El Rock de la Langosta: Jean-Paul Sartre y las drogas

Ser perseguido por langostas imaginarias ayudó al gatillero del existencialismo a tomar la vida con humor. El 15 de abril se cumplieron 25 años de su muerte.
Jean Paul Sartre.
Jean Paul Sartre.

México

Mientras vivía, Jean-Paul Sartre (1905-1980) fue el filósofo y ateo militante más famoso del mundo. También de los más intoxicados: a los litros de café y alcohol se une su consumo diario de anfetaminas por más de 20 años. Y por una larga temporada, de mescalina, a tal grado que llegó a alucinar langostas, un séquito de enormes crustáceos que lo acompañaban a todas partes: por la calle, en su casa, cuando daba clases, conferencias o tomaba el desayuno. Hasta el punto de despertarse y preguntarles si habían dormido bien, “mes amis” (mis amigas). Inclusive llegó a tenerles cariño, refiriéndose a ellas como “mis pequeñas”.

Dentro de esa gran pedantería que caracterizaba a Sartre, tenía sentido del humor por lo absurdo. Esto le ayudaría en muchas ocasiones a sobrellevar su abollada existencia y depresión: “No tenemos derecho a lamentarnos por nuestro destino”.

La inmensa popularidad de este filósofo-héroe se debía, primero, a ser el principal abanderado del existencialismo en un momento histórico donde la filosofía llegaba a llenar ese hueco espiritual dejado por los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Segundo, porque gracias a su posición recalcitrante como revolucionario contra la autoridad, Sartre se convirtió en una especie de estrella de rock entre la juventud, en una época donde el Che Guevara, la Revolución Cultural China e ir contra la burguesía era lo verdaderamente cool.

El pensamiento sartreano, incitador, rebelde, enfatizaba su propuesta en la libertad absoluta del hombre, en su igualdad y en un ateísmo de izquierdas sin el cual no hubieran existido movimientos como el Beatnik, en los años 50, o el Hippie, en los 60. Esta posición lo llevó en 1964 a rechazar el Premio Nobel de Literatura (y su aproximado millón de dólares).

Feo, pero con onda

La infancia de Jean-Paul fue la de un pequeño consentido y adorado por las muchas mujeres que rodearon su entorno familiar. Por lo mismo, y como era de esperarse, odió su niñez: el que se convertiría en el paladín intelectual de la clase trabajadora, el marxista insignia de la inteligencia europea, venía de una familia burguesa feliz donde pudo hacer y decir lo que le venía en gana. Los mimos y apapachos expandieron rápidamente su ego: “¡Soy un genio!”, gritó el nene Jean-Paul… y nadie le dijo que no.

A edad temprana, Sartre sufrió un accidente que marcó su apariencia de por vida. Durante unas vacaciones en la playa no se tomó en serio un resfriado que desembocó desastrosamente en un glaucoma en el ojo derecho, que a su vez degeneró en estrabismo y en la falta parcial de la vista (de grande quedaría ciego).

A la grotesca bizquera y miopía de sus abotagados ojos se añadía una notable fealdad con desatino de movimientos, todo ello enfundado en un cuerpo de 1.50 m de estatura que lo hacían verse como un sapo torpe, o un ogro, dependiendo del humor del día. Sin embargo contaba con una gran personalidad, inteligencia, audacia y superego de campeonato: nada más comenzaba a hablar y su fealdad se desvanecía.

A los 15 años ingresó al prestigiado Lycée Henri IV. De ahí aprobó el difícil examen que le dio plaza en la famosa École Normale Supérieure, donde se concentraba la crema y nata de los estudiantes universitarios del país. Por allí pasaron el antropólogo Claude Levi-Strauss y la filósofa, un tanto histérica, Simone Weil

El joven Sartre no tardó en salir de su timidez parroquial para dedicarse a beber cerveza y seducir con su inteligencia a las muchas damitas que de buen agrado lo acompañaban (su apetito sexual era voraz). Como buen intelectual se dejó de bañar y comenzó a fumar pipa. Así, culiatornillado a la silla, el elocuente Jean-Paul se convirtió en la estrella de la discusión en el café: el cuartel general del pensador parisino.

Fue en una de esas eternas discusiones cuando conoció a Simone de Beauvoir (1908-1986), niña bien, inteligente, no necesariamente bella pero poseedora de una fuerte personalidad y cara de mal portada que sucumbió a los encantos del batracio pensador. La apodaban el Castor por la similitud de su apellido con la palabra en inglés beaver, “castor”.

Lo de ellos fue amor a primera vista: “Es encantadora, bonita, pero viste fatal… lleva un sombrerito horrendo”, escribió Sartre. Él tenía 24 años, ella 21; permanecerían juntos el resto de sus vidas en una relación más abierta que puerta de cantina.


(Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre se entrevistaron con Ernesto Che Guevara, en Cuba, en 1960).

Existencia y anfetamina, sí van

La estrella del cabaret parisino Juliette Gréco, amiga de Sartre, tenía una canción en su repertorio cuyo estribillo resumía perfecto la corriente existencialista: “Lo que haces es lo que llegas a ser” (no por nada su más aplaudido disco fue Odio los domingos, 1952).

Es la existencia del ser humano, el ser libre, la que define su esencia. El hombre no es un desdichado objeto, es un sujeto en el mundo que se crea a sí mismo. Es imprescindible que el hombre tenga libertad absoluta para existir.

Ser existencialista podía ser una pose frívola, como esos bohemians-chic que vemos deambulando en la Condesa. Pero con “el intenso” Sartre se convirtió en una estimulante filosofía de la acción, donde se exigía el compromiso total de la persona en todos sus ámbitos, con la cual adquiría su libertad: “no puedo tomar mi libertad como fin si no tomo igualmente la de los otros como fin”.

