Coleccionista de imágenes

Gran parte de las imágenes de la historia de México está en los anaqueles, cajas, maletas, baúles y paredes de la casa coyoacanense de Ildefonso Acevedo, decenas de miles de fotografías del siglo ...

Ciudad de México

La mayoría de las colecciones privadas de obras de arte suelen ser una especie de acumulación de nombres consagrados y conocidos fáciles de comercializar. Pero ese no en el caso de este coleccionista de imágenes anónimas.

Frente a un pelotón de más de 300 cámaras fotográficas alemanas, rusas, estadunidenses y hasta de un país ya disuelto: Checoslovaquia, Ildefonso Acevedo asegura que si hay algo a lo que no se resiste es a los objetos cuya autoría es anónima. Son esas obras, tal vez, y no las de las firmas reconocidas, las que le permiten convertirse aunque sea por unos instantes en un completo voyeurista.

Lo conocen desde los tianguistas de la Lagunilla hasta los art dealers

"El anonimato te permite estar viendo las intimidades que tuvo otra persona, ver los sitios que visitó, la gente con la que se rodeaba. Es como meterte en su vida sin estar predispuesto por lo que sabes del autor, de la persona que tomó la fotografía", explica.

Tras más de 20 años con esta obsesión por rescatar y recolectar, en las paredes de su casa, su oficina o en algunas de sus bodegas se pueden contabilizar más de 100 mil objetos, la mayoría fotografías. A la hora de hacer un listado mental sobre su fototeca, el despliegue de personajes va desde las imágenes realizadas en bromuro de plata por el fotógrafo viajero Charles B. Waite, hasta una serie de 45 fotografías que el francés Alfred Briquet tomó en la construcción del ferrocarril a Veracruz de 1872 a 1876. En su acervo también desfilan miradas como la de Mariana Yampolski, Héctor García, Rodrigo Moya, Gabriel Orozco, el checo Miró Svolik o hasta del padre de Frida Kahlo, Guillermo Khalo.

Gran parte de la historia de México está en los anaqueles, cajas, maletas, baúles y paredes de la casa de Acevedo en Coyoacán. De los miles de imágenes que resguarda, las que más atesora son unas fotografías estereoscópicas de Porfirio Díaz, otras similares de la casa Auguste Marie Louis Nicolas Lumière en la que se ve posar a Francisco I. Madero, unos negativos de 35 mm del Che Guevara y de Trotsky en su estudio, y una colección de transparencias de vidrio coloreadas a mano de Egipto, Japón y África que datan de 1910. De todas se desconoce quién las tomó.

"A mí me gusta juntar historia más que artistas, juntar cosas que muchas veces la gente no aprecia, pero que tienen un gran valor histórico", comenta después de cavilar sobre la línea de su colección. "Lo que más disfruto de las adquisiciones que he hecho es la fotografía de la mirada de gente anónima, que se dedicaba a ella o que era su pasatiempo, pero que nos dice y nos cuenta una historia. En ocasiones, o al menos para mí, el objeto artístico vale en sí mismo por la técnica o lo que captura en sí, que por el nombre de quien lo fabricó", reitera.

Mientras describe y defiende su fascinación por el anonimato, la arquitectura de la casa permite que la luz del atardecer se esparza de forma estratégica. Acevedo confiesa que siempre quiso ser fotógrafo, lo maravillaba la forma en que algunos fotógrafos podían capturar un halo de luz, de ahí que al artífice que diseñó su casa no le diera tregua en cuanto a su manejo.

"Ya sea de día o por la tarde, aquí siempre tiene que haber luz", señala el hombre que un día decidió convertirse en ingeniero mecánico y desistir —en sus propias palabras— de la fotografía, no por falta de ganas o recursos, sino de talento. En el coleccionismo encontró entonces una manera de desbocar su apreciación por el arte visual.

"Desde pequeño he tenido un especial gusto por la fotografía; cuando me percaté que tiene un valor, como cualquier otro inversionista, pero sin pensar en hacer dinero, pensando en que eventualmente en un futuro pueda tener algún otro valor monetario, decidí comenzar a rescatar y coleccionar imágenes".

"Debo decir que en México no hay coleccionistas de fotografía, la mayoría de los coleccionistas están basados en la pintura, en la escultura, en otro tipo de arte o de bienes. Para mí la fotografía definitivamente es un arte y he apostado un poco más al hecho de buscar imágenes que puedo comparar para que después la gente disfruté de algo que posiblemente se hubiera perdido", dice Acevedo.

