vehículo que se acercaba.

La tierra alrededor de mí tembló cuando la camioneta llegó a nuestra casita y se detuvo en el pequeño claro, justo arriba del hoyo y arriba de mí.

Mi reducido espacio se oscureció, acostada yo a la sombra del vehículo. Entre las hojas pude ver la parte de abajo de la camioneta, una red de tubos y metal. Arriba de mí el motor se apagó. Pude oír el sonido del freno de mano cuando jalaron la palanca. Se abrió la puerta del lado del conductor.

Una bota vaquera café de tacón alto pero cuadrado y masculino bajó del auto.

Esas botas no eran propias de esta tierra. Nadie usaba botas así en este calor.

De pie, con la puerta del coche abierta, miraba en dirección a mi madre. Desde el hoyo yo sólo alcanzaba a ver las botas de él y las chancletas rojas de plástico de ella, frente a frente.

Buenos días, madre, dijo él.

La voz del hombre no era propia de esta tierra. Las botas y su voz eran del norte de México.

¿Siempre hace tanto calor por acá?, preguntó. ¿Como a cuánto estaremos?

Mi madre no respondió.

Ay, madre, baje esa pistola.

Se abrió la otra puerta del coche.

No pude voltearme en el hoyo para tratar de ver, así que sólo escuché.

Del lado del pasajero de la camioneta bajó otro hombre.

¿Me la desaparezco a balazos?, preguntó el segundo hombre.

Tosió y resolló después de hablar. Tenía una voz asmática del desierto, una voz de serpientes de cascabel y tolvaneras.

¿Dónde anda su hija, eh?, preguntó el primer hombre.

No tengo ninguna hija.

Ay, claro que sí. No me mienta, madre.

Oí un balazo que dio en la camioneta.

El vehículo tembló arriba de mí.

Oí tronar el ra–ta–ta de una ráfaga de ametralladora junto con el silbido de las balas destrozando las paredes de ladrillo de nuestra casa.

Luego cesó. La selva se hinchó y se contrajo. Insectos, reptiles y pájaros se callaron y nada se frotaba con nada. El cielo se oscureció.

La ametralladora había desfondado la montaña.

Éramos su mejor esperanza, madre, dijo el primer hombre.

Ya dejé el lugar bien marcado, ¿qué no?, oí decir al segundo hombre con un agudo resuello que se volvió chiflido.

Los dos hombres se volvieron a subir al automóvil y cerraron las puertas de golpe. El conductor giró la llave y arrancó el motor. Cuando puso su bota en el acelerador arriba de mí, el hoyo se llenó del humo del escape del vehículo. Abrí la boca y aspiré los gases nocivos.

El coche se echó en reversa y se alejó por el camino. Respiré profundo.

Inhalé el veneno como si fuera el aroma de una flor o una fruta.

Mi madre me hizo permanecer en ese hoyo dos horas más.

Tú no sales de ahí hasta que oiga cantar a un pájaro, dijo.

Ya casi estaba oscuro cuando quitó las hojas del hoyo y me ayudó a salir. Nuestra casita estaba rociada con docenas de balazos. Hasta el papayo tenía heridas de bala y la dulce savia manaba de los agujeros en la corteza suave.

Mira nada más, dijo mi madre.

Volteé. Estaba señalando el hoyo con el dedo.

Me asomé y vi cuatro alacranes albinos. Los más mortíferos.

Esos alacranes te tuvieron más compasión de la que te va a tener ningún ser humano, dijo mi madre.

Se quitó una chancleta y los aplastó a golpes a los cuatro.

La compasión no es una calle de doble sentido, dijo. Luego los recogió con su mano y los echó a un lado.

Cuando levantamos las hojas de palmera para volver a cubrir el hoyo, encontramos un inhalador para asma de plástico azul. Estaba en el suelo donde el segundo hombre había disparado su arma contra mi casa y los árboles.

¿Qué hacemos con esto?, pregunté. Me daba miedo tocarlo.

Te apuesto a que no regresa a buscarlo, dijo mi madre.

Pero ese hombre no va a poder respirar.

Déjalo ahí. No lo toques.

Al día siguiente, subiendo la montaña al claro donde los celulares a veces funcionaban, nos enteramos de que esos hombres habían conseguido robarse a Paula.

María se hallaba sentada, sola, bajo un árbol pellizcándose la cicatriz de su labio leporino. La madre de Estéfani, Augusta, estaba parada en el mero centro del claro sosteniendo su celular por encima de su cabeza tratando de obtener señal. La abuela de Estéfani, Sofía, hablaba frenéticamente con alguien.

