Introducción a la muerte

En 1949, el número 61 de la revista América, editada por Marco Antonio Millán y Efrén Hernández, publicó el poema de un escritor de 23 años. 
El escritor
(Archivo)

Ciudad de México

El texto de ese joven aturdido por la muerte de su mejor amigo, anticipaba lo que iba a ser una de las obras más importantes de la literatura mexicana, que comenzó en 1950 con la edición de Horal. Recuperamos aquel poema de juventud que el autor decidió no incluir en ninguno de sus libros, junto con una nota que explica el contexto del rescate y un testimonio sobre la génesis del mismo Jaime Sabines

Para Antonio Borges, muerto en 1945

PRÓLOGO

La muerte viene cabalgando la esperanza

—Se oye rumor de sombra, se percibe

su soledad apresurada—

La muerte tiene sed

y bebe en el río de la noche.

Bebe también, como una amante, en mis oídos

(es un beso hacia dentro,

extrayendo mis nervios limpios de secretos).

Quiero morir ahora que está lejos la muerte.

Antes de que tenga que cambiar mis ojos por el sueño.

Antes de que se me vaya llenando el corazón de misterio.

La muerte nos engaña.

La muerte también nace, crece, se reproduce y muere.

(Igual que las piedras,

igual, asimismo, que los milagros).

A la muerte le da a veces por ser árbol

y a su sombra crecemos

inmóviles y pálidos,

hasta que nos hacemos su raíz

o una de sus hojas tiradas por el viento.

Ah, la muerte.

La muerte no mata,

la muerte no es la muerte.

La muerte recibe, acoge,

es blanda y maternal y triste.

Es la vida la que mata.

Nos arroja, nos entrega, nos aparta.

Este era un joven de 20 años que murió sobre la nieve.

Era mi amigo. Se llamaba Antonio.

Cayó desde lo alto sobre las rocas en la nieve.

Cuando me ensañaron su cadáver yo no lo conocí.

Hace tres años no lo he visto.

Yo fui hace poco, en nochebuena, al panteón,

y me quedé del lado de afuera de la barda.

No quise hablarle. Regresé pronto a mi casa.

Y cenamos y tomamos vino. Y toda la noche

estuve bailando y riendo.

Antonio, mi amigo, está muerto.


CICLO PRIMERO

I

En las ruinas del día

nace la sombra,

y en la sombra, el silencio,

y en el silencio, yo.


Hondas aguas opacas me rodean,

interminables, a la hora del Soy.

La pregunta, el estar indiferente,

y el viejo trabajar del corazón.

Cae en mi frente la gota de mi sangre,

y espera mi cadáver en el sitio en que estoy.

II

Me muero poco a poco, gradualmente.

Salgo de mí y de todo:

sólo es salir, salir, en accidente,

hacia ningua parte, hacia la muerte.

La palabra es traición. Allí no se habla;

se permanece, se es, se ignora todo,

se sabe todo, bien, perpetuamente.

Sin sentidos, sin cuerpo y sin espíritu,

imagen no, si es muerte.

III

O Dios, lo que quieras.

Es la experiencia de líquidos caminos;

te metes tú en tu sangre

y ya en tu sangre vuelas.

No el aire, no el sol, no la mirada.

Es sólo el ojo obscuro, la quimera.

Aprendes, sales, entras;

compruebas, miras, niegas;

desechas el tabú, la metafísica, el símbolo, la conciencia,

y desesperas de que todo sea experiencia.

Emerges a la palabra, llegas

a flor del aire, y sólo encuentras

ausencia, ausencia.


CICLO SEGUNDO

I

Si no está en el amor, está en el cielo.

A la hora del no-tiempo.

Libre, libre y eterno.

Orígenes y cruces se confunden,

células y destinos presupuestos.

(Porque soy anterior a mi destino,

posterior a mi tumba y a mis huesos.)

II

Con la gente de todos los lugares

he andado, estuve, he sido.

Como el tiempo.

Sin división posible, sin relojes, sin metros.

Puro instante perpetuo.

Química de la flor,

metabolismo rápido del cielo,

¿en dónde yo, los míos,

los que seré, ligero, ingenuo?

¿en qué lugar me esperan

sin esperar los muertos?

¿es que hay algún lugar

en donde estén los muertos?

III

Más allá. No se nombra.

No se conoce si es puro silencio.

Hay que arrancarse de pronto la cabeza

para seguir hablando de los muertos.

Dialogaba la muerte con su sombra:

—Si yo no soy, no eres

pero eres. En dos metros

te ha aprisionado el hombre, padre nuestro.

—Pero no ata la luz en donde empieza...

—La luz, bebida de ojos, es veneno.


CICLO TERCERO

I

Declina, niega el viento.

Sin puntos cardinales, en el centro

del ser, quietud, quietud exacta.

Con la sonora dimensión del agua

no hay nada, nada.

Niebla, opacidad, murmullo.

Crece la piedra real dentro de la piedra [abstracta.

¿El universo se hace ante la idea

como el fuego se hace ante la llama?

Masca la flor el aire.

Y voy yo a la montaña.

Hay un largo espectáculo de estrellas [azoradas...

II

Átomos, fuerzas, luces

—¿pero luces también?— en la igualada

profundidad de esencias y de imanes.

(Todos los ojos de los hombres

se reúnen en una sola lágrima)

Tal vez los cuerpos todos tienen un alma.

Pero hay en la unidad que se percibe

la imperceptible rigidez que mata.

Cuando va uno hacia dentro, hasta acabarse;

cuando somos la piel, sólo y el alma,

reducido el milagro a sed primaria,

entonces, nada.

En la ceguera torpe, sin memoria,

vacío segundo avanza.

III

Porque no hablo de cosas prometidas,

de esperanza, de cielo, de medidas

en un segundo estar, sin silogismos.

Me refiero a la muerte no a la vida.

Hablo del anular todo misterio,

del destruir y el destruir las ruinas

de uno mismo en el tiempo,

sin un sitio posible en la ceniza.

...Pero me burla ya, me martiriza

la materia, la dura, la infinita:

encarcelada muerte te abandono,

y en círculo de amor vuelvo a ti misma.


UMBRAL

Ave de luz, preludio de la sombra,

gracia de talismán y profecía,

definitiva voz, desnudo sueño,

desarmada poesía:

allí el mar y la montaña ejercen

su mutua soledad; allí, perdida

en la pasión, combate la primordial

urgencia de la vida:

en la nube se eleva, en el árbol se inclina,

pace yerba en el agua, toma sol en la brisa;

se alimenta, perdura, y preserva y fustiga

dentro de sí, por otra, para seguir la misma;

y más allá sus ojos, deshechos, mutilados,

no alcanzan las nerviosas claridades más íntimas.

***

Páramo de la muerte, breve y alucinado,

aquí comienzas tú a sostener mis pasos.

Sin abandono, solo, abandonado,

riguroso y estricto,

solo, sin ti, sin mí, abandonado.

Metáforas y fósforo, minerales caducos,

distancias, lejanías, propósitos de mármol.

Todo es en ti de indefinible esencia,

sin arte, sin sexo, sin espanto.

Opacas resonancias de inmóviles océanos

sugieren trayectorias amargas al naugrafio.

Viajero de lo eterno, por fin deshabitado,

voy a encender ahora en la sombra mis pasos.

(Intruso de mi muerte —me respondo, me impugno—

en el vacío próximo te soltarán mis brazos). 

En la publicación, el poema está fechado en 1948.