Jack London: Reportero de guerra en Veracruz

Los artículos del escritor californiano no solo mostraban los contrastes políticos y culturales entre las dos naciones, sino que ofrecieron una interesante perspectiva del temperamento mexicano. A ...
Jack
(Cortesía)

Ciudad de México

En 1914, cuando la segunda intervención estadunidense en México era inminente, la revista Collier's envió a Jack London como corresponsal junto al ejército del General Frederick Funston. En la biografía que escribió de su esposo, Charmian London cuenta que fue llamado el 16 de abril, tras el bombardeo de la Escuela Naval de Veracruz. Juntos se embarcaron rumbo a Galveston, Texas, pero al llegar ahí, mientras los otros corresponsales recibían sus credenciales de Washington y se preparaban para partir, London se encontró con que su visa no había sido autorizada. La causa era el panfleto The Good Soldier, una condena del servicio de las armas que años antes había circulado con su firma. Para cuando logró convencer a las autoridades de que no era el autor, la acción militar en México había terminado. El autor mitigó su frustración escribiendo una serie de observaciones de su estancia en Veracruz y una visita a Tampico bajo la ocupación estadunidense.

Charmian relata un incidente en Galveston que revela la ambivalencia de London ante la guerra: una mañana los despierta música marcial. Al ver por la ventana el espectáculo de los soldados embarcándose para la acción, London cita el poema “The Illusion of War”, de Le Gallienne —la advertencia de que dicho espectáculo encubre una despiadada carnicería. Más tarde, sucumbiría a la admiración por la eficiencia con que sus compatriotas administraban la maquinaria de guerra.

La biografía de Charmian es honesta y valiente, pero no es ejemplo de imparcialidad. Al recordar la condena de la izquierda a los chauvinistas artículos sobre México, hará una pobre defensa de las paradojas de su esposo. Sin embargo, la misma defensa revela hasta qué grado la contradicción era un rasgo definitivo de su personalidad.

Los London pasarían seis semanas en México, con una rutina de paseos a caballo, cenas en la flota naval y bailes en los patios entre los portales, donde se daban interminables conversaciones con una abundancia variopinta de personajes. London caería gravemente enfermo de disentería, y regresarían a Galveston en un barco de transporte para ganado, donde los soldados jugaban a las cartas sobre los ataúdes de otros que tuvieron menos suerte.

La postura de London ante las vicisitudes de México en esos años turbulentos incurrió en contradicciones no menos tumultuosas. Aún se cita su entusiasta saludo a los camaradas que hacían la revolución en México, tras la “gallarda” toma magonista de Mexicali en 1911: “Nosotros los socialistas, anarquistas, vagabundos, roba gallinas, forajidos e indeseables ciudadanos de los Estados Unidos estamos con ustedes de todo corazón…”

Dos años más tarde publicó en el Saturday Evening Post su cuento “El mexicano”, historia un tanto sentimental de un jovencito que se inmola en los cuadriláteros de los gringos que odia para sacar dinero para la revolución. Pero para 1914 se deshacía en loas a la intervención estadunidense en México. Sus contemporáneos, así como biógrafos y críticos posteriores, han tratado de dar cuenta de estas contradicciones. Se menciona el colapso moral que llevaría a su muerte en 1916 —que algunos califican como suicidio—, y su hija Joan declararía que a su regreso de México, London era “un hombre enfermo, física y mentalmente”.

Ciertamente, los artículos de London para Collier's son una curiosa mezcla de sensibilidad en la observación del sufrimiento humano, perspicacia para discernir la problemática de México, y un racismo obtuso como sostén de la visión triunfalista de su patria como único árbitro de los problemas del mundo, cuyo dominio universal debía pertenecerles dada su benévola influencia.

El primer artículo, escrito aún en Galveston (“El rojo juego de la guerra”, 16 de mayo), es una ácida observación de cómo los hombres civilizados hablan sobre la guerra, con el mismo propósito de siempre: “destruir a la criatura que obstaculiza nuestra forma de vida o nuestro deseo, pero nosotros lo hacemos con más técnica y consideración”. Parece entender que los Estados Unidos estaban dispuestos a hacer pagar un enorme precio, monetario y en vidas humanas, “y todo para salvar la vida miserable de un hombre que es él mismo responsable de tantas muertes miserables de otros hombres”. Se refiere a Victoriano Huerta. Para el lector es un reto conciliar este juicio con los artículos posteriores.

En “Con los hombres de Funston”, del 23 de mayo, ya desde Veracruz, describe escenas de una curiosa calma: compatriotas suyas refugiadas en el puerto desayunan en el frescor de los portales bajo los enormes abanicos, rodeadas de marineros y guardias empistolados, voceros con las últimas noticias, vendedores ambulantes, las mujeres mexicanas regresando del mercado con grandes pescados “espejeando bajo el sol.”

