Intersticios. Esos lacayos tan chismosos

Los dueños tienden a ver a los trabajadores como un inconveniente mediocre.
Ven a los empleados como un incoveniente.
Ven a los empleados como un incoveniente. (Claudia Guadarrama)

México

Uno de los grandes principios del método arqueológico de Foucault es analizar qué nos dicen las prácticas y documentos de una época, y de ahí su conocida máxima de “tomar a los documentos como monumentos”. De esta manera consiguió ver que detrás del encierro de la locura, la prisión, la escuela, la fábrica, etcétera, yacían concepciones específicas respecto al otro y a la diferencia, en un intento de las sociedades modernas por homogeneizar y normalizar a todos sus miembros.

Sería interesante aplicar a profundidad el método foucaultiano a las relaciones laborales en la actualidad y ver, más allá del inmenso ataque por parte del capital contra los derechos laborales, cobijado bajo el eufemismo de “flexibilización del mercado laboral”, cuál es la visión que tienen los dueños de las empresas sobre la gente que trabaja en ellas. Al respecto, esta semana me llegó un correo electrónico titulado “¿Chisme en su empresa? ¡Erradíquelo!”, donde una consultora ofrece sus servicios contra ese cáncer que son los empleados chismosos, aquellos cuyos “resultados son sumamente pobres”, “Miran el reloj ansiosos por la hora de salida”, “Piensan que hay una distancia infranqueable entre los empleados y los jefes” (¿cómo se les puede ocurrir semejante absurdo?), “trabajan porque tienen y no porque quieren trabajar” y, con todo esto, contagian, enferman a la empresa, mermando “los resultados de la organización en forma cualitativa y cuantitativa”.

Me parece que este simple correo engloba una actitud visible por doquier, donde ese fetiche contemporáneo que son las empresas han cobrado preeminencia sobre las personas reales que trabajan en ellas. Los dueños tienden a ver a los trabajadores como un inconveniente mediocre, que justamente por hábitos como el del chisme o la pereza representan un obstáculo para que ese nuevo ser supremo llamado empresa pueda acumular capital y beneficios, preferentemente de manera ilimitada. En el empeoramiento progresivo de las condiciones de trabajo colectivas no solo hay ambición y afán de lucro, sino también desprecio hacia aquellos seres considerados inferiores, que en realidad deben obtener lo mínimo posible en cuanto a salario y demás derechos para poder seguir desempeñando un trabajo mecánico que, por desgracia, les sigue resultando necesario a los patrones. Sin embargo, la historia humana está plagada de giros imprevisibles, y tanto empresarios como gobiernos harían bien en tener en cuenta la definición de karma dada por Coomaraswamy: “Todo hombre debe recoger lo que ha sembrado”.