Intersticios: La sociedad de uno

Chrystia Freeland documenta el ascenso y el estilo de vida del uno por ciento de la población mundial que concentra una buena parte de la riqueza.
El libro de Chrystia Freeland.
El libro de Chrystia Freeland. (Especial)

México

Existen ciertas realidades que nos producen un alivio secreto cuando son corroboradas, pues al menos constatamos que aquello que se intuía, y el malestar que genera, no andaban tan errados. En la actualidad, desde los medios de comunicación y partidos situados más hacia la izquierda, hasta aquellos sectores de la sociedad que abiertamente defienden la desigualdad y su miseria, veneran abiertamente el crecimiento y la riqueza que produce, y existe en particular un enorme culto a los individuos que conforman esa radiante nueva élite cosmopolita que, para efectos prácticos, decide el destino de buena parte del planeta. Parte esencial de su discurso consiste en que, si nos esforzamos, todos podemos ser como ellos (no en balde a menudo se insiste en que empezaron desde abajo), y en que la hiperconcentración de la riqueza en última instancia beneficia a todos por el efecto del goteo (que en realidad jamás se produce en proporciones importantes).

En su libro Plutocrats. The Rise of the New Global Super-Rich and the Fall of Everyone Else, la periodista financiera Chrystia Freeland documenta con escabroso detalle el ascenso y el estilo de vida del uno por ciento de la población mundial que concentra una buena parte de su riqueza. Aunque ella misma cree con fervor que el capitalismo funciona y que es el mejor sistema posible para la humanidad, no puede evitar advertir que los actuales excesos ponen en peligro al propio sistema, al grado de que un neoliberal como Lawrence Summers admita que, para las clases medias y bajas, “tenga más sentido enfocarse en la redistribución que en el crecimiento”. Con acceso privilegiado a sus cenas y foros de debates, Freeland ha conocido a esa élite para la que ganar 20 millones de dólares al año es poco pues, en realidad, “después de impuestos solo quedan 10”, y que declara sin tapujos no tener más pertenencia que a la patria de esa propia élite trasnacional y su ostentoso estilo de vida. Pero quizá lo fundamental de su análisis sea admitir que la actual hiperconcentración no es un accidente, sino un hecho fundamental del sistema, que aparece desde la infancia con la “darwiniana lucha pedadógica que comienza en la guardería”. A través de cambios gerenciales como atar los salarios de los ejecutivos a los beneficios de la empresa, Freeland detalla cómo en el nuevo paradigma no hay más lugar que para el individuo y su afán acumulador. Al concluir, es imposible no pensar que nos acercamos a materializar la famosa sentencia de Margaret Thatcher: “No existe una cosa tal llamada sociedad”.