La calma que sigue a la devastación: “En la habitación del Hotel Diligencia donde escribo estas líneas, bajo elevadas vigas de bordes dorados, recientes agujeros de bala salpican el muro azul. […] El vidrio de la puertaventana que abre al balcón está perforado por muchas balas. La puerta destrozada muestra cómo entraron nuestros soldados tras las culatas de sus rifles en el curso de la lucha callejera arrasando con todo. Desde el balcón corroído se pueden ver las ruinas de vidrio y espejos en las tiendas y hoteles que dan a la calle y la plaza.”

El resto es una justificación pueril del estropicio. London cree en el arbitrio de la ley, no en la guerra, pero a un hombre racional no le queda de otra sino andar armado si todos los demás se entregan a la violencia. Lo mismo, afirma, debe ocurrir entre las naciones.

Este es el eje de los artículos siguientes. En “El ejército de México y el nuestro” (30 de mayo), la justificación de la intervención se apoya en un sentido determinista de la supremacía estadunidense; las terribles condiciones en que viven los peones mexicanos no tienen en su opinión más respuesta que la invasión de un país superior, y su orgullo desinhibido del ejército de su patria es el desconcertante fundamento de sus vagos ideales sociales. Escribe también, de forma conmovedora, sobre su visita al barco que hacía las veces de hospital militar (“Acechando a la peste”, 6 de junio). En su reflexión sobre la futilidad de la guerra y la horrenda destrucción que deja a su paso, canta de nuevo las alabanzas del ejército estadunidense, hábil para controlar las enfermedades, benévolo con el pueblo ocupado. El discurso que había iniciado con tintes pacifistas se diluye en su convicción de que la paz solo se consigue con la espada. Sus observaciones sobre la nula aplicación de la ley en México (desde tiempos de Cortés) lo llevan a similares conclusiones, al describir la rectitud con que el ejército de ocupación administra la justicia.

El artículo que mejor resume el tenor y las contradicciones de la serie es “Los alborotadores de México”, del 13 de junio.

“La causa principal de nuestro actual malentendido con los mexicanos”, afirma London, es que “desde un cómodo sentido de lo justo, nos hemos metido en los mexicanos, junto con nuestra moralidad, nuestra democracia, [...] y aceptando por lo tanto que los mexicanos deben pensar, sentir y actuar tal y como nosotros lo haríamos en similares circunstancias, nos escandalizamos al descubrir que no lo harán en lo absoluto. En lugar de que este error cardinal nos abra los ojos, procedemos a razonar que hay que lograr que su conducta sea como la nuestra, y que aún deberíamos tratarlos como si fueran justo como nosotros, con una historia similar a la nuestra, instituciones similares a las nuestras, y una ética similar a la nuestra.”

Tras glosar el agitado e interminable debate en los portales de Veracruz, afirma ver “un México desgarrado y devastado, en el que doce millones de peones y todos los hombres de negocios nativos y extranjeros están siendo perjudicados y destruidos por la conducta absurda y egoísta de unos cuantos mestizos. Veo un gran país, rico y capaz de mantener felizmente a cien millones de almas, forzado al caos por un puñado de hombres de mente infantil que juegan con las trágicas herramientas de la muerte.”

Y continúa: “En los cuatro siglos de gobierno español y mexicano, nunca han existido la libertad, la justicia ni el trato justo. México es una república en la que nadie vota. Su libertad siempre ha sido interpretada como licencia. Su justicia ha consistido en el esfuerzo por la división equitativa del botín de un pueblo explotado. Que ni siquiera el honor del ladrón prevaleció entre estos ladrones queda demostrado por las numerosas revoluciones y dictaduras. En un país en el que un hombre es legalmente considerado culpable de un crimen hasta que pruebe su inocencia, la justicia debe significar algo completamente distinto de lo que significa para un americano. Y así sucede con todo el resto de las frases rimbombantes y valerosas en el vocabulario del mexicano.

“Ahora bien, lo anterior no debe tomarse como la negación de toda razón o bondad en el pueblo de México. Por el contrario, la gran masa de los mexicanos no tienen nada que ver en lo absoluto con este asunto; pero, al ser distintos de los americanos, no versados ni interesados en los asuntos del gobierno, se recargan en su asiento abúlicamente y dejan que el mezquino puñado de líderes los despojen a ellos y al país.”

Y aunque admite que “ha habido casos aislados de líderes, tal como Juárez, por no ir más lejos, a los que inspiraban ideales en cierto modo parecidos a los nuestros”, la verdad es que los mexicanos saben pelear, que es cosa primitiva, pero carecen de la sofisticada facultad de gobernar.