Los escritos de Sartre, junto con su desenvuelta genialidad como figura pública, influenciaron la vida artística, intelectual y política de su tiempo, llevando a una rebelión contra los valores clasemedieros de una sociedad destrozada por la guerra. Para él no valía la pena escribir si no se podía cambiar el mundo.

Para este propósito, y para otros, Jean-Paul se ayudaba consumiendo inmensas cantidades de speed, café, tabaco y alcohol, sin los cuales prácticamente no podía escribir (ni levantarse de la cama).

Su droga favorita fue la coridrina, un fuerte estimulante mezclado con aspirina que por su toxicidad se prohibió a principios de los años 70. La dosis en la caja indicaba no más de dos al día, pero el autor de la Crítica de la razón dialéctica (1960) prefería tomarse 20, la mayor de las veces en puños de cinco. Este régimen lo llevó por años e influenció la mayor parte de su trabajo importante.

A partir de 1935 empezó a “experimentar” con mescalina, sustancia activa del peyote. Mientras escritores como Aldous Huxley veían la armonía del universo y hasta la paz interior de un mosco Tsé-Tsé con su consumo, a Sartre se le aparecían langostas. Fue durante este tiempo que escribió  La Náusea(1938), su primera novela filosófica y semi-autobiográfica.

Lo que se convertiría en el más importante manifiesto existencialista fue escrito mientras su autor se freía las neuronas con anfetaminas y mescalina. Varios pasajes de la La Náusea están impregnados de sus alucinaciones crustáceas. Antoine Roquetin, el personaje principal y autobiográfico de la obra, cree convertirse en cangrejo:

“No necesito voltearme para saber que me miran a través de los vidrios; miran mi espalda con sorpresa y disgusto; creían que era como ellos, que era un hombre y los he engañado. De pronto perdí́ mi apariencia de hombre y vieron un cangrejo que escapaba a reculones de esa sala tan humana. Ahora el intruso desenmascarado ha huido: el show debe continuar.”

También en su obra de teatro Los Condenados de Altona (1958), una raza de cangrejos sirve como juez de la humanidad.

Agenda apretada

Si no fuera por las drogas, Sartre no hubiera mantenido el frenesí creativo que le caracterizó, ni su intensa vida social enmarcada en una estricta rutina que raramente alteró durante su vida.

Por lo regular, se levantaba a las 8:30 a.m. Desayunaba. De ahí trabajaba hasta la 1:30 p.m., para después dirigirse a un almuerzo con amigos o alguna de sus muchas novias. A las 3:00 p.m. iba a visitar a algunos amigos a sus casas, o aprovechaba ese valioso tiempo para tener sexo con su dama en turno. Entonces regresaba apresurado a su departamento a seguir trabajando hasta las 9:00 p.m., cuando paraba para irse a cenar, normalmente acompañado del Castor. Se acostaba a la media noche o un poco más tarde, pero como era de esperarse nunca concilió el sueño rápidamente.

Al día siguiente repetía el círculo; el esfuerzo de trabajo se manifestaba en las 30 o 40 páginas que escribía diario, además de las clases, conferencias y apariciones que hacía en diferentes medios, por supuesto rebozado en estimulantes.

Entre su vasto corpus, Simone de Beauvoir dejó muchas memorias (nueve tomos de más de 500 páginas cada uno) donde comenta los “mal viajes” de Sartre: “A veces no tenía otro tipo de alucinaciones, objetos que cambiaban de apariencia de manera horrible: sombrillas que se convertían en buitres, zapatos en esqueletos y muchas de las caras familiares en monstruosidades (...). Lleva varios días en una completa depresión y su humor cambia repentino, como cuando estaba en mescalina. Esto lo asusta, sobre todo cuando sus facultades visuales se distorsionan”.

Sartre, pensando que se volvía loco y asustado de no poder controlar a las langostas, consultó al entonces joven psiquiatra Jacques Lacan, quien atribuyó sus alucinaciones no sólo a la droga, sino a una depresión crónica. Por lo mismo las visiones debían ser racionalizadas, puestas en perspectiva, y para eso no había mejor solución que escribir; el poder de las palabras lo era todo, su verbalización podía poner las cosas en su sitio.

El Rock de la Langosta

Al final de todo, las langostas comenzaron a aburrirle y fueron desapareciendo una a una. Años después diría en público que extrañaba a sus compañeras. El existencialismo tuvo su dosis de comedia.

A su muerte, en 1980, el mundo juvenil tenía dos años de bailar y cantar la canción sensación del grupo fiesta B’52, Rock Lobster (Rock de la Langosta). De haberla escuchado el gatillero del existencialismo y su ácido humor la hubieran tomado como bandera, y quién sabe, quizás se hubiera escuchado a todo volumen durante su funeral, el 15 de abril de ese año, al que más de 50 mil admiradores acompañaron el cortejo fúnebre al cementerio de Montparnasse. Por cierto uno de los ellos se cayó en la tumba sobre su ataúd:

Estábamos en una fiesta 
Su lóbulo de la oreja cayó en el abismo 
Alguien metió la mano y lo agarró 
Se trataba de una langosta 

Estábamos en la playa 
Todo el mundo tenía las toallas en juego 
Alguien entró en el muelle 
Y allí vio una roca 
No era una roca 
Se trataba de una langosta 

Emoción en el océano 
La manguera de aire acondicionado se rompió 
Un montón de problemas 
Un montón de burbujas 
Él estaba en problemas 
Como una almeja gigante 

Abajo, abajo (…)

Rock Lobster (1978), B’52.