Jane Goodall: la señora de los chimpancés en México

La célebre antropóloga inglesa, defensora de los recursos naturales del planeta y notable estudiosa de los animales, estuvo de visita para dar a conocer su labor mundial.

México

Nació en Londres, pero su casa es la Tierra. Viaja 300 días al año en una cruzada sin fin convencida de que aún hay tiempo para salvar al planeta: “Tenemos que crear una nueva cultura, si no lo hacemos un día será demasiado tarde. Las leyes se rompen, los gobiernos se corrompen con el poder del dinero, lo que me propongo es tocar corazones y la mejor manera de hacerlo es contando historias”, dice Jane Goodall en entrevista.

A sus 82 años, la figura más reconocida de la conservación en el mundo, primatóloga, antropóloga, etóloga, la mujer que cambió un paradigma al descubrir las similitudes cerebrales entre el ser humano y el chimpancé, autora de 19 libros y 15 más para niños, participante en más de 20 documentales, está llena de premios y doctorados honoris causa, pero sobre todo de historias. Y en su paso por México el 26 y 27 de abril, cautivó con sus narraciones. Dio la conferencia “Un mensaje de esperanza” en la Universidad Iberoamericana, desayunó con los medios, comió con ambientalistas, platicó con el sector financiero —“el secreto no es señalarlos con el dedo acusatorio, sino sensibilizarlos”, me dijo— y seguirla de un lado a otro fue comprobar que la ciencia y el humanismo van de la mano.

Amó a los animales desde niña. Apenas tenía un año y medio cuando su madre la descubrió con un montón de gusanos en su recámara; a los cinco, en una granja, pasó todo un día de observación para saber cómo ponían huevos las gallinas; cuando al fin la encontraron, lejos de regañarla, su madre le preguntó qué había descubierto. “Así —dice— se crea un pequeño científico: con curiosidad, paciencia, preguntas, y una madre que apoya”. La suya, Margaret Myfanwe, que era novelista, alimentó la pasión de su hija con libros de animales que ella devoraba. Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Jane tenía 10 años y una familia sin muchos recursos económicos, pasaba tardes enteras en una librería de segunda mano viendo libros hasta que se topó con Tarzán, el rey de los monos, se enamoró del personaje “que se casó con la Jane equivocada” y desde entonces ir a África se convirtió en un sueño. Su padre Herbert, hombre de negocios, intentaba disuadirla diciéndole que aquello no era para una niña y que buscara un sueño posible. Su madre, en cambio, le dio alas: “Si de verdad deseas algo, tienes que estar preparada para trabajar muy duro, aprovechar cada oportunidad y sobretodo, nunca te rindas”.

A los 23 años se embarcó a África. La gran aventura comenzó cuando el famoso antropólogo Louis Leaky la invitó a estudiar a los chimpancés en Gombe, Tanganika (hoy Tanzania) en 1960. Luego de unos meses, cuando los simios le habían perdido el miedo, hizo una observación que resultó clave. Vio a un chimpancé introducir una varita al nido de las termitas para luego sacarla y comérselas. “Se suponía que solo los humanos usaban herramientas tecnológicas, por lo que el doctor Leaky propuso redefinir el término ‘humano’ y su significado”.

“Biológicamente los simios se parecen más a nosotros que cualquier otra creatura en el mundo: el 96 por ciento de nuestro ADN es igual y el cerebro es casi idéntico”. Goodall viajo a doctorarse en Etología (estudio del comportamiento) a Inglaterra y regresó a continuar su investigación, siempre apoyada por Leaky. Entonces comprobó que los lazos familiares, el aprendizaje, el juego, la crianza, las conexiones emocionales, la experimentación y expresión de sentimientos, que van desde el amor y el altruismo hasta la violencia entre grupos, son más parecidas a nuestras conductas sociales de lo que se pensaba. Nos hace diferentes el lenguaje oral.

“No somos los únicos seres sociales, ni los únicos con personalidad, inteligencia y sentimientos”. La afirmación causó controversia en la comunidad científica porque, además, Goodall no enumeraba sino que ponía nombres propios a los chimpancés.

Cuando Jane Goodall se percató del descenso en las poblaciones de chimpancés debido a la cacería furtiva, la deforestación, la explotación de los recursos naturales por parte de consorcios multinacionales y la precariedad en la vida de las comunidades locales, se hizo activista. Había fundado ya, en 1977, el Instituto Jane Goodall, no solamente para seguir impulsado la investigación sobre los chimpancés, sino la protección de las especies amenazadas a través de programas de conservación enfocados en el fortalecimiento de comunidades locales y el uso sustentable de sus recursos.

Se pregunta: “¿Cómo es que este ser tan inteligente que ha desarrollado la tecnología para recibir imágenes desde Marte esté destruyendo el planeta?”. Se responde: “Dejamos de ser sabios. Hay una desconexión entre el cerebro y el corazón”.

“¿Pero en qué momento nos desconectamos de la naturaleza?”, le pregunto.