Todas las observaciones que hace London de las miserias mexicanas (algunas dolorosamente acertadas todavía un siglo después) se encaminan obsesivamente a la comparación con los Estados Unidos como único parámetro legítimo.

Como veremos, el problema para él es esa minoría de la población mexicana de un 20 por ciento que es mezcla de indio y español: “Estos ‘mestizos’ no representan ni a la gran clase trabajadora, ni a la clase terrateniente, ni a los selectos hombres de los Estados Unidos y Europa que le han dado a México la medida de civilización exótica que posee. Estos ‘mestizos’ son la clase depredadora. No producen nada. No crean nada. Su meta es tener una camisa, montar un caballo y estafar a la gente que trabaja.

“Estos ‘mestizos’ hacen política, lanzan pronunciamientos, inician revoluciones o sufren las revoluciones en su contra de otros como ellos, escriben ampulosamente faltas a la verdad que se aceptan como periodismo en esta tierra triste y rica, se roban la nómina de compañías y se devoran hacienda tras hacienda mientras van haciendo su picnic por lo que les place llamar guerras por la libertad, la justicia y el trato justo.

“Declaran que el gobierno de México es suyo, estos caballeros con camisa a lomos de caballos robados. Y para ellos, gobierno solo significa precisamente la licencia para explotar el trabajo y la industria del país.”

El retrato continúa: “En ocasiones son arrojados. Pero no son valientes. Su honor y valentía residen en su lengua. Cambian de chaqueta de un momento a otro. Cenan en las casas de sus amigos gringos una noche y, antes de que amanezca, van tras sus amigos gringos y tras las nóminas y los relojes de oro de sus amigos gringos. [...] Para el americano promedio resulta imposible entenderlos. Para ellos el honor es una cosa, y otra para un americano; lo mismo sucede con la verdad, la probidad y la sinceridad.”

Como ejemplo de lo anterior, London cita la matanza de seis granjeros estadunidenses en San Pedro, Chiapas, que al ver al destacamento de rurales que iba supuestamente a rescatarles se asustaron y se atrincheraron en una casa. La inexplicable respuesta del grupo de rescate fue abrir fuego contra ellos durante tres horas.

“Ahora bien”, afirma el autor, “no es la matanza el punto de esta ilustración. Es la explicación que dieron los mexicanos del horrible error cometido por los americanos al no entender que los rurales los estaban rescatando. Seguramente ningún cerebro americano o del norte de Europa podría concebir semejante explicación. Nuestros procesos de razonamiento son distintos.”

Y vuelve a su crítica del mestizado: “Estos hombres han hablado de la república desde el año 1824; sin embargo México nunca ha sido una república. Ciertamente no era una república bajo la dictadura capitalista de Porfirio Díaz. Las elecciones aquí son, o bien listas de candidatos aprobadas por los dictadores y sus camarillas, o revoluciones rotundas. […] Vociferan sobre el patriotismo y el valor, la libertad, la justicia y el trato justo, y todas esas frases gloriosas no significan nada parecido, sino que son sinónimos de pillaje.

“No son hombres en un mundo de hombres, estos alborotadores. Tienen mentes infantiles y propósitos innobles. La recia materia de la hombría, como nosotros entendemos la hombría, no está en ellos. Esta recia materia está sin embargo en los indios puros; pero se manifiesta muy rara vez, de otra manera sería imposible que los muchos millones de indios hubieran soportado durante cuatrocientos años la esclavitud a manos de su diminuto grupo de amos.”

London admite que “Huerta es la flor del indio mexicano”, arrojado e imperioso, pero “ni siquiera Huerta ha demostrado nunca estar en posesión de altos ideales ni de una visión social amplia. Y Huerta ha cometido errores.” Dos de ellos fueron no haber matado a Zapata ni a Villa cuando tuvo la oportunidad.

No sin razón, London expresa perplejidad ante el lenguaje del mexicano, que dice una cosa cuando quiere decir otra, pero su enardecimiento lo lleva a alegatos desmesurados, como el de que el hambre de tierra nunca fue causa real de la revolución. La conclusión a que llega es clara:

“Siendo la totalidad de los mexicanos tan incapaz de gobernar que un puñado de ‘mestizos’ revoltosos e incapaces puede dilapidar toda la tierra, el pobre México está en tal situación hoy día que, sin ayuda del exterior, el juego puede continuar interminablemente. No hay otro Porfirio Díaz a la vista. No hay un 'mestizo' fuerte capaz de meter en orden al resto de los ‘mestizos’ revoltosos ni al país. No existe un movimiento popular de cuyo apoyo pudiera depender semejante hombre fuerte. Tampoco existe una causa nacional. Los mexicanos educados, los mexicanos acaudalados, los mexicanos que tienen negocios y tiendas, aclaman con deleite la intervención americana. La vasta mayoría de los peones simplemente piden que los dejen en paz, y que no los recluten en las filas en lucha de este o aquel líder o de los muchos líderes que se levantan continuamente. Las victorias, las presidencias y las dictaduras solo pueden ser temporales. El puñado de anarquistas no puede pacificar a México, porque México no necesita ser pacificado. No se pueden pacificar a sí mismos, que es la verdadera necesidad de México, porque son demasiado débiles, demasiado ineficientes, demasiado turbulentos, demasiado revoltosos.” Así las cosas, “México tiene que ser salvado de sí mismo.” (“Legisladores”, 20 de junio).

