Intersicios: El automatismo hueco

Hay un pasaje de Guerra y paz de Tolstói que nos ofrece una muestra en estado puro del automatismo y la ausencia real de pensamiento detrás de toda una vida.
Leon Tolstói.
Leon Tolstói. (Especial)

México

Uno de los rasgos más enigmáticos de la conducta humana consiste en intentar descifrar qué es lo que la impulsa. Se habla a menudo del “espíritu de una época”, pero es evidente que nadie nos entrega un manual donde estén contenidas las conductas, las frases y las creencias que en la inmensa mayoría de los casos guiarán nuestras vidas de principio a fin. Incluso cuando contemplamos una manifestación abyecta de desprecio por el otro, es interesante realizar el ejercicio de pensar cómo puede estarlo viviendo la persona. ¿Cuáles son las ideas que en su cabeza lo hacen estar convencido de ser realmente superior a ese pinche naco insolente?

Hay un pasaje de Guerra y paz de Tolstói que nos ofrece una muestra en estado puro del automatismo y la ausencia real de pensamiento detrás de toda una vida. Al describir al príncipe Vasili, de quien habríamos fácilmente pensado se trata de una persona que calcula cada paso de manera meticulosa, Tolstói nos regala una radiografía de un alma hueca que actúa como actúa simplemente porque sí: “… no se decía a sí mismo: ‘Debo atraerlo, casarlo con mi hija y aprovecharme indirectamente de su posición’. Pero si se encontraba con la persona influyente, en ese mismo momento su instinto le sugería que esa persona podía serle útil (…) Tenía un instinto que le atraía siempre hacia personas más influyentes y más ricas que él y un instinto que también le mostraba las ocasiones en las que debía utilizar a estas personas”.

Posteriormente, también casi de pasada, Tolstói plasma el instante en el que un joven oficial llamado Boris decide no seguir las normas escritas sino plegarse a los códigos de “esa subordinación no escrita”, porque intuye que así escalará posiciones de manera más veloz y efectiva.

En dos pequeñas pinceladas Tolstói retrata mecanismos que, si tan solo sustituimos la zanahoria que impulsa el movimiento de los autómatas, continúan plenamente vigentes, y nos ayudan a aproximarnos un poco a ese elusivo “espíritu de la época”. Ahora ya no son la nobleza, la gloria militar, el honor de damas inmaculadas y virginales, sino el dinero, la ostentación, el “personal branding” los resortes que disparan nuestra propia abyección. La gran lección de Tolstói es que no hay siquiera una conciencia plena de los actos, las metas, ni esos códigos de conducta tan voraz que rayan en lo psicótico. Simplemente, al respirarlos desde que nacemos crecemos con ellos, somos ellos, y no hay poder o razonamiento alguno que nos desvíe de eso que en el fondo ni siquiera nosotros sabemos que en realidad pensamos o creemos.