“La desconexión surgió cuando más y más gente se mudó a las ciudades y se ha intensificado debido a internet; los niños pasan la mayoría del tiempo mirando las pantallas y cada vez se divorcian más del contacto directo con la naturaleza. Esto es trágico, hay que alcanzar un equilibrio. Porque la tecnología digital también nos está ayudando a entender, por ejemplo, el efecto de la deforestación, y estamos coleccionando más y más imágenes con voluntarios locales que con sus pequeños smartphones suben fotos de la destrucción de sus bosques a una nube para compartirlas por todo el mundo”.

Uno de sus nuevos programas, “Tapestry of hope” (tejido de esperanza), consiste en el enlace virtual de comunidades infantiles que trabajan por el medio ambiente. Por ejemplo, aquellas que están protegiendo la ruta migratoria de la Mariposa Monarca.

A Goodall le preocupa lo esencial: la destrucción de la selva tropical —principal recurso natural para contrarrestar la producción de CO2—; la creciente demanda de carne para consumo humano, que incrementa la producción de metano y el uso de combustibles fósiles; la destrucción de la biodiversidad con fertilizantes y pesticidas que envenenan los árboles, la codicia humana...

Narra que cuando se percató de la desesperanza y la apatía de los jóvenes y su idea de que nuestra generación está destruyendo el futuro y que ellos ya no pueden hacer nada, fue que emprendió su programa Roots & Shoots (Raíces y Brotes) que trabaja con estudiantes desde preescolar hasta la universidad en 140 países. Ellos, junto con sus maestros, identifican problemas de su entorno y diseñan soluciones a través de proyectos ambientales y comunitarios. En México, el programa ya funciona en Yucatán, Chiapas y Quintana Roo, y crecerá con el apoyo del Fondo Mexicano para la Conservación de la Naturaleza (FMCN), cuyo director, Lorenzo Rosenzweig, organizó la visita de Goodall a México.

Cuenta: “Trabajamos con refugiados en Tanzania que venían del otro lado del Congo donde había enfrentamientos. Ahí donde los reubicaron de regreso todo era devastación, emprendimos el programa y tiempo después las plantas estaban creciendo, había niños jugando, el entorno reverdecía. Cuando hay resultados, éstos resultan inspiradores”.

El uso de nuevas tecnologías para la generación de energías no contaminantes, la resilencia de la naturaleza y la conciencia ambiental que crece día a día, son motivos de esperanza para Jane Goodall. “No podemos dejarlo todo en manos de los gobiernos y lo científicos, cada individuo puede hacer la diferencia 24 horas al día. Plantar árboles y cuidar de los animales es importante pero también cambiar hábitos de consumo, decidir qué compramos, pensar de donde viene el producto, si es de muy lejos qué tanto combustible se usó o si la producción implicó esclavitud infantil. En México y en todo el mundo hay jóvenes en busca de un mundo mejor y niños en defensa de lo que amamos”.

Le pregunto a Goodall por qué en los países más ricos en recursos naturales es donde más pobreza encontramos en la vida de la gente.

“Sí, la gente no puede aprovechar sus recursos de manera sustentable cuando vive en la pobreza, tala árboles para sembrar un poco de comida para su familia o para hacer carbón. La cuestión es ayudarles a hacer uso de su riqueza de manera que no se destruya el entorno. Y para eso no hay manuales. La diversidad de lugares, de gente, de comunidades, de niños, de problemas y necesidades hace que nosotros trabajemos a nivel local y decidamos con la gente”.

En ese sentido se creó “Take Care”, el programa que consiste en mejorar el nivel de vida de las comunidades a través de educación, becas, microcréditos y apoyo a sus propios proyectos sustentables, desde la planificación familiar hasta el restablecimiento de la fertilidad del suelo. Asegura que “a mayor educación de las mujeres, mejor el nivel de vida de las familias”.

Desde hace dos décadas el Instituto Goodall creó un programa de rescate de chimpancés huérfanos dentro de la reserva natural de Tchimpounga, en el Congo. Circula en internet un video que documenta cuando Jane y su colega, Rebeca Atencia, liberan a Wounda en una isla, luego de ser rehabilitada. Jane le habla y la chimpancé la abraza y acaricia largamente ante la sorpresa de todos. Le pregunto qué fue lo que le dijo y qué significó el abrazo.

“Fue muy extraño. Yo la conocí ese día. Ella iba anestesiada dentro de una jaula en el bote y cuando despertó le dije que todo estaría bien. Bajamos a la isla, abrimos la jaula y me abrazó. Yo estaba asombrada, no era un abrazo común, fue tres o cuatro veces más largo de lo normal. Yo le había dicho hola, estarás bien, ¿qué me dijo en el abrazo?, que confiaba en mi y en la gente que la rodeaba. A su madre le dispararon cuando ella era muy pequeña y Wounda (que en lengua local significa ‘cerca de la muerte’) estaba famélica, cayó en coma. Rebeca la rescató, le hizo una transfusión de sangre y no solo se salvó sino que ahora es la hembra dominante, la número uno en un grupo de 30 chimpancés con los que interactúa. Y además tiene un bebé”.

Menuda y suave, Jane Goodall se despide con Mr. H (un changuito de peluche) en brazos.