El último artículo de London como corresponsal en México es escrito desde Tampico (“Nuestras aventuras en Tampico”, 27 de junio), e inicia con una portentosa descripción de su entrada en el puerto, vía el río Pánuco, rodeado de las inmensas instalaciones dedicadas a la industria del petróleo. Poderosa es también su descripción del ejército constitucionalista:

“Nunca antes en pie de guerra me he encontrado con una partida de guerreros tan temeraria y despreocupada, tan rebosante de buena comida y buen humor. Todos iban montados. Todos los caballos eran robados. Los caballos ostentaban las marcas de todos los ranchos y haciendas desde el Río Grande hasta el Pánuco. Ocasionalmente había algún viejo entrecano, pero el mayor porcentaje era joven. Había niños de diez, once y doce años, magnífica y monstruosamente ataviados con espuelas, montando potros robados, con imágenes de santos en sus sombreros y puñales y cuchillos de monte producto del saqueo en las polainas, con pistolas automáticas y revólveres colgando de las caderas, la cintura y los hombros incrustados de cintos y bandoleras con cartuchos, y el inevitable rifle atravesado sobre el pomo de la silla. Y había mujeres, todas mujeres jóvenes, meras soldaderas al igual que amazonas, las primeras con faldas y en monturas para mujer, las segundas con pantalones y a horcajadas, y todas ellas perversamente armadas como sus camaradas hombres, y ninguna de ellas casada. Cuando se acerca una soldadera, no quisiera ser una gallina suelta en la línea de marcha, ni un enemigo herido en el campo de batalla.”

Y cuenta de una de esas soldaderas, esquiva, a la que logra fotografiar merced a la intercesión del teniente coronel: “Joven, fuerte, iba vestida de algodón y sin corsé; era toda india, y había cabalgado, según me enteré, durante dos años con los revolucionarios. Venía de lejos en el norte, y su meta cercana era la Ciudad de México.”

Más difícil sería retratar al resto de los rebeldes, cientos de ellos que se apelotonaban para salir en primer plano,  con las poses más sanguinarias, “tan orgullosos como pavo reales, tan excitables como niños”. En el alboroto, “uno de ellos, fuera de sí en su exceso de valentía, descargó accidentalmente su rifle. Sus compañeros se rieron de él. Sus oficiales ni siquiera fruncieron el ceño. Era un suceso demasiado común. No eran sino muchachos pasando el tiempo y desbocados, estos rebeldes que habían intercambiado el tedio del trabajo del día por un picnic de un año. Porque era un picnic, con un caballo qué montar, un peso con cincuenta al día, buena comida, oportunidad de saquear y, lo mejor de todo, la oportunidad de disparar a sus semejantes, que es la mejor caza mayor que le toca en suerte conocer al hombre. A través de los fuegos del ocaso —hombres, mujeres y niños pequeños— cabalgaban cuesta arriba del sinuoso sendero, en fila india, y desaparecieron hacia el sur, camino a la Ciudad de México, el corazón en alto con la esperanza de rebasar y acabar con la vida de algunos de los desafortunados, pobres diablos de los federales que, cojeando, se iban quedando atrás de la derrotada Brigada Zaragoza.”

En este artículo final London vuelve a enfatizar la integridad de los indios, la infamia de los mestizos, y hace un recuento de la destrucción que deja la guerra. Luego la crónica se diluye en su charla con el ocupado director de una compañía petrolera. Lleno de admiración, repite que Estados Unidos salvará al país entero del caos, esta vez mediante la explotación del petróleo. Este artículo en particular desató gran escándalo entre socialistas y radicales. La viuda de London recordaría el estallido de ira con que éste reaccionó ante la crítica, y leal hasta más allá de la muerte, defiende a quien, “una vez más, amigo y enemigo son proclives a condenar por paradoja”.

Pero la paradoja fue el sino del autor, corresponsal, activista (y autores como Mark Twain o George Orwell identificarían en su socialismo cierto esnobismo o incluso una vena fascista), defensor de la igualdad, creyente en la superioridad incuestionable de su raza y, finalmente, aventurero que fue Jack London.