Intersticios: La teología del consumo

La inmensa mayoría paga con una vida miserable un precio altísimo por el derecho inalienable de que gigantes como Wal-Mart o Amazon puedan vender a precios similares al costo.
La democracia del consumo.
La democracia del consumo. (Jesús Quintanar)

México

Así como en la esfera política el votante ha sido elevado a un rango teológico, su equivalente en la esfera económica es el consumidor racional que siempre sabe lo que quiere y siempre exige más por su dinero. En ambos casos, los acólitos de ese sistema filosófico burdo y empobrecido —pero ése sí muy poderoso— llamado neoliberalismo, repiten sin cesar los dogmas huecos que prescinden de la realidad para tratar de dibujar un mundo idílico de consumidores que corren libres por el campo, comprando productos a precios prácticamente iguales a su costo de producción. Esta democracia de las licuadoras encuentra su gran templo ubicuo en el internet, red beata y suprema que permite a los consumidores localizar sin intermediarios a aquél que tiene ese producto destinado para ellos y solo para ellos.

Curiosamente, esta visión siempre es espetada por gente situada con ingresos y un nivel de vida mucho más cercano al de la cúspide que al de la base, primer motivo de sospecha de las bondades del sistema. Aun dejando de lado este inconveniente, lo que la teología del consumo y de los precios pasa por alto es que además de consumidores, todos estamos situados en algún sitio de la cadena productiva, y que la inmensa mayoría paga con una vida miserable un precio altísimo por el derecho inalienable de que gigantes como Wal-Mart o Amazon puedan vender a precios similares al costo.  De otra manera, ¿será casualidad que en la era de la democracia del consumo haya un innegable ataque a los derechos laborales y haya un auge sin precedentes del empleo precario, temporal, sin contratos fijos ni ningún tipo de seguridad a largo plazo? ¿Será también casual que vivamos quizá la mayor concentración de ingreso de la historia, al grado de que hace unos días The Guardian publicara una nota donde consignaba que las cinco familias más acaudaladas de Gran Bretaña (y no uno de esos países pobres donde ya sabemos que las cosas son muy desiguales) poseen una riqueza mayor que la del 20 por ciento de la población más pobre, es decir, más de 12 millones de personas? Lejos de estarse fragmentando, el poder se consolida alrededor de una élite de tecnócratas financieros que utilizan los ejemplos de las pequeñas compañías de internet —a las que los gigantes terminarán comprando— como falaz ejemplo de que sí se puede, de que si tan solo todos fuéramos lo suficientemente ingeniosos para diseñar una app que nos haga millonarios, sobrevendría el fin de la pobreza y podríamos retornar al paraíso perdido, esta vez rodeados de tantos gadgets comprados muy baratos como podamos imaginar.