Intersticios: Esa amarga lucidez

El punto clave de las Memorias del subsuelo es la “conciencia hipertrofiada”, una obsesión por cada acto singular al grado de considerar sus consecuencias y ramificaciones antes de llevarlo a cabo.
Flódor Dostolevski.
Flódor Dostolevski. (Especial)

México

El protagonista de las Memorias del subsuelo, de Dostoievski, es uno de los personajes literarios más célebres de la historia, al grado de que Sergio Pitol piensa que con él se inaugura toda una categoría de personajes que habrán de sucederle: la del antihéroe. Los personajes trágicos que lo anteceden por lo general actúan cegados por sus pasiones (a veces nobles como el amor o la compasión, a veces innobles como la envidia o los celos), y cuando cobran conciencia de sus actos casi siempre es demasiado tarde, y la conciencia solo les queda como castigo eterno de aquello que no pudieron o quisieron ver.

En cambio, el hombre del subsuelo tiene claro desde el principio que el mal que lo aqueja reside en su propia alma. En cierto sentido, toda la novela se encuentra contenida en el comienzo, cuando rumia sobre su naturaleza inexorable, de la que el resto de sus actos se desprenden como consecuencias meramente lógicas: “Pero lo principal es que aquello tenía que producirse según las leyes normales y fundamentales de la conciencia hipertrofiada y de la inercia, como consecuencia fatal de esas leyes, de todo lo cual resulta que no puede uno transformarse y que nada hay que hacer”.

El concepto clave introducido por Dostoievski es el de “conciencia hipertrofiada”, una especie de microscopio aplicado a cada acto, incluidas sus consecuencias y ramificaciones, al punto de que se convierte en una mediación permanente entre el yo y el mundo, que vuelve artificial hasta el acto de respirar (podríamos imaginar a su hombre del subsuelo pensando “descompongo dióxido de carbono de manera rítmica para que mi organismo pueda continuar con aquellas funciones que un día habrán de extinguirse”). Pero la conciencia hipertrofiada, como toda conciencia, también enfrenta claros límites, por lo que coloca al individuo en un limbo perpetuo donde padecerá cada acto por considerarlo vil o absurdo, pero tampoco puede abstenerse de actuar (como en la renuncia budista) porque es presa de sus apetitos viles y absurdos. No en balde Dostoievski, en sus diarios, postuló el “suicidio lógico”, que se produce a causa de que el hombre tiene la suficiente inteligencia como para comprender que jamás podrá comprender el sentido de su propia vida. Precisamente para evitarlo, el narrador de las Memorias encuentra consuelo en exponernos su miseria por escrito. Por fortuna, los demás podemos encontrar una alternativa mucho más asequible: el inmenso deleite y alivio que produce leer las Memorias del subsuelo de Fiódor Dostoievski.