Lo conocen desde los tianguistas del mercado de La Lagunilla y el de antigüedades de la Roma hasta los llamados dealers de arte. "Me han traído desde hojas de contacto con las que el fotógrafo México-alemán Hugo Brehme, maestro de Manuel Álvarez Bravo, sacó, de seguro, muchas de sus emblemáticas postales. Han llegado con velices llenos de negativos, así fue como di con las hojas de contacto de Bremen, probablemente tengo más de 200 hojas... Ojalá entre los velices que he comprado me hubiera tocado la llamada Maleta Mexicana", agrega en tono de sorna. Acevedo se refiere a las tres cajitas de cartón que llegaron al International Center of Photography en 2007 y que en su interior resguardaban el que es considerado uno de los registros más importante de la Guerra Civil Española. Una serie de negativos de los fotoperiodistas Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour, contenida en lo que se denominó La Maleta Mexicana, perdida desde 1939.

Pero este ingeniero tiene que conformarse con ser el dueño de los recuerdos fotográficos de familias enteras, alemanas o judías, que posaron frente a una cámara antes o después del doloroso exilio. Con poseer huellas de un tiempo en el que los cines de época eran parte de las postales de la Ciudad de México, por aquellos años de 1944 a 1959; con atesorar las imágenes de mujeres que tenían como religión tempraneara acudir a las lecherías famosas de los años cuarenta, o con los vistosos y luminosos encuadres proporcionados por la vida del burlesque en los cabarets como el Can Can, el Thais y el Salón México, que fue bautizado como La Catedral del Danzón. En gran medida, es dueño de una parte del que nostálgicamente se dice que es, ya sea como cliché o remembranza, "el México que se nos fue".

"Adquirir", según la Real Academia de la Lengua Española, es conseguir algo con dinero, trabajo o a título lucrativo u oneroso. En el caso de la colección de Acevedo, si bien es cierto que el esfuerzo en recursos ha sido importante, también lo es el trabajo de buscar, seleccionar y preservar los artículos, muchos de los cuales ha tenido que restaurar. Pero Ildefonso Acevedo se torna reacio cuando suena la palabra dueño. Dice que prefiere el término coleccionar. "Compra", señala, "para rescatar, salvaguardar y compartir".

"El coleccionista no necesariamente es la persona más culta, es alguien que tiene un gusto, pero siempre habrá alguien que le va a sacar un provecho real a las cosas. Un historiador, por ejemplo, puede armar la historia, hacer que los objetos nos digan de dónde venimos", insiste.

"Me gustaría un día que mi fototeca se pudiera exhibir... ya estoy en pláticas con algunas instituciones como el Centro de la Imagen y parece que algo haremos, yo encantado. Mientras tanto, procuraré incrementar el acervo, no sé por qué, ni para qué, es como un vicio el estar buscando".

Antes de culminar el recorrido por su acervo, aduce que el coleccionista es víctima de un desequilibrio emocional, uno en el que nunca se tiene lo suficiente y todo resulta ser exiguo. "Tratas de compensar algo con tener cosas distintas, novedosas y raras para después poder mostrarlas como algo único y exclusivo, pero sobre todo por la responsabilidad que asumes de que no se pierda con el tiempo".

La vida antes de la expropiación petrolera en siete tomas

Entre los tesoros que se encuentran en las paredes de la casa de Ildefonso Acevedo están siete fotografías que muestran la vida antes de Lázaro Cárdenas y la expropiación petrolera.

En una subasta realizada en la ciudad el año pasado se ofertaron al mejor postor siete fotografías panorámicas —una de las cuales mide por lo menos casi dos metros— de un pozo petrolero en Veracruz; él, en calidad de la simbiosis ingeniero-coleccionista, no dudó en adquirirlas. Sin saber de qué pozo se trataba o del autor de las imágenes, Acevedo quedó maravillado por la técnica de las tomas. "Una fotografía panorámica de ese tamaño, con esa estética, y técnica tomada en los años treinta es un deleite", argumenta.

Días después acudió con un especialista que se encargó de especificarle que se trataba de instalaciones petroleras de Pánuco, Veracruz, que eran de la compañía El Águila, previo a la nacionalización de la industria del petróleo en 1938.

En las imágenes se pueden observar incluso las colonias donde vivían algunos de los ingenieros extranjeros que trabajaban en estos pozos antes de que, con la Ley de Expropiación, el general Cárdenas nacionalizara refinerías, estaciones de distribución, oleoductos, maquinaria e instalaciones de las petroleras trasnacionales.

La Compañía Mexicana de Petróleo llamada El Águila, que en realidad desde 1918 era una subsidiaria de la firma Royal Dutch Shell, fue la más afectada, pues tenía casi 50 por ciento del mercado petrolífero en México.

"Con toda la cuestión de la reforma energética vale la pena hacer una revisión en cuanto a que somos un país con historia en el ámbito energético. La industria no surgió de un día para otro, a partir de que se nacionalizó la industria, como se dice mucho en el discurso oficial... si las viera el director general de Pemex...", ironiza Acevedo.