Intersticios: El otro crimen organizado

Víctima del poder corporativo.
Víctima del poder corporativo. (Jesús Quintanar)

Hace tiempo conocí el caso de una persona cuya ocupación es “conseguir a naquitos de Tepito, por 30 mil pesos”, para constituir sociedades de las cuales serán los accionistas, que expiden facturas astronómicas a empresas que quieren rebajar su utilidad fiscal. Luego les devuelven a las empresas el dinero por fuera y les retienen únicamente el IVA, mismo que obviamente jamás pagan a Hacienda. Si llegara a haber una investigación o acusación de  fraude fiscal, los culpables son los dueños de la empresa, es decir, “los naquitos de Tepito”. En ese momento tenía cerca de 30 empresas en operación, que le dejaban a él, según presumía, una ganancia de más de dos millones de pesos al mes.

En estos días me llega a mi correo electrónico la publicidad para un curso de “pago de nóminas por outsorcing”, técnica utilizada por las empresas para evitar dar a los trabajadores prestaciones que les corresponden por ley, como derecho a la salud, cotizar para la vivienda, el retiro, etcétera. Como parte  de la publicidad aparecen las siguientes preguntas: “¿Hasta dónde realmente es ilegal operar bajo estos mecanismos?”, “¿Hasta dónde podría seguir habiendo ahorros fiscales en 2014 sin desatender las nuevas regulaciones o hasta dónde asumir riesgos?”. O sea que se envía probablemente a miles de personas publicidad para un curso sobre una práctica ilegal y cómo seguirla efectuando, pese a las regulaciones en su contra.

Como escribió esta semana en The Guardian el periodista George Monbiot (en un artículo titulado “It’s business that really rules us now”, que puede ser consultado gratis en internet), el nivel de penetración de los intereses corporativos en la política contemporánea vuelve inútil siquiera llamar democráticos los sistemas políticos actuales. Al igual que sucede en México: los funcionarios y empresarios intercambian posiciones de lo privado a lo público como si fuera un simple puesto más en sus carreras, y como si no hubiera conflicto de intereses entre estar del lado que legisla y vigila o del que busca cómo dar la vuelta a esa legislación y vigilancia para poder ganar otros cuantos millones más. Y es que, como bien dice Monbiot: “Es la razón del colapso de la opción democrática. Es la fuente de nuestra creciente desilusión con la política. Es lo innombrable: el poder corporativo. Los medios apenas mencionan su nombre. Está por completo ausente de los debates parlamentarios. Hasta que no lo nombremos y lo confrontemos, la política es una pérdida de tiempo”.