La madre de Paula, Concha, estaba sentada mirando fijamente su teléfono como si con los ojos pudiera hacerlo sonar. Llámame, llámame, Paula, llámame, le susurraba al teléfono.

Mi madre se sentó junto a Concha.

Primero fueron a nuestra casa, dijo mi madre.

Concha levantó la cara y me miró. ¿Te metiste en tu hoyo?, preguntó.

Sí. Estuve en el hoyo.

Paula no alcanzó a llegar. Los perros no ladraron. No los oímos venir. Los perros no ladraron.

Concha tenía los perros más malos y aterradores que hubiésemos visto. Eran animales lastimados, atropellados por coches, que ella recogía de la carretera. Tenía por lo menos diez perros que absorbían la sombra de los árboles alrededor de su casa. En su mayoría eran cruzas feas. Mi madre decía que esos perros necesitaban veneno.

Concha sostenía el celular por encima de su cabeza.

Nunca los oí matar a los perros, dijo.

¿Mataron a los perros?

Paula y yo estábamos viendo la televisión, dijo Concha. Nos acabábamos de bañar, estábamos envueltas en nuestras toallas, refrescándonos, sentadas en el sofá. Oí ruido atrás de mí. El tipo nos hubiera podido tocar. No lo oí. Me apuntó con una pistola. Usó la otra mano para enroscarle un dedo a Paula. Tú vienes conmigo, dijo, pero en realidad no lo dijo. Lo dijo su dedo al enroscarse una y otra vez. Paula se puso de pie, sosteniendo la toalla alrededor de su cuerpo. Caminó hasta donde estaba él y los dos salieron por la puerta y se subieron a la camioneta. Y ella seguía envuelta en su toalla, sólo traía la toalla.

Concha los siguió y vio cómo la camioneta desaparecía camino abajo. El patio estaba cubierto con los cuerpos sangrantes de sus perros muertos. Adentro, la televisión seguía prendida a todo volumen.

Descalza, envuelta en una toalla, volvió a decir Concha, y meneó la cabeza.

Debajo del limonero, a la orilla de su pequeño solar, estaba el hoyo que había cavado hacía años para que se escondiera Paula.

Allí enterré a los perros, dijo Concha. Nomás los eché uno arriba de otro en el hoyo de Paula.

Ese día Mike andaba en lo alto del claro. Mascaba su chicle rítmicamente usando sólo los dientes frontales. La blanca bola de chicle aparecía y desaparecía tras sus labios. Yo hacía varias semanas que no lo veía porque se pasaba la mayor parte del tiempo en Acapulco. Siempre se mantenía apartado de todos, con el brazo en alto, el teléfono en el aire, buscando señal. Traía por lo menos cinco celulares repartidos por todo su cuerpo, en todos los bolsillos. Sonaba como una caja musical de tonos, vibraciones, timbres y música rap y electrónica. Decía que tenía un teléfono de Estados Unidos, otro de la Ciudad de México, otro de Florida y varios de Acapulco. María fue la que me contó que Mike vendía mariguana. Por eso tenía dinero. Gracias a Mike en nuestra montaña todos los meses del año era Navidad. Se la pasaba comprándole regalos a medio mundo.

Si Mike andaba por acá, se pasaba el tiempo en lo alto del claro. Recibía llamadas de todo Estados Unidos y de Europa. Hasta tenía una página de Facebook y una cuenta de Twitter. Parecía que todos en Estados Unidos sabían que Mike era a quien había que comprarle drogas en México. María decía que Mike era famoso en Estados Unidos. Cuando allá eran vacaciones, había turistas, sobre todo los chicos que venían durante el descanso primaveral, que le encargaban a él sus drogas desde antes de llegar a Acapulco. Su apodo era Mister Wave.

Mike se pasaba todo el día enchufado a su iPod, así que era imposible hablar con él. Escuchaba hip–hop y rap y siempre andaba brincoteando y moviéndose a ese ritmo. Hasta hablaba poniéndole ritmo a las palabras. Si él hubiera tenido un sueño habría sido ser bailarín de hip–hop en Nueva York. Si hubiera tenido un sueño, pero no lo tenía. Su vida transcurría de fin de semana en fin de semana como si esos siete días, de lunes a domingo, fueran una estación.

El día que se robaron a Paula, apagó su iPod y lo sepultó en lo profundo del bolsillo delantero de sus pantalones de mezclilla.

Ese día lo único que todos podíamos oír era el silencio de los celulares. Nada más. Era la tonada del rapto de Paula. Ésa